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Guatemala, país de contrastes. Capítulo V – Un trocito de paraíso

Un trocito de paraíso

Al día siguiente de nuestra visita al lago de Atitlán debíamos proseguir con el viaje hacia San Marcos donde esperaban a mi tío Fernando en esa ciudad donde había vivido durante nueve años. Como era ya una costumbre en nosotros nos levantamos temprano, sobre las 6 de la mañana, y tras el desayuno cargamos las maletas en el coche y nos despedimos del propietario del Grand Hotel, una agradable persona que, según nos contó, su madre era española y que había estado en alguna ocasión en nuestro país.

Pero antes de despedirnos definitivamente de este maravilloso entorno habíamos planeado parar en la Reserva Natural de Atitlán, que nos pillaba de paso ya que está a un par de kilómetros de Panajachel, justo donde la carretera a Sololá comienza a coger altura y aparecen las primeras curvas se encuentra  un cruce a la derecha cuyo camino desciende hacia el Valle de San Buenaventura. Tras poco más de un kilómetro por un firme de piedras adoquinadas llegamos a la entrada de este idílico lugar.

El hecho de animarnos a visitarlo fue porque la tarde anterior, durante la visita a los hoteles, pasamos por la entrada y decidimos asomarnos para ver de qué se trataba. En el bonito acceso ajardinado de entrada habían colocados cuatro grandes paneles informando de la labor de concienciación que, entre otros aspectos, realiza una empresa privada participando activamente en el movimiento ambiental del lago, apoyando al ecosistema para eliminar la contaminación y hacer sostenible el uso de los recursos en la cuenca del lago.

Así que esa mañana, antes de irnos, quisimos visitar esta Reserva Natural para conocer a fondo la labor que hacen, caminar por los senderos que según la información recabada ofrecía el entorno y, dentro de nuestras posibilidades, colaborar con nuestra aportación económica este fabuloso proyecto medioambiental para la conservación del lago.

La información que aparece en su página web dice que la Reserva Natural Atitlán abrió al público en 1995 con el mariposario y los senderos naturales. Pronto le siguieron un centro de visitantes, la colocación de los puentes colgantes, construcción de un auditorio, instalación de los cables (tirolinas) para deportes de aventura y unas casas ecológicas para ofrecer alojamiento a los visitantes de este extraordinario legado natural.

Se deja el vehículo en un amplio aparcamiento de hierba con grandes árboles y entramos a un primer recinto  muy bonito formado por una estructura techada con maderas de bambú y con muchas plantas y flores tropicales, donde estuvimos la tarde anterior resguardados de la lluvia examinando los paneles informativos que allí se encuentran. Según vemos en estos paneles, que están colocados formando dos paredes enfrentadas del recinto y accesibles a cualquier persona que hasta ahí se acerque, el lago está amenazado por muchos factores, casi todos provocados lamentablemente por la acción del hombre. Conforme los iba leyendo mi memoria buscaba la analogía que hay entre los peligros que acechan al lago y lo que nos ha sucedido en Murcia con nuestro Mar Menor, la mayor laguna litoral española, de importancia internacional, un espacio de interesante biodiversidad terrestre y marina, pero que actualmente está sometido a un gran número de amenazas que han supuesto una profunda transformación de sus ecosistemas, rompiendo su delicado equilibrio y haciendo peligrar seriamente su rica biodiversidad.

En el primer panel (aquí se puede descargar) que vemos encontramos información sobre el lago, su origen geológico y datos físicos del mismo. Me llama la atención el hecho que hasta hace 50 años las aguas del lago eran oligotróficas, es decir, aguas con bajo contenido en nutrientes por lo que apenas tienen algas, y consecuentemente, son extraordinariamente cristalinas, pero que en apenas 20 años y a consecuencia de los seres humanos se han degradado notablemente. Otro dato que me llama la atención es que el lago no tiene ríos superficiales por donde desaguar las aguas que le entran, sino que lo hace por corrientes subterráneas hacia el pacífico. El agua del lago se recicla cada 79 años, y ésta proviene principalmente de dos ríos que desembocan en él: El río Quiscap y el río San Francisco.

En el siguiente panel (descarga aquí) explican que en 10.000 años la relación de las actividades humanas con el entorno apenas había causado ningún daño en el lago, pero que en los últimos 50 años el hombre lo ha deteriorado considerablemente, haciéndose los autores una pregunta muy bien intencionada sobre las causas: “¿50 años de arrogancia/negligencia/ignorancia/olvido?”

También destacan en este panel el problema que ha supuesto la introducción de especies acuáticas invasoras, como la carpa herbívora, que fue introducida en el lago en 1999 y que aceleró el deterioro ecológico, debido a que este pez no se come las cianobacterias, todo lo contrario, las alimenta porque al buscar su alimento en el fondo del lago lo remueve levantando con ello el fósforo que allí está depositado.

Otro panel (descarga aquí) muestran las causas de cómo se ha llegado a esta situación, siendo la más destacable la deforestación y dedicación de esas tierras para cultivos, que conlleva que haya un exceso de nutrientes (fertilizantes y plaguicidas) que se arrojan al lago (como ocurre en el Mar Menor) haciendo que haya un aumento considerable de algas y cianobacterias en las sus aguas.

El cuarto panel (descarga aquí) muestra las posibles soluciones para frenar este deterioro, que pasan por, en primer lugar la concienciación de todas las partes implicadas (vecinos, agricultores, empresarios, municipalidades, artesanos, visitantes, y sobre todo el Gobierno Central). Y después el tomar medidas, como son la reducción de contaminantes que llegan al lago, sobre todo de fósforo que alimenta a las cianobacterias, y la reducción de vertidos de aguas negras que envenenan el lago; 10 de los 15 municipios de la ribera desaguan sus aguas en el lago sin ningún tipo de tratamiento. Es decir, lo que los vecinos de esos 10 pueblos tiran (o defecan) en los inodoros va tal cual a las aguas del lago Atitlán, sin ningún tipo de depuración previa.

Después de observar estos paneles pasamos a la recepción de la Reserva a sacar las entradas para visitarla. En un amplio recibidor circular habían colocados en el centro otros paneles informativos sobre otros aspectos de nuestro planeta, desde el origen geológico de Guatemala, astronomía, el origen del café (que es originario de Etiopia donde hace 4.000 años ya lo tomaban los cazadores como estimulante para sus largas caminatas) y los problemas que están creando los monocultivos extensivos de esa planta en muchos países debido a la deforestación que produce para habilitar tierras donde cultivarlo. Un ejemplo es el país vecino de El Salvador donde ya no quedan apenas bosques, prácticamente todo el territorio del pequeño país está ocupado por viviendas y plantaciones de monocultivos: café, caña de azúcar y recientemente la palma africana, lo que hace que estén desapareciendo los cultivos tradicionales de maíz, frijoles, maicillo y arroz.

Al sacar las entradas la chica nos informó que otro gran problema del lago es que en los pueblos ribereños no hay una buena gestión de basuras, y muchos de los residuos sólidos son arrojados a basureros clandestinos y de ahí terminan en los ríos, cuyas aguas arrastran esas basuras hasta el lago. Nos dijo que en la época de fuertes lluvias en la Reserva recogen hasta 90 sacos de basura del río San Francisco (plásticos, ropas, latas, etc.) por lo que pedían a los visitantes que escribiéramos un correo electrónico a las autoridades del Lago, municipales y a la Gobernación del Departamento si veíamos basura en el río. Y efectivamente, por el camino antes de llegar a la Reserva cruzamos un puente sobre el río donde se podían ver restos de basuras en su cauce. Unos parajes preciosos de corrientes de aguas entre rocas rodeadas de exuberante vegetación estaban plagados de basuras que el río había arrastrado. Evidentemente tomé fotografías y las mandé por correo electrónico a las direcciones que nos facilitaron.

La Reserva Natural Atitlán tiene una red de senderos rodeados de una belleza impresionante. Algunos de estos senderos contienen puentes colgantes sobre barrancos y cascada, así que tras las pertinentes indicaciones de la amable recepcionista sobre ellos, iniciamos la andada por esta preciosa Reserva. Nada más comenzar, y tras cruzar el río por un puente donde se veía el río algo más limpio que fuera de la Reserva, el sendero ascendía hasta un pequeño mirador donde se podían observar los monos araña y pizotes (miembros de la familia de los mapaches) que viven allí en libertad. Lamentablemente de estos últimos no pudimos ver ninguno, pero sí había sentado un tímido monito que escondía la cabeza cada vez que observaba que lo quería fotografiar.

Tras un ascenso pronunciado por el sendero lleno de vegetación nos encontramos con el primer puente colgante de los seis que pasaríamos. Es una maravilla el caminar por esos parajes en medio de la naturaleza, con distintas especies de árboles, cafetales a la sombra de éstos, lianas, cañas de bambú… Según me comentaba mi tío Fernando era muy parecido a caminar por la Selva del Petén, donde él estuvo algunos años, con la diferencia que allí había que hacerlo machete en mano para ir abriéndose paso entre la frondosa vegetación y como arma ante el inesperado encuentro con alguna serpiente venenosa. Aquí el camino que ascendía por la montaña estaba limpio de vegetación que hubiese que limpiar, y en caso de haber alguna serpiente posiblemente estaría escondida del paso de asiduos caminantes.

 

Tras cerca de algo más de media hora llegamos a uno de los puentes más largos del recorrido, un fascinante puente colgante que salvaba el cauce del río, y en cuyo centro se podía contemplar la imponente catarata que caía con una altura de más de 20 metros. Seguimos ascendiendo por el sendero hasta un cruce donde indicaba que de continuar ascendiendo se encontraban las tirolinas que ofrece la reserva para tirarse vertiginosamente colgados de un cable, observando a vista de pájaro bosques, cafetales, cataratas, el valle de San Buenaventura, hasta llegar a la punta de la bahía con el lago Atitlán y sus volcanes como telón de fondo. Una experiencia que me hubiese gustado probar pero para evitar que no nos cogieran conduciendo las lluvias de la tarde decidimos dejarla pendiente para otra ocasión; aun así nos pilló una buena, pero eso será en el siguiente capítulo.

Así que tomamos el camino que descendía hacia la derecha cruzando otro imponente puente colgante y emprendimos la bajada por otro sendero que bordea el margen izquierdo del río, con unas espectaculares vistas hacia el lago y el volcán Atitlán al fondo, recorrido durante el cual terminé de llenar la tarjeta de memoria de la cámara fotográfica que había puesto nueva esa mañana.

Al llegar de nuevo al valle pasamos por un vivero donde se encontraban dos señores trabajando. Nos detuvimos para charlar con ellos y nos contaron que todas las especies de árboles que allí cultivan las regalaban para reforestar distintas zonas del lago. Desde los ochentas han sembrado más de 200.000 árboles en el valle de San Buenaventura con especial énfasis en los que proveen alimento y refugio para la vida silvestre, consiguiendo con ello que este hábitat esté atrayendo de nuevo especies nativas, y algunas aves migratorias. La Reserva Natural de Atitlán es una pequeña muestra de cómo sería este lugar hace unos cientos de años, antes de que el hombre lo alterara con su “progreso”.

Cuando terminamos la caminata y antes de marcharnos definitivamente de este paraíso, aún nos quedaba por visitar el mariposario que existe en la Reserva, y hacia allá nos dirigimos. El mariposario es una gran cúpula donde las mariposas viven y se reproducen, un santuario lleno de plantas, flores y con una bonita fuete de agua en el centro. Según vemos en los paneles informativos, el domo geodésico donde se encuentra, una estructura con forma de huevo de mariposa azul, cuenta con 5.625 metros cuadrados de espacio de vuelo, más de 2.000 plantas y cerca de 200 especímenes vivos de cerca de 10 especies nativas de mariposas.

Para entrar en él hay que hacerlo a través de dos puerta que tienen colgadas desde la parte superior hasta el suelo varias tiras recias de plástico, que evitan que puedan escaparse las mariposas y, lo que es más importante, que otros insectos depredadores accedan a su interior y se dieran un banquete con los huevos, las larvas y las mariposas mismas, por lo que se trata de un espacio biológicamente aislado. Allí disfrutamos contemplando estos preciosos y frágiles insectos lepidópteros volando y absorbiendo el néctar de las coloridas flores. Tras un buen rato disfrutando de ellas y fotografiándolas, algunas de las cuales se estaban quietas para posar ante el desconocido fotógrafo, pasamos a otro recinto donde están expuestas distintas especies de crisálidas.

 

En estas instalaciones aseguran que cerca del 85% de los huevos eclosionen con mariposas sanas y listas a continuar el ciclo de vida. Además, de manejar los huevos, las larvas, los gusanos y las crisálidas, usan el laboratorio para investigación. Según cuentan, en los años noventa, los visitantes lugareños comentaban que ya no veían varias especies nativas de mariposas en sus vecindarios. La pérdida en la diversidad mariposas se debe sobre todo a factores como la disminución de la cantidad y variedad de plantas que sostienen el ciclo de vida de las mariposas. Desde entonces cultivaron una variedad de plantas de las que se alimentan las larvas y la mariposa adulta, creando así un oasis de biodiversidad. Esto me hizo recordar que de niño, cuando correteábamos por las sendas y brazales de la huerta alguaceña, era muy frecuente observar una mariposa denominada comúnmente como “chupaleches”, su nombre científico es Iphiclides Podalirius, un lepidóptero, perteneciente a la familia de las Papilionidae. Se trata de una de las mariposas más grandes de Europa, pudiendo alcanzar las hembras una envergadura de entre 55 y 75 mm. y que su población se encuentra distribuida por el sur de Europa y el norte de África. Pero recordé que en los últimos 15 o 20 años no la había vuelto a ver por nuestra tierra, debido que está siendo mermada su población dado el considerable destrozo del medio ambiente que sufre el hábitat donde se alimenta, así como el uso indiscriminado de productos fitosanitarios (insecticidas y herbicidas principalmente). Por esos guiños del destino, unas semanas después de mi regreso a Murcia, dando un paso por la vega del Segura, la volvía a ver después de esos cerca de 20 años, y quiero pensar que lo hizo para decirme que aún sigue por aquí, pero que nos concienciemos que de continuar maltratando su hábitat y matando sus orugas posiblemente desaparezca definitivamente de nuestros campos.

Mariposa «chupaleches” (Iphiclides Podalirius) fotografiada en Alguazas el 23-9-2017

Volviendo a lo acontecido aquel día por tierras guatemaltecas, ya por último un empleado nos dio una explicación sobre las crisálidas, un estado durante el ciclo de la metamorfosis de relativa inactividad aparente, y que allí habían cientos de ellos colgados durante este proceso. También nos informó que podíamos apadrinar una crisálida de mariposa, que te la daban en un tarrito y en unas dos o tres semanas podrías ver todo el proceso de metamorfosis, como iba evolucionando hasta que se convierte en una preciosa mariposa, para soltarla posteriormente en algún jardín de nuestra ciudad, culminando así su ciclo vital. La pega es que de haberla adquirido posiblemente no hubiese aguantado el frío viaje en la bodega del avión y los golpes y zarandeos de la maleta en el trayecto, así que me quedé con las ganas de haberme traído una de ellas para España. Allí en su tierra seguro que le espera una vida mejor.

 

EL CONTRASTE:

Guatemala es considerado el país de la eterna primavera, entre otros aspectos por sus riquezas naturales y en biodiversidad. El país se encuentra en la región mesoamericana, centro de origen de especies como el maíz, frijol común y varias especies de calabazas, entre otras.

El hecho de estar situado entre dos grandes océanos, la diferencia de alturas que van desde el nivel del mar hasta los 4,220 metros de altura en la cumbre del volcán Tajumulco y su condición como parte de un gran puente continental, han generado mucha riqueza biológica que se expresa en una gran variedad de ecosistemas y especies animales y vegetales, muchas de ellas utilizadas por las comunidades locales para su subsistencia.

Lamentablemente, gran parte de esa riqueza natural se ha perdido aceleradamente debido a un cambio en el uso de los suelos y al mal manejo del territorio influenciado por intereses económicos y políticos. El modelo agroindustrial expresado en plantaciones y monocultivos de productos que no son destinados a la alimentación de la población local sino a la exportación, ha dejado su huella en la naturaleza y en las comunidades humanas, ocasionando graves impactos ecológicos y sociales.

La agricultura ha sido importante dentro de esta región desde los tiempos mayas. El maíz es uno de los recursos cuyo cultivo se ha dado desde esta época hasta hoy en día, siendo el alimento guatemalteco por excelencia, pero en la actualidad muchos de esos terrenos de cultivos tradicionales se han cambiado para la producción de caña de azúcar y palma africana, ocasionando que en muchos lugares se hayan destruido bosques y ecosistemas naturales transformándolos en monocultivos, lo que trae un fuerte impacto en la naturaleza, la conectividad de los ecosistemas y las personas.

Por otro lado, un informe publicado 2015 por la Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca del Lago de Atitlán, el que está denominado en algunos círculos como el lago más bonito del mundo refiere que se han identificado al menos 288 puntos de contaminación, de los cuales 137 corresponden a basureros no autorizados y 77 a descargas de aguas residuales. El resto son puntos de contaminación variados. Estudios efectuados por organizaciones ambientales coinciden en que el agua del Lago de Atitlán registraba en 1970 entre 16 a 18 metros de claridad, pero que en la actualidad las mediciones apenas perciben cuatro o cinco metros de claridad, lo que evidencia los daños en el manto acuífero.

Otro ejemplo de este deterioro medioambiental: En la maravillosa selva de Petén la falta de cultura ambiental en la población local ha causado deterioro a los recursos naturales, pues ríos y lagunas están contaminados y su caudal disminuye de manera sustancial. La selva de Petén está afectada por el avance de la agroindustria, especies invasoras y falta de administración de los recursos naturales por parte del Estado, pues se han autorizado proyectos que promueven la deforestación y la destrucción de la biodiversidad. Hace 20 años cerca del 60% de la selva de Petén estaba conservada, actualmente solo queda el 25%. A este paso, en 20 años la selva se convertirá en zonas de cultivo y parques temáticos para que los confortables turistas que lleguen en buenos autocares con todas las comodidades y seguridad disfruten de las impresionante ruinas de la ciudad perdida Maya de Tikal.

1 Comentario

  1. Fernando Bermúdez López

    octubre 8, 2017 at 3:49 pm

    Excelente narración de la visita a la Reserva Natural Atiltlàn, acompañada con las maravillas fotos que sacaste.
    Mientras describías en tu narrativa la visita fuí rememorando ese maravilloso paseo por el paraíso de Atitlán.
    Has hecho bien en dar tu opinión y sugerencia para la conservación del medio ambiente en ese lugar.

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