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Guatemala, país de contrastes. Capítulo IV – El gran Lago

El Gran Lago

Después de tres días en la ciudad de Guatemala había que continuar con el itinerario previsto por mi tío Fernando por otras zonas del país. En esos días por la ciudad, y en las salidas de un día fuera de ella, habíamos estado acompañados en todo momento por nuestra anfitriona, Lili, acompañada en muchas ocasiones también por su marido, Oscar, lo que me creaba cierta seguridad en ese país del que tantos sucesos relacionados con la violencia había escuchado: robos, atracos, asesinatos…

Es por ello que el irnos mi tío Fernan y yo solos en un coche de alquiler por esas carreteras me creaba un poco de incertidumbre, más bien fruto del inminente abandono de los que los psicólogos denominan como “zona de confort” que de un riesgo real al que rehuir.

Así que con esa sensación en el estómago ante lo imprevisible recogimos el vehículo de alquiler, un turismo Nissan cuyo modelo no se comercializa en España y el cual elegimos por llevar la caja de cambios manual, aunque como después comprobamos sobre la marcha tenía la amortiguación bastante perjudicada y en cada bache que pillábamos parecía que se iba a desarmar. A ello había que sumar que la lámina polarizada del parabrisas (como comenté en el “Capítulo I” la inmensa mayoría de vehículos en Guatemala llevan todas las lunas tintadas como medida de seguridad) era de baja calidad y estaba muy deteriorada, lo que impedía tener una buena visión en algunas zonas del cristal.  ¡Conducir con el sol de frente, con lluvia o de noche era toda una actividad de riesgo!

El recorrido previsto por Fernan era llegar hasta San Marcos, lugar donde estuvo trabajando varios años como responsable del Programa de Derechos Humanos del Arzobispado, pero haciendo una parada en el lago de Atitlán para que yo lo conociese, ya que nos pillaba de paso.

Para salir de la caótica ciudad de Guatemala nos guiaron Oscar y Lili, y nos despedimos de ellos al tomar la Carretera Panamericana (denominado ese tramo como carretera Interamericana CA-1), ese sistema de carreteras de aproximadamente 48.000 km de largo que vincula a casi todos los países del Continente Americano con un tramo unido de carretera, y que se extiende desde el estado de Alaska (Estados Unidos) en Norteamérica hasta la ciudad de Buenos Aires (Argentina) en Sudamérica. Una vez en la autovía, y tras una parada para fotografiar los tres volcanes que quedaban a nuestra izquierda (Agua, Fuego y Acatenango), conforme se dejaba atrás el tráfico de la gran ciudad la sensación de inseguridad también se alejaba, dejando en su lugar un agradable gusanillo en el estómago propio de estar viviendo algo bonito y novedoso: El estar yo conduciendo por América, por esa gran carretera que recorre el continente de norte a sur, viendo pasar esas impresionantes imágenes de volcanes y con el aire fresco de la mañana que entra por la ventana abierta dándome de lleno en la cara, y una vez alejados los riesgos de que alguien viese en dos turistas europeos los candidatos perfectos para un atraco, hacían de ese momento algo único.

Con esa agradable sensación fuimos haciendo kilómetros por la Interamericana que va a Quetzaltenango (y que de allí continúa hasta la frontera con México) en un continuo ascenso hasta alcanzar el altiplano guatemalteco. Tras unas dos horas por esa carretera y antes del desvío para la localidad de Sololá (cabecera departamental del Departamento homónimo, lugar donde se encuentra el lago de Atitlán) hicimos una parada en un mirador desde el cual se podía observar al fondo del valle el inmenso lago de Atitlán (antiguamente llamada Laguna de Panajachel) una de las principales fuentes económicas del departamento pues es uno de los atractivos turísticos más visitados de Guatemala.

El lago se encuentra en una cadena volcánica llamada «Los Chocoyos» de la cual forman parte los volcanes que lo rodean: el Volcán San Pedro (3.020 m.), Volcán Tolimán (3.158 m.) y el Volcán Atitlán (3.537 m.).

Esta cadena, así como el lago, fueron formados hace unos 84.000 años (geológicamente hace muy poco tiempo, los dinosaurios se extinguieron de la faz de la Tierra hace 65 millones de años) en un evento cataclísmico: una violenta erupción volcánica que duró casi dos semanas, haciendo que el territorio conocido actualmente como Guatemala se cubriera con una nube de cenizas incandescentes que se dispersó hacia los cuatro puntos cardinales en un radio de 6 millones de kilómetros cuadrados. Tan imponente fue esa erupción que se han encontrado restos de cenizas desde Florida (EE.UU.) hasta Ecuador en América del Sur. Este gran volcán dejó un inmenso cráter en el centro, y en su radio exterior los 3 volcanes que hoy se pueden observar, el San Pedro, Tolimán, y junto a este, el volcán Atitlán, que se encuentra relativamente activo y pueden observarse fumarolas en su misma cumbre. La última erupción que se tienen registros del Atitlán fue el 3 de junio de 1853.

El magma de este inmenso cráter, al enfriarse, formó una especie de cubeta que se convirtió en, según muchos, y entre ellos la revista National Geographic, en el lago más bello del mundo.

El lago Atitlán tiene 18 kilómetros de longitud y su superficie se encuentra a 1.560 metros sobre el nivel del mar. De hecho, bajo la cuenca del lago existe una depresión estructural que está limitada por fallas y cuevas. Es el lago más profundo de América Central, con más de 330 metros de profundidad máxima y una profundidad promedio de 220 metros. Las aguas del lago son reconocidas por su majestuosa belleza, por sus aguas limpias, azuladas, con niveles que alcanzan el 99% de pureza en la parte central. Se menciona también que en algunas partes son aguas medicinales, debido a ciertas fuentes sulfurosas que aparecen en sus orillas y a los manantiales de aguas minerales que han surgido hasta la superficie debido a esa actividad volcánica que hay en sus entrañas.

Al cruzar la localidad de Sololá observé que el atuendo con el que se visten las etnias de origen maya en esta zona era distinto al que había observado en otros indígenas durante los pocos días que llevaba en Guatemala, principalmente los que había visto en la Ciudad de Antigua. Entonces mi tío Fernan me contó al respecto que en Guatemala existen 23 etnias descendientes de los mayas, una de las más grandes civilizaciones que la historia ha conocido. No en vano los mayas construyeron en esta estrecha franja la civilización más portentosa de las Américas. La vestimenta indígena es sin lugar a dudas la máxima expresión de los nativos de Guatemala. En ella encontramos una hermosa e interesante mezcla de motivos y colores, confeccionados en tejidos como el henequén (planta que es originaria de Yucatán, México) y el algodón, que son conocidos desde la época maya; el uso de lana y de seda fueron introducidos por los conquistadores españoles. A diferencia de otros países centroamericanos, en Guatemala el legado maya no se refleja solamente en su impresionante patrimonio arquitectónico. También hay un patrimonio humano, de carne y hueso, en el que el universo maya sigue latiendo hoy en día, pues los descendientes de aquella fabulosa civilización exhiben con orgullo su pasado y lo expresan en su vida cotidiana, en sus fiestas, en los bulliciosos mercados y en sus ritos y tradiciones. En Sololá me llamó sobre todo la atención la indumentaria de los hombres; todos con sombrero, con una camisa de manga larga con botones, cuello y ricamente estampada, con pantalones también estampados de colores vivos. Me comenta Fernan que son Quichés, un subgrupo de mayas que son la etnia mayoritaria en Sololá y también en la parte norte del lago Atitlán. Las mujeres visten sus vistosos huipiles (camisa o túnica amplia de algodón, adornada con bordados típicos, que usan principalmente las mujeres indígenas).

Tras la localidad de Sololá descendimos por una carretera de esas que dan un poco de vértigo. Estrecha, con fuerte pendiente y llena de curvas, pero con unas espectaculares vistas al lago, hasta llegar a nuestro destino, Panajachel (su nombre completo San Francisco Panajachel). Panajachel es un “pequeño gran” pueblo que vive por y para el turismo. La carretera que viene de Sololá divide la población en dos: Hacia el interior de la misma encontramos el pueblo tradicional, con su iglesia, comercios que ofrecen múltiples servicios para los residentes y su plaza principal. Y a mitad de ella sale una calle perpendicular que lleva hacia el lago y que es muy pintoresca, pues está llena de comercios enfocados al turismo: Restaurantes, bares, hoteles, agencias de viajes, tiendas de ropa, souvenirs, mercado artesanal y varios puestecitos de venta ambulante de comida.

Nosotros nos quedamos en un hotelito que hay en la carretera principal y que conocía mi tío Fernando de haber estado ya en alguna ocasión junto a su esposa Mari Carmen, y según me contó, también se alojaron en este mismo lugar en una visita que les hizo mi primo Pedro Fernando en compañía de Ana, la sobrina de Mari Carmen, en un viaje que hicieron juntos a Guatemala. Según mi tío era un hotel que estaba muy bien a un precio económico. La verdad, al ver la fachada me dio un aspecto de ser un lugar viejo y destartalado, y buscaba la forma de hacerlo cambiar de opinión, con las características preguntas como: ¿Fernan, y aquél, parece que no está mal, no…?

En ese momento pensé que como mi tío, en sus 30 años en Guatemala, había vivido muy modestamente y que para él todo lo que tuviese una cama y un baño donde poder ducharse estaba muy bien. Pero como ocurre en numerosas ocasiones, la primera impresión no es la que vale, y nunca es recomendable guiarnos por esas primeras sensaciones sin antes conocer un poco más, bien sea un lugar o una persona. Así que, sin hacer caso a mis preguntas subliminales, entramos en la recepción del «Grand Hotel«, un pequeño habitáculo decorado con las típicas pinturas mayas al óleo caracterizadas por colores brillantes, finos detalles y que representan paisajes o motivos de la vida cotidiana. Nos atendió una agradable señorita y tras hacer la inscripción y el correspondiente pago en Quetzales pidió que otra joven, ataviada con el colorido huipil y con la misma amabilidad típica del pueblo guatemalteco, nos acompañara hasta nuestra habitación. Ya por entonces mis primeros prejuicios iban cediendo, y conforme avanzamos la primera sensación de ser un lugar viejo y destartalado cambió radicalmente cuando tras cruzar la zona de aparcamiento, traspasamos una vistosa puerta de forja, abriéndose ante nosotros unos preciosos jardines con los parterres cubiertos de grama, con infinidad de árboles, arbustos y especies florales que delimitaban los caminos de acceso a las dependencias; el centro lo ocupaba una fuente donde se bañaba una especie de cuervo típico de estas latitudes, y todo ello cuidado con exquisito mimo por un trabajador que nos saludó muy cordialmente. Las habitaciones estaban en los laterales de ese bonito jardín, dispuestas en dos alturas y dando a él las entradas de las mismas. Nosotros nos alojamos en una de la parte de abajo. Era una habitación amplia, limpia, con dos camas, y aunque sin tener nada de lujo disponía de todas las comodidades que necesitábamos (wifi incluído, algo habitual en cualquier establecimiento público de Guatemala). ¡Bueno, a decir verdad eché en falta un mini bar! (es broma…. o no).

Después de dejar nuestras pertenencias en la habitación salimos a dar un paseo por la localidad de Panajachel. Visitamos su iglesia, algo que a los dos nos agrada: Contemplar la arquitectura, esa estilo colonial con mezclas de barroco, pasar unos minutos sentados, en silencio, cada uno con sus oraciones o peticiones, en mi caso por la salud de mis padres, y contemplar en un mismo lugar la mezcla de la religión cristiana con los dioses mayas. Según me contó mi tío, es lo más habitual entre la población indígena, encontrar la fusión de la liturgia católica y las más ancestrales creencias mayas, algo que se vive con toda su intensidad en los pueblos ribereños del lago, donde conviven las luces y las sombras de las religiones.

Una vez cumplido el correspondiente turismo religioso, emprendimos camino a la turística calle Santander, la que lleva hasta la ribera del lago. Tras pasar por innumerables puestos de artesanía y comercios hosteleros, tras numerosas negativas a personas que ofrecen desde un lugar para comer hasta una barca para dar un paseo turístico por el lago, por fin llegamos a la orilla de ese imponente lago. ¡Observar ese grandioso lugar produce una mágica sensación de reverencia ante la majestuosidad del escenario que se abre delante de nuestros ojos! y eso que al ser las primeras horas de la tarde las cumbres de los volcanes estaban cubiertas por las densas nubes que llegan desde el Pacífico, y que conforme avanza la tarde van cubriendo todo el cielo, llegando a dejar caer algún que otro aguacero. Así que, anticipándonos a un posible remojón como el que nos cayó el día anterior, decidimos regresar al hotel para dar cuenta de los sabrosos sándwiches que nos había preparado Lili y descansar un poco, posponiendo para el día siguiente a primera hora de la mañana la contemplación detallada del majestuoso lago y sus imponentes guardianes.

Al día siguiente, después de un suculento desayuno (incluido en el precio de la habitación) caminamos a dar un paseo por el lago, sin tener muy claro si aprovecharíamos uno de los ferris que llevan a Santiago de Atitlán y pasar la mañana por ese bonito y turístico pueblo o coger el coche y circular por las curvadas carreteras que lo circundan. Caminando hacia el embarcadero nos salió un señor ofreciéndonos un recorrido turístico en una barca privada por los distintos pueblos ribereños. Era el patrón y piloto de la barca, por lo que el precio que nos pedía era considerablemente más bajo que otros que nos habían ofrecido el mismo servicio la tarde anterior, y que lo más probable es que fuesen a comisión de un patrón o empresa; hicimos cuentas y comprobamos que por un poco más que lo que costaban los dos boletos del ferry con viaje de ida y vuelta a Santiago Atitlán podríamos ir a nuestro aire, en una barca los dos solos y visitando varios pueblos, estando en ellos el tiempo que necesitáramos sin estar sujetos a horarios. Sin duda una acertada decisión y que recomiendo a quienes visiten este fabuloso lugar.

A las ocho de la mañana, con un cielo despejado que nos permitía contemplar el lago con sus imponentes volcanes, embarcamos mi tío Fernan y yo en una confortable lancha en compañía de nuestro patrón y guía a hacer un recorrido por algunos de los pueblos del lago. La población del lago se reparte entre doce pueblos, cada uno con su dialecto, en los que la mayoría de sus nombres proceden de santos apóstoles y en los que se encuentran tres de las más características etnias mayas del Altiplano: Los quiché, cakchiquel, y tz’utuhil. El auténtico corazón del mundo maya tiene en el Lago Atitlán uno de sus mayores referentes. Los municipios que colindan con el lago son: Panajachel (donde nos encontrábamos hospedados), San Antonio Palopó, San Lucas Tolimán, San Juan La Laguna, San Marcos La Laguna, San Pablo La Laguna, Santa Catarina Palopó, Santa Cruz La Laguna y Santiago Atitlán. Por cuestiones de tiempo (y quetzales) nosotros solo visitaríamos tres de ellos: San Juan La Laguna, San Pedro La Laguna y Santiago Atitlán.

Nuestro patrón de lancha puso proa a nuestro primer destino, San Juan La Laguna, en un agradable trayecto por las aguas tranquilas del lago, sin apenas viento, una suave brisa que nos daba de frente, y pudiendo fotografiar los colosos que nos vigilaban, ya que cuando sacaba la cámara fotográfica nuestro amable piloto aminoraba la velocidad de la embarcación.

Al llegar a nuestro destino nos encontramos ante un pedazo de la laguna donde los pescadores y una comunidad de patos autóctonos aún comparten los recursos provenientes del agua, utilizando unos viejos cayuco que no te explicas cómo flotan, mecido por las olas constantes del lago de Atitlán. Algunos pescadores utilizan técnicas tradicionales para la pesca, lanzan el sedal como siempre se ha hecho, a modo de un lazo, lejos, y luego lo sostienen con delicadeza, atentos a cualquier tirón para clavar el pez, técnica que sin ser muy entendido creo que en Murcia se denomina «chambel».

Un pequeño muelle nos acerca a un conjunto de casas que permanecen en descanso sobre el lago dando la sensación de que el tiempo se hubiera detenido en ese lugar.

Tras desembarcar y subir caminando por la calle principal hacia la iglesia, calle en pronunciada pendiente en la que tuve que despertar los músculos de las piernas, observamos distintas galerías de arte y bonitos murales pintados en las paredes. Según compruebo después es uno de los grandes atractivos que presenta este pequeño y acogedor poblado. Visitar el pueblo es como recorrer una galería del arte naif (Primitivista) dado que son muchas las casas que en sus paredes exteriores exhiben pintura mural de este género, y donde se han asentado algunos artistas de este género pictórico. Este estilo de arte, el primitivismo, está vinculado de forma inseparable con la vida de cada día y con el arte folklórico de los Mayas.

“Es importante saber que el surgimiento de esta manifestación artística ha sido estimulado en gran medida, por el incremento del turismo hacia esos municipios a partir de los años 40. Otros factores que han estimulado el auge pictórico son de índole socioeconómica. Santiago Atitlán, San Pedro La Laguna y San Juan La Laguna han sido municipios en los que la población se ha dedicado a la agricultura, la pesca y la elaboración de artesanía. Con el crecimiento de la población, el empobrecimiento de los suelos, el incremento del minifundio y la disminución del potencial pesquero del lago, pintar se ha convertido en una fuente de ingresos que, además les permite canalizar sus inquietudes artísticas” (Berganza, 2004)

Otro rasgo que distingue a San Juan la Laguna de otros poblados es un esmero muy particular en mantener limpias sus calles, lo cual no es muy propio de los pueblos guatemaltecos.

Tras contemplar la parroquia de San Juan Bautista de La Laguna nos dirigimos a una de las varias asociaciones que hay en la localidad, y que nos recomendó visitar nuestro amable barquero.

En San Juan La Laguna hay varias cooperativas (muchas de ellas, gestionadas por mujeres) donde los indígenas zutuhil (un subgrupo de mayas) se han agrupado para hacer su trabajo más rentable y difundir y comercializar mejor sus obras. Fuimos a una de ellas, una Asociación de mujeres tejedoras, Casa Flor Ixcaco, donde encontramos una pequeña exposición sobre el proceso de tintado y confección de las coloridas prendas que hacen las artesanas de la localidad. Disponen también de una coqueta tienda para ofrecer a la venta del visitante una gran variedad de artículos muy bien confeccionados, y a unos precios más económicos que los que encontramos en la Ciudad de Antigua.

De los tres pueblos que visitamos, coincidimos después los dos, tío y sobrino, que San Juan fue el que más nos gustó: Por ser más pequeño y tranquilo que los otros dos, sin mucho bullicio de turistas, y por no tener en su calle principal ni hoteles, ni bancos ni ninguna característica propia de la vida moderna, lo que le hace ser un entorno único para desconectar del mundo.

Terminada esta visita volvimos al muelle donde nuestro “taxi acuático” nos esperaba para llevarnos al siguiente pueblo, San Pedro La Laguna, a los pies del volcán que lleva el mismo nombre del apóstol. En este pueblo cakchiquel (otro subgrupo maya) ya se nota que el turismo corre por sus calles. Es un pueblo mucho más bullicioso que el anterior y, por lo que nos contó nuestro guía, es el lugar preferido para los turistas “hippies”. De hecho, al pasear por sus calles te encuentras numerosos turistas, sobre todo chicas de distintas nacionalidades, que viajan en solitario con la mochila a cuestas.

En Guatemala es sorprendente la cantidad de sectas que existen, y según me comenta mi tío Fernan, es uno de los países con mayor presencia evangélica del continente, ya que estos grupos se dedican a buscar adeptos entre católicos de escasos recursos y representan actualmente al 50 por ciento de la población nacional. Me dice que lo que lleva adeptos a las sectas no es un tema de fe o espiritual, sino de falsas promesas económicas, que corrompen a la gente que pasa hambre prometiéndoles falsamente alimentos, medicinas y un trabajo a cambio de su conversión, pero que nunca llega. También me comenta mi tío que estas sectas reciben a menudo abundante financiación por parte de ricas organizaciones estadounidenses. Casualmente y guiados por la arquitectura de un imponente edificio encontramos la sede de una de ellas en esta población, una construcción reciente en un lugar privilegiado.

Tras un paseo por el pueblo, visitando su iglesia católica, regresamos hasta el muelle para continuar con la excursión.

De nuevo vuelta a la lancha que nos esperaba en el embarcadero de madera y navegamos hasta nuestro tercer destino, Santiago Atitlán. Llegamos tras pasar por un estrecho pasillo del lago que pasa junto a dos colosos: los volcanes Tolimán y San Pedro, y durante el trayecto pudimos observar la imponente columna de nubes que, fiel a la cita de cada tarde, se aproximaban desde el sur provenientes del Océano Pacífico.

Nuestro patrón de lancha nos dijo que aquí si queríamos estuviésemos más tiempo, ya que al ser el pueblo más grande de los que estábamos visitando requeriría de casi un par de horas. Nos recibieron en el muelle varias personas intentado vendernos insistentemente productos típicos, a lo que avanzamos hacia dentro de la población ignorando las múltiples ofertas. En estos pueblos de Guatemala es común encontrar unos triciclos motorizados denominados “tuc-tuc” unas moto-taxis que son una fuente de ingresos para muchos jóvenes emprendedores, pues ofrecen un transporte rápido a cualquier parte del municipio, incluso actuando como improvisados guías turísticos. A pesar de las empinadas cuestas que se presentaban ante nosotros decidimos rehusar las proposiciones turísticas que recibíamos y tuve que poner a trabajar mis sedentarias piernas.

Esta localidad también está poblada por mayas zutuhils y es, después de Pana (abreviatura de Panajachel), el pueblo más turístico y con más infraestructura del lago. Hay bastantes hoteles y restaurantes, pero sobre todo, muchas tiendas dedicadas a la venta de artesanía, desde tejidos, a pintura (hay pequeñas galerías de arte donde se expone la característica pintura naturalista de los artistas locales), máscaras u objetos de jade o madera, así como mercados de alimentación. Otra prenda típica de Santiago es el tocoyal, una cinta enrollada en la cabeza que todavía portan muchas señoras mayores y que tiene que pesar bastante. La señora que ilustra esta parte se dejó muy amablemente que la fotografiara, tras decirme si le daría propina por ello. Una forma muy decente de ganar unos ingresos extras, si quieres fotografiarme tendré que obtener algo a cambio de ti.

Sin embargo, hay dos puntos de especial interés en Santiago. El primero es su iglesia, ubicada al fondo de una bonita plaza. Es del siglo XVI y en su interior hay un montón de santos vestidos con ropa indígena actual. Es especialmente interesante la mezcla de cultura indígena y católica. Nuevamente, algunas personas mayas vestidas con sus huipiles, rezaban arrodilladas.

En esta iglesia estuvo 13 años el Padre Stanley Francis Rother, un misionero americano que se dedicó a defender los derechos de los indígenas y que lo pagó con su vida, cuando fue asesinado por los escuadrones de la muerte en 1981. Mi tío Fernando lo conoció personalmente en una ocasión, y me cuenta que el día que lo asesinaron habían quedado con él para entrevistarse. Cuando llamaron a la parroquia para confirmar la cita de ese día, él y Mari Carmen se enteraron del fatal desenlace. En la torre del campanario hay una pancarta informando de los 18 días que faltan para el 23 de septiembre de 2017, fecha en que será beatificado el padre Apla´s, como aquí lo conocen. Al entrar a la iglesia, a la derecha, encontramos un pequeño altar en su memoria, con una urna de piedra donde según me cuenta mi tío reposa su corazón.

Santiago de Atitlán fue un lugar especialmente activo y plaza fuerte de la guerrilla que defendía los derechos de los indígenas y desgraciadamente, fue uno de los lugares donde el ejército perpetró más asesinatos en serie durante la guerra civil guatemalteca. Mi tío Fernando, días después de nuestro regreso, escribió estas letras con motivo de la canonización de este mártir:

BEATIFICACIÓN DEL PADRE FRANCISCO

El Vaticano proclama Beato al sacerdote Stanley Francis Rohter, misionero estadounidense asesinado en Guatemala por los militares en 1981

Lo conocí circunstancial y fugazmente hace 45 años, y no volvía verlo, aunque sí supe de él. Era una persona normal, un gringo de buena voluntad, con sonrisa abierta y ojos vivaces. Había nacido en Oklahoma, Estados Unidos, en 1935. Trabajó varios años en la granja familiar; y, luego de realizar sus estudios eclesiásticos en San Antonio, Texas, fue ordenado sacerdote en 1963. En 1968, cuando tenía 33 años, se fue como misionero a Guatemala.

Su campo de trabajo fue la parroquia de Santiago Atitlán, uno de los pintorescos y empobrecidos pueblos que rodean el lago de Atitlán. Se llamaba Stanley Francis Rohter, pero los indígenas Tz’utujiles de la zona lo llamaban Padre Francisco.

Pronto aprendió a hablar en castellano; y poco después aprendió el Tz´utujil. Realizaba con gran abnegación sus funciones religiosas, y se esforzaba por lograr la inculturación de la fe cristiana entre los indígenas; promovió la traducción del Evangelio y los textos litúrgicos a su idioma. Además, apoyado por sus amigos estadounidenses, fundó un pequeño hospital, un centro de nutrición, una escuela y una estación de radio. También trabajó para fortalecer las cooperativas agrícolas de los indígenas.

Trató de vivir de una manera sencilla y pobre, como sus parroquianos. No le importaba sentarse en el suelo y compartir las tortillas de maíz con ellos. Supo entrar en su corazón y valorar su cultura, y ellos lo consideraban como uno de los “ancianos” (depositarios de la sabiduría de la comunidad).

Pasaron los años, y hasta Santiago Atitlán llegó la violencia de la insurgencia y contrainsurgencia. El ejército puso un destacamento militar en Santiago, y comenzó el hostigamiento a la Iglesia local. Todo lo que implicara promover el desarrollo y organización de la gente era visto como subversivo por los militares. Así se lo habían enseñado sus instructores estadunidenses en la Escuela de las Américas, Panamá, donde en aquellos años más de 60.000 oficiales de los ejércitos latinoamericanos recibieron formación en las mejores técnicas de secuestro, desaparición, tortura y masacres…

Entre los años 1980 y 1981 muchas fueron asesinadas o secuestradas-desaparecidas en el lago Atitlán, entre ellos no pocos líderes comunitarios y catequistas formados por la Iglesia. No era raro ver a los militares en los alrededores de la Iglesia Católica, haciendo preguntas en actitud amenazante. Al padre Francisco le tocó recoger muchos cadáveres y sostener económicamente a viudas y huérfanos. En algunos casos, logró facilitar la huida de quienes estaban amenazados…

Su nombre aparecía en todas las “listas negras” de los “condenados” a muerte por el ejército, que no podía tolerar su cercanía y solidaridad con las víctimas ni su trabajo de promoción humana. Pero no se dejó amedrentar. Quería proteger a su pueblo con su presencia ante la amenaza de los soldados. “Este es –escribía a finales de 1980- uno de los motivos de por qué me quedo a pesar del daño físico. El pastor no puede huir a la primera señal de peligro. El pueblo me necesita y yo quiero estar aquí”.

Presionado por sus superiores y compañeros, a primeros de 1981 pasó algunas semas con su familia, pero regresó a Santiago Atitlán para la Semana Santa. Era muy consciente del peligro que corría su vida. “No sabemos cuándo o de qué manera el gobierno usará sus fuerzas para reprimir a la Iglesia…”, escribió entonces.

Poco después, el 28 de julio en la madrugada, su casa fue asaltada por los militares. Al parecer, querían llevárselo vivo. El se resistió. Sabía que, si se lo llevaban vivo, lo torturarían y finalmente lo matarían… Dos balazos en la cabeza acabaron con él. Tenía 46 años. Nadie fue procesado por su asesinato.

Sus parroquianos no querían dejar que su cuerpo regresara a Oklahoma. Al menos lograron que se quedara entre ellos el corazón del padre Francisco, que desde entonces fue venerado en la iglesia de la localidad, junto a la sangre recogida en el lugar del asesinato.

El 1 de diciembre de 2016, el papa Francisco reconoció su muerte como martirio. Había sido un testigo de Aquel que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. Los mártires pueden ser beatificados sin necesidad de que exista un milagro atribuido a su intercesión, y el pasado 23 de septiembre de 2017 tuvo lugar en Oklahoma la ceremonia de su proclamación como Beato.

El padre Francisco fue uno de los 13 sacerdotes muertos en Guatemala durante los años de mayor represión militar. Su nombre se sumaba a la pléyade de sacerdotes, obispos y laicos cristianos que durante las dictaduras derechistas y gobiernos militares de América Latina murieron por ponerse al lado de los pobres. Pasaron demasiados años sin que la Iglesia se moviera, pese a que los pueblos los recordaban y veneraban como santos. El papa Francisco ha iniciado el camino de su reconocimiento como testigos del Jesús liberador, enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos…

Tras esta visita a la iglesia emprendimos la marcha de regreso pasando por uno de los concurridos mercados guatemaltecos, el segundo punto de interés de este pueblo, y donde venden todo tipo de frutas y productos alimenticios, y donde pude ver algunas sobrecogedoras imágenes protagonizadas por los que menos tienen.

 

Al retornar al muelle para embarcarnos de regreso a Panajachel, me fijé que en la orilla del lago había algunas construcciones sumergidas, lo que parecía que eran restos de alguna fuente o estructura de parques. Pregunté por ello a nuestro amable lanchero y contó que el nivel del agua del lago había aumentando considerablemente (algo que me extrañó pues lo normal en Murcia es todo lo contrario, que en lagos y pantanos descienda rápidamente el nivel hídrico) a causa del huracán Micht. Después, buscando documentación para la narración de esta artículo descubro que en efecto, el nivel del agua del lago Atitlán está aumentando pero la causa es bien distinta, es consecuencia de que el manto acuífero del lago tiene ciclos cada cierto tiempo, y que según estudios, el comportamiento del cuerpo de agua puede tener variaciones de hasta 20 metros, subiendo o bajando su nivel por causas aún desconocidas, pero que sin duda relacionas con la actividad volcánica de sus entrañas.

Ya de regreso a nuestro destino inicial, como es normal en esta época del año, el cielo estaba cada vez más nublado, dejando caer algunas finas gotas de agua. Pero lo sorprendente fue que el agua por la que navegábamos estaba muy revuelta a causa del viento que hacía, en algunos momentos con fuertes rachas, y que ocasionaba que nuestra embarcación diera algunos botes más característicos de un mar con aguas revueltas que de un lago de agua dulce. Este fuerte viento estaba causado por el “Xocomil”, que según los mayas, es el viento que recoge los pecados de los habitantes alrededor del lago. Xocomil es una palabra Cakchiquel, una de las lenguas habladas por los nativos de Guatemala. Este nombre está compuesto por las palabras: “Xocom” que significa “recoger”, y por “Il” que significa “pecados”. Leyenda o verdad, desde hace siglos la tradición dice que el espíritu del lago recoge los pecados de todos aquellos turistas y viajeros quienes atraviesan sus aguas, al igual que los de los habitantes de los 12 pueblos de su ribera. ¡Está claro que conmigo el Xocomil se tuvo que ir bien cargado!

El origen de la leyenda dice que antes de que se formara el lago existían tres ríos que se unían en el centro de los tres volcanes. Acostumbraba a bañarse en esas aguas, Citlatzin, la hija del cacique; su cabellera era larga y tan negra como el azabache, rara era su belleza por su piel suave y pálida, diferente a las demás doncellas.

Las aguas se enamoraron de Citlatzin y esperaban ansiosas, la siguiente mañana en que ella llegaba a sumergirse, mientras con su dulce voz las calmaba hasta que los ríos se volvían un remanso. Ellos no ignoraban que esta princesa estaba comprometida con el hijo del Cacique del Norte; no importaba porque la doncella no tenía su corazón puesto en nadie.

Un día después de su baño habitual, Citlatzin decidió dar un paseo por las montañas para recoger flores silvestres y se topo con el hijo del carpintero de la región. Este joven era un plebeyo llamado Tzilmiztli que significaba ‘Puma negro’. Desde que sus miradas se encontraron, no pudieron alejar su corazón uno del otro; para desdicha de las aguas, él rozó la mejilla de ella y se convirtió en su dueño.

Al pasar los meses, la doncella ya no era la misma, ya no cantaba para las aguas cuando se sumergía en los ríos. Estos se dieron cuenta de la transformación de su cuerpo, no lograban imaginar qué estaba sucediendo. Su amada se alejaba de ellos, ya no disfrutaba del suave movimiento del oleaje.

Las aguas pidieron ayuda al viento, éste era testigo del amor y caricia de los jóvenes, les contó todos los detalles. Los ríos se llenaron de celos, con el conspirar de los vientos atrajeron a los amantes a sus márgenes, habían decidido separarlos de por vida.

El viento empujó con fuerza a Tzilmiztil quien cayó dentro de las aguas embravecidas, enredándose en las plantas. Al ver cómo se hundía su amado, Citlatzin se adentró voluntariamente agarrando la mano del príncipe de sus sueños para morir con él.

Las aguas y los vientos lloraron su desdicha formando olas inmensas, era tanta su rabia y dolor por la traición. Desde ese entonces se unieron para vagar todas las tardes protestando y gimiendo como muestra de que no se olvida una herida de amor.

Sea cierta o no la leyenda, la verdad es que impone ver la bravura de esas aguas que en la mañana eran tan apacibles, empujadas por un fuerte viento que rolaba de dirección continuamente. ¡Daba la impresión que el lago estaba cabreado por algún motivo y nos quería fuera de él lo antes posible!

Lo que si es cierto es que todos buscamos un equilibrio en la vida, una seguridad. Unos lo hacen a través de la espiritualidad o religión, otros, a través de supersticiones, creencias o leyendas, y luego están los más locos, que buscan en la escritura su forma de estar en paz consigo mismos, poniendo los sentimientos vividos en palabras escritas para que perduren más allá de su corta existencia.

Así que, retomando lo acontecido ese día y dejándome elucubraciones filosóficas, con ese viento y tras varios golpes secos del casco de madera de nuestra embarcación sobre las duras aguas del lago por fin llegamos a Panajachel, justo en el momento en que varios intrépidos parapentistas aterrizaban en sus inmediaciones bajo las miradas atentas del numeroso público autóctono y foráneo que allí se concentraba.

Tras el espectáculo de los aterrizajes nos acercamos a las inmediaciones de la desembocadura del río San Francisco, donde unas personas se ganan la vida como pueden extrayendo arena de su cauce. Un duro trabajo que te hace acordarte de lo fácil que tenemos nosotros el ir a un almacén de materiales de construcción a comprar un saco de tierra.

Después de toda una mañana de excursiones por esos pueblos y con la energía que nos proporcionó el desayuno ya consumida, tras varias ofertas de los camareros que en la puerta de los restaurantes te ofrecen su amplia carta, decidimos dar cuenta de un menú a base del producto típico del lago: Mojarra frita (típico pescado del lago) acompañado con arroz hervido, ensalada, las indispensables tortitas de maíz y una fría y muy sabrosa Cerveza Cabro, que me hizo acordarme de un buen amigo de Alguazas; no sé si por su afición a la cerveza o por la marca de la misma…

Ya entrada la tarde regresamos a nuestra confortable habitación con vistas al precioso jardín para que, Fernan descansara un poco, y yo poner por escrito las notas de ese día que me ayudan ahora a recordar lo vivido. Tras el descanso decidimos aprovechar la tarde para visitar otras zonas cercanas del lago, llegando a la que sin duda es la zona más lujosa de todo el Lago de Atitlán, el Valle de San Buenaventura. Allí se ubican tres fabulosos hoteles, y nosotros, haciéndonos pasar por unos turistas que estaban buscando un hotel para realizar un viaje familiar en próximos meses, nos metimos a inspeccionarlos.

El primero, y el más alejado de los tres, aunque están pegados uno a otro, es visible desde prácticamente cualquier lugar del lago, ya que son tres altas torres de color verde. Se trata del Hotel La Riviera de Atitlán. Aquí el trato fue correcto pero sin mucha efusividad, siendo sin duda lo mejor de este hotel las vistas que se han de contemplar al lago desde las plantas superiores, pero que esas construcciones desentona totalmente con la arquitectura de la zona y el entorno medioambiental en el que se asienta, algo así como los típicos edificios que podemos encontrar en las masificadas costas del levante español. ¡Espero que el pueblo guatemalteco aprenda de nuestros errores y no sigan construyendo ese tipo de edificios en un entorno tan bonito!

El segundo que visitamos, pegado a este, ya nos dejó una mejor impresión y un motivo para querer regresar algún día a este fantástico lugar. Se trata del Hotel San Buenaventura de Atitlán, un precioso hotel rodeado de bellos jardines, con casas exquisitamente diseñadas que se asemejaban a un antiguo monasterio, y con unas piscinas al lago con vistas de ensueño. La amabilidad del recepcionista fue muy buena, como norma general en los guatemaltecos, y nos permitió entrar a los jardines y a la fantástica playa privada que dispone el recinto sin ningún problema: Una coqueta cala de aguas cristalinas de color verde turquesa y con exuberante vegetación hasta prácticamente la misma orilla de finas piedras.

Y por último, visitamos el Hotel Atitlán. Este sin duda es un hotel que nada tiene que envidiar al mejor de los hoteles de lujo del mundo. Como su publicidad reza “Una ventana al paraíso”. La entrada dispone de fuertes medidas de seguridad con una puerta automática de hierro y guardias armados. Al intentar acceder nos hicieron el alto, les dijimos que queríamos visitar el recinto para pedir información, y previa anotación de la matrícula de nuestro carro nos permitieron entrar sin el más mínimo problema. Al entrar en la recepción, maravillosamente decorada con muebles tallados en madera combinada con azulejos de cerámica, que refleja el elegante estilo colonial español del siglo XVIII, un amable recepcionista nos recibió de una forma exquisita. Nos informó de precios y al pedirle permiso para visitar los exteriores nos comentó que normalmente cobraban un precio para visitarlos, pero que al ser ya media tarde podíamos pasar sin abonar nada. Los jardines, las vistas, la piscina… todo era una delicia para los sentidos, y cuidadosamente mantenidos. Un trabajador nos dijo que eran 15 las personas que diariamente cuidaban los jardines y exteriores del hotel. Lo que más me sorprendió fue que junto al embarcadero, a orilla del lago, había dos helipuertos, y que según me comentó mi tío Fernando era habitual que gentes que venían en avión a la ciudad de Guatemala procedentes de EE. UU. cogían nada más aterrizar un helicóptero hasta el hotel donde se alojaban unos días. O también el caso de otros guatemaltecos que utilizaban ese medio de transporte aéreo para venir a comer al hotel y regresando a sus mansiones en el mismo día.

Al salir a recepción para despedirnos aún este hotel nos deparaba una sorpresa más. El amable recepcionista nos sugirió (posiblemente influenciado por el hecho que yo llevaba una camiseta del Club Senderista ¡¡Despacico, que no llego!! de Alguazas, y el amable señor supuso que éramos una representación de dicho club) que si queríamos podíamos visitar alguna suite y una habitación estándar, para que conociésemos bien el hotel y lo que nos ofrecía para esa futura estancia. Así que encantados con el ofrecimiento acompañamos a un empleado que nos mostró esas dos habitaciones. En primer lugar una habitación estándar, con cama de hierro de forja, muebles de excelente madera, pequeño balcón con vistas al lago y todo el suelo de una preciosa baldosa tradicional. ¡Sin duda un excelente lugar para pasar unos días de descanso! Y como colofón nos mostró una suite. ¡Qué voy a decir, una auténtica maravilla del buen gusto! Amplia cama, decoración similar a la anterior pero con tapices bordados en las paredes, una amplia terraza individual con inmejorables vistas al atardecer que se estaba produciendo en ese momento sobre el lago… ¡Pero lo mejor es que tenía dentro de la habitación una chimenea de leña! que según nos comentó nuestro guía se encendía en las frías noches de invierno que se daban allí.

En definitiva, un hotel con una decoración, trato, jardines, etc. de lujo pero sin caer en excesos estrambóticos. Sin duda que el lugar ideal para ir a celebrar un buen premio de la lotería.

Una tarde turística muy amena y gratificante que fue «in crescendo» en todos los aspectos conforme pasábamos de un establecimiento a otro: En decoración, paisajes, gusto arquitectónico y amabilidad. Con la relajación propia de contemplar estos placeres para los sentido, emprendimos el corto viaje de regreso a nuestro humilde pero también bonito alojamiento, pasando por delante de la Reserva Natural de Atitlán, pero que en vista de lo tarde que era y de que estaba lloviendo, decidimos visitarlo en la mañana siguiente antes de partir hacia San Marcos, y de la que tratará el siguiente capítulo.

 

EL CONTRASTE:

Guatemala posee una de las más grandes riquezas en cuanto a biodiversidad se refiere, a nivel mundial, con una gran cantidad de microclimas y características geológicas que lo hacen único en el mundo. Sumado a ello existe una gran diversidad de culturas y formas de comunicación lingüística que las diferencia de muchas otras. Posee la riqueza cultural en donde existió una de las culturas más antiguas de la humanidad como lo fueron los mayas quienes dentro de su herencia milenaria definieron el Cero como número y generaron un calendario muy exacto para su época, además de la riqueza arquitectónica que dejaron.

Sin embargo, también es un lugar en donde contrasta la pobreza (es una nación en que 49% de los niños menores de cinco años padece de desnutrición, y más de la mitad de la población vive en pobreza y en extrema pobreza) con una riqueza muy grande en cuanto a recursos naturales, que le hace el ser el país líder de Centroamérica con más multimillonarios. 260 guatemaltecos acumulan 56 por ciento de la economía anual del país. Esto se traduce así: El 0.001 por ciento de los 15 millones de guatemaltecos tienen más capital que el resto de la sociedad (Enlace al informe de 2015).

En Guatemala podrían tener una fuente de ingresos muchas familias si potenciaran el turismo ecológico, un turismo respetuoso con el Medio Ambiente que sacara todo el potencial que ese bello país posee, y que tan en auge está en muchas otras zonas del planeta, pero que con la violencia que sufre Guatemala y el atraso en políticas medioambientales hace que muchos posibles turistas rehúsen conocer este precioso país.

 

 

1 Comentario

  1. Gracias Fernandos por trasmitirnos todos vuestros sentimientos en este precioso viaje que tuve la ocasión de conocer, hace ahora veintitrés años.

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