Hay circunstancias en la vida que te hacen recordar acontecimientos del pasado; algunos buenos momentos vividos pero también otros que no lo son tanto y que salen del fondo de esos recuerdos que guardamos en algún lugar de la memoria.

El reciente robo ocurrido en la casa de mis padres me ha hecho recordar uno de esos momentos algo traumático ocurrido hace más de 30 años y, sin quererlo muy conscientemente y sin ánimo de molestar personalmente a nadie, hacer una analogía de las actuaciones de unos profesionales en dos casos distintos.

Tendría yo unos 13 años y por circunstancias de la vida mis padres regentaban un supermercado en Murcia, en la calle Primo de Rivera, frente a la cárcel vieja, Supermercado Universo se llamaba. Por aquel entonces yo estudiaba 1º de Bachillerato en el Colegio San Buenaventura de los Capuchinos que se encuentra a menos de 5 minutos caminando de allí, y cuando salía de clase al mediodía iba al supermercado, conversaba con los empleados, echaba una mano reponiendo alguna estantería y esperaba a la hora de cierre para irme a comer con mis padres y volver a clase.

Un poco después de las dos de la tarde mi padre bajó la persiana para que no entrase ningún cliente más y con las dos cajeras se dispuso a retirar el dinero de las ventas de esa mañana para ponerlo a buen recaudo. Perfectamente recuerdo que yo me encontraba entre la entrada y una de las cajas, de espaldas a la puerta, cuando escuché el ruido de la persiana metálica al levantarse. Al girarme vi a dos individuos (eran de una raza nómada de piel oscura y cabello negro que probablemente procede de la India y que se extendió por Europa. No quiero que nadie me tache de racista si nombro la etnia) entrando por la puerta de cristales que estaba cerrada pero sin llave y uno de ellos portaba un revolver con el que nos apuntaba y un gran cuchillo el otro, también con expresión amenazante. Por cierto, uno de ellos era natural de nuestro pueblo, Alguazas, aunque dudo mucho que el pobre supiese de dónde ni quiénes eran los que se disponían a atracar.

Todo fue muy rápido: El que llevaba el arma de fuego se lanzó hacia mí que me encontraba entre él y la caja y con el lateral metálico del revolver me dio un fuerte golpe en la sien izquierda. Yo caí al suelo conmocionado y recuerdo vagamente escuchar gritos de pánico de las dos cajeras, gritos de los atracadores  de tipo “¡abre la caja…!” “¡darme todo el dinero o sus mato…!”, y poco más. Cuando logré ponerme en pie vi a mi padre que, tras comprobar que yo me encontraba bien, salió tras ellos gritando “¡ladrones, ladrones!». Quiso la suerte, el azar, o Dios quizás… que justo en el momento que mi padre salía a la calle por la vía lateral en la que se encontraba el supermercado pasaran dos agentes de la Policía Local de Murcia que entonces circulaban en motos “Vespino” de color gris. Los agentes tiraron las motos en medio de la calle y salieron pistola en mano corriendo tras los atracadores. Yo, una vez recuperado aunque algo mareado, salí también tras ellos. Uno fue detenido al instante tras una carrera en la que creo recordar que disparó contra el agente, afortunadamente sin llegar a dar a nadie (creo que llevaban munición de fogueo). El otro se escondió debajo de un coche y minutos después un vecino que lo vio alertó al otro policía que lo sacó a rastras de allí estando yo a su lado y gritándole todos los insultos que se me pasaban por la cabeza, en uno de esos impulsos «gallitos» de la pubertad y sabiendo que poco me podía hacer estando ya detenido.

Un par de agentes de la Policía Nacional me llevaron a mí en el coche patrulla a lo que entonces era el Hospital General Universitario, hoy Hospital Reina Sofía, donde me reconocieron en el Servicio de Urgencias y me hicieron diversas pruebas médicas por si tenía alguna secuela del golpe en la cabeza. Afortunadamente no fue nada grave y a las pocas horas ya estaba de vuelta, con la prescripción de que estuviese en observación esa noche y un par de aspirinas si me dolía la cabeza.

Días después como en las películas: Mi padre y yo al juzgado, rueda de reconocimiento en una habitación oscura con una ventana y seis individuos al otro lado; abogado y fiscal preguntando si los reconocíamos; juicio, una temporada los autores entre rejas y a los meses de nuevo en la calle. Al que era de nuestro pueblo lo volví a ver en alguna otra ocasión, con cierto temor a que me reconociese, dicho sea. Creo que murió años después de esa terrible enfermedad, sin cura en aquel tiempo, y que entre otros motivos estaba causada por compartir jeringuillas infectadas. No le guardo ningún rencor, bastante tenía el pobre por estar inmerso en esa lacra de la droga y tener que delinquir para conseguir lo que le estaba matando.

Recuerdo también que mi difunto y añorado padre al día siguiente buscó a los dos agentes de la Policía Local de Murcia para darle las gracias por lo que hicieron y por su rápida intervención, por la que se pudo recuperar el dinero sustraído. Fueron unos años muy difíciles en los que esa aventura empresarial le trajo a mi padre muchos quebraderos de cabeza. Por suerte y gracias a su tenacidad, esfuerzo y el ser como él era de buena persona y trabajador pudimos salir para adelante y, ni yo ni mis hermanos, notamos realmente lo mal que lo estaban pasando mis padres. Seguro que de no recuperar ese dinero robado le hubiese causado más quebraderos aún de los que tenía.

Esta batallita al estilo “abuelo Cebolleta” viene porque en estos días me ha dado por pensar que si ese atraco hubiese sido con otros protagonistas, quizás en algún otro lugar. Qué hubiese pasado si al salir mi padre corriendo del supermercado gritando que habían atracado, esos dos agentes que pasaban por allí hubiesen frenado su “Vespino” lentamente, le hubiesen puesto el caballete una vez bien estacionada en la acera sin interrumpir el tráfico, le hubiesen dicho a mi padre que se tranquilizase, que no se alterara, pero que eso no era competencia de ellos, por lo que le hubiesen sugerido que llamase al cuerpo competente en ese caso, a la Policía Nacional, desde un teléfono fijo del supermercado (entonces no existían aún los móviles); o quizás siendo muy colaboradores con el ciudadano hubiesen avisado ellos mismos a la Comisaría con su “walkie talkie” dando parte de lo sucedido y cumpliendo con su deber como miembros de un instituto armado de naturaleza civil, de estructura y organización jerarquizada bajo la superior autoridad y dependencia del Alcalde, que desarrolla sus funciones dentro del ámbito municipal. Al rato hubiese llegado un coche Z de la Policía Nacional, los competentes en la materia, y para entonces los dos atracadores posiblemente estuviesen en cualquier bar tomándose unas cañas celebrando el buen golpe que habían dado, incluido un mamporro al pardillo ese que estaba junto a la caja, por si se ponía chulito y les causaba algún incordio.

La sociedad avanza. Tenemos teléfonos móviles, internet, buenos coches… Los jóvenes disponen de wifi, Play Station, tablets… Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad disponen de mejores medios para ejercer su trabajo; está el teléfono de Emergencias 112, tecnología Tetra, drones… pero creo que en otros aspectos más esenciales esta sociedad nuestra va para atrás.

 

Noticia aparecida en la prensa regional al día siguiente