Hace casi tres años la imagen del pequeño Aylan cuyo cadáver apareció en las playas de Turquía removió las conciencias de muchos, estando esa fotografía en todos los medios y compartida hasta la saciedad en redes sociales. Tres años después se ha normalizado la muerte de seres humanos que huyen de la miseria, las guerras, las violaciones y su éxodo está mal visto por parte de la sociedad europea sin importarles que esos que son rescatados por los barcos de las ONG’s son unos pocos de los miles que mueren ahogados en El Mediterráneo, y que el llevarlos a “nuestra” Europa es sacarlos de una muerte casi segura. Hoy, esta noticia de la muerte de cientos de personas ahogadas en el mar, tres bebés incluidos, será una noticia más entre partido y partido del mundial de fútbol.

Las migraciones son tan antiguas como la humanidad. En cada época han tenido diferentes orígenes, motivos y destinos, pero nunca se han detenido, toda vez que el ser humano busca siempre la manera de vivir mejor, gozar de libertad y oportunidades, mientras otras veces se huye por razones de violencia o represión.

En el siglo XXI se puede hablar de dos grandes flujos migratorios: desde Siria –pero también otros países de Asia, África y Medio Oriente– hacia Europa y; uno menos sensible, pero igualmente significativo, de países latinoamericanos –entre ellos Guatemala, El Salvador y Honduras– hacia Estados Unidos.

Las causas son bastante diferentes, porque lo que sucede en el Mediterráneo es por razones de violencia extrema y hasta procesos de genocidio, mientras que en el lado de América se trata de la búsqueda de una mejor oportunidad de vida y, en menor grado, porque huyen también de la violencia.

Cada gobierno puede tomar sus propias decisiones en política migratoria, pero en ningún caso se puede violentar los derechos humanos de los migrantes, por más que incurran en la ilegalidad de ingresar a un país sin documentos. El tema es bien complejo, porque ese flujo migratorio no se detendrá, en la medida en que los países del norte sigan demandando mano de obra de los indocumentados. Lo hacen porque los marroquíes, senegaleses, guatemaltecos, salvadoreños… están dispuestos a hacer el trabajo que los europeos o estadounidenses ya no desean, y quienes se marchan, lo hacen porque en sus países de origen no encuentran oportunidades o peligran sus vidas, llegando a arriesgarlas por encontrar un futuro mejor.

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