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Guatemala, país de contrastes. Capítulo III – Un océano de vivencias

Un océano de vivencias

El primer domingo que pasé en Guatemala fue un día cargado de aventuras. Teníamos previsto visitar el asentamiento de retornados de San Vicente, donde entre los años 1999-2002 la Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas financió la construcción de un plan de infraestructuras en dicho asentamiento de la localidad de Guanagazapa, Departamento de Escuintla.

En este asentamiento de retornados del exilio, y con subvenciones de la Comunidad Autónoma de Murcia y distintos ayuntamientos de la región (entre ellos el de nuestro pueblo, Alguazas), se consiguió construir 75 viviendas, una escuela con seis aulas, un salón de usos múltiples, casa de salud, también se logró la introducción y distribución de agua potable y el aplanado de las calles (aquello era un trozo de monte sin ningún servicio). Todo esto fue dirigido para ayudar a 75 familias, unas 311 personas indígenas mayas (de ellas muchas eran jóvenes y niños) que debido al conflicto armado que sufrió el país durante 36 años y el etnocidio que practicaron los gobiernos militares contra las poblaciones mayas campesinas, vivieron refugiados por más de 15 años en el vecino país de México, logrando retornar a su país en Julio de 1998, después de la firma de la paz de 1996. Las pocas pertenencias que tenían las perdieron totalmente debido a la persecución y muerte que algunos de ellos sufrieron durante dicho conflicto, y al retornar a Guatemala del exilio tuvieron que comenzar sus vidas de cero. El Gobierno, tal y como venía reflejado en los Acuerdos de Paz  les dotó de un terreno donde asentarse, pero al no tener medios vivían en chabolas de maderas, plásticos y chapas como único refugio ante las inclemencias.

Esta situación era conocida de primera mano por mi tío Fernando, ya que durante el conflicto armado había estado trabajando en Chiapas (México) con muchos de estos refugiados en la frontera con Guatemala, y cuando finalizó la guerra y pudieron regresar a su país, él también lo hizo, siendo el responsable del Programa de Derechos Humanos del Arzobispado del Departamento de San Marcos. Así que informó de la situación de estas personas a la Asociación Amigos de Guatemala para que, si la Directiva lo consideraba oportuno, continuasen con la labor para la que se había constituido, e iniciasen la elaboración de un proyecto que ayudase estas 311 personas, de forma que pudieran vivir de una forma humilde pero digna, integrándose en la nueva situación de su país. La Directiva lo consideró oportuno y la Asociación se puso en marcha para conseguir las subvenciones necesarias que pudiesen hacer realidad este proyecto.

La Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas también financió la construcción de una iglesia en el asentamiento de San Vicente, pero fuera del proyecto de subvenciones oficiales, con colaboraciones de socios, venta de lotería y cenas benéficas.

Así que ese día, puesto que el asentamiento de San Vicente está cerca de la costa del Océano Pacífico, nuestros anfitriones, Lilian y Óscar, se brindaron amablemente a llevarnos hasta él, y ya aprovechar el viaje para que yo viese por vez primera el mayor océano de la Tierra. El domingo 3 de septiembre, la pareja con sus cuatro niños, mi tío Fernando y yo salimos de excursión bien temprano a las playas del Pacífico. Como en el habitáculo cerrado de la “pick up” (como les llaman a los todoterrenos 4×4 con una plataforma abierta atrás) no cabíamos todos, los tres chicos mayores (Edu, Samuel y Jimena) y yo fuimos en la parte trasera. Viajar ahí es algo novedoso para un europeo, pero muy habitual en estos países, viéndose por las carreteras infinidad de camionetas (como nosotros las llamamos) con hombres, niños o mujeres en la parte trasera, y en numerosas ocasiones puestos en pie sin la más mínima medida de seguridad; como digo, algo muy asombroso para un español acostumbrado a que en su país sea obligatorio hasta que los niños lleven colocado un elevador especial en el asiento trasero del vehículo con su correspondiente cinturón de seguridad. Dicho sea de paso, en Guatemala también es habitual ver circular motos sin el correspondiente casco ni por el conductor ni pasajero, incluso por autovías.

Un inciso antes de proseguir: Quiero dejar claro que esto no es una crítica a la sociedad guatemalteca, que mis amigos de ese país no se vayan a ofender por mis palabras, tan solo pongo por escrito las sensaciones que me causaron las costumbres y actuaciones en ese país comparadas con la cultura en la que vivo. Está claro que es un país que hasta hace poco más de 20 años estaba en una guerra fratricida que, entre muchas cosas, supuso un atraso respecto a países de su entorno, poco a poco deberán de ir adaptándose e implantando actuaciones que supongan una seguridad para las personas y el medio ambiente, siempre y cuando sus políticos quieran y se preocupen del bienestar de su pueblo.

Hago mención al medio ambiente porque también es curioso para alguien que cada año ha de llevar su viejo coche a pasar la ITV donde le miden los valores de emisión de CO2 para que los gases de escape no sobrepasen los límites permitidos, el ver viejos carros o camionetas (allí se les llama así a los autobuses) echando al ambiente cantidades insufribles de humo negro, que cuando viajas detrás de uno de ellos has de subir las ventanillas para no acabar intoxicado. Otro aspecto del que deberían concienciarse por el bien de nuestro planeta, aunque comprendo que para mucha de la población guatemalteca su primera preocupación es vivir dignamente.

Retomando la narración de ese día, era toda una experiencia para mi el ir en esa plataforma abierta pudiendo sentir el viento en la cara (que me hacía recordar mis tiempos pasados de motero) y con posibilidad de fotografiar el paisaje sobre la marcha, haciendo una parada durante el mismo para contemplar la majestuosidad de los volcanes que teníamos a la vista: El volcán de Agua y el de Fuego, activo este último y del que sale una imponente columna de humo. El volcán de Fuego tiene una altitud de 3.763 metros sobre el nivel del mar, y su cráter está cubierto de lava. Me comentan mis acompañantes que la última erupción tuvo lugar en el mes de mayo de este año, hace unos cuatro meses ¡Tiene que ser toda una experiencia el poder ver y fotografiar ese grandioso espectáculo de la Naturaleza! aunque también muy peligroso y preocupante para las personas que viven en las poblaciones cercanas. Actualización a 4 de octubre de 2017: El Volcán de Fuego entra de nuevo en erupción estos días.

El viaje al principio era muy divertido, pero cuando llevas una hora sentado en la misma postura sobre una superficie rígida y dura ya no sabes cómo ponerte: se te duermen las piernas ya que con cuatro personas recortadas, el espacio para poder estirar los pies es bastante escaso. Tras cerca de dos horas llegamos a la costa del Océano Pacífico, concretamente a las playas de Monterrico (Taxisco). ¡Es imponente ver ese mar azul turquesa, con esas olas que poco dicen a su nombre! pero lo que más me sorprendió fue la calidez de sus aguas. Esperaba que fuesen aguas frías, como las del Atlántico en el norte de España, pero nada que ver; me metí en el océano hasta las rodillas y puedo asegurar que el agua estaba más caliente que en el Mediterráneo en pleno mes de agosto. Otra característica que me sorprendió fue el color negro de sus arenas, fruto de sus orígenes volcánicos, y el que esos granos de arena diluidos en las agitadas aguas se te metieran por todo el cuerpo mojado, terminando de arena hasta en los mismísimos.

Tras un buen rato en que los chicos se bañaban y, Santiago, el pequeño de la familia jugueteaba en la playa, los adultos nos tomamos unas cervezas bien frescas a la orilla del mar, en un chiringuito donde los pollos corretean entre las mesas y donde las duchas son una tubería colgada del techo en un habitáculo recubierto de plásticos. Todo muy sorprendente para alguien acostumbrado a las comodidades de nuestras playas, donde encuentras lavapiés y duchas cada pocos metros. Y de nuevo recalcar que no es una crítica a este país, sino más bien una crítica a las comodidades a las que estamos acostumbrados, donde nos quejamos cuando no encontramos unos mínimos servicios en una playa cuando en otros países viven sin tantas comodidades y son igual de felices que nosotros, o más.

Después de un rato de playa, cervezas y charla amena, emprendimos la marcha para ir al asentamiento de refugiados de San Vicente, donde teníamos que reunirnos para ver el estado del asentamiento y cambiar impresiones con algunos de sus habitantes, algunos de ellos buenos amigos de la familia. Para llegar hasta allí nuestro conductor, anfitrión y amigo, Oscar, nos tenía planeado una aventura muy bonita y espectacular: Cruzar el coche en un ferry (una barcaza de madera) por los manglares del Canal de Chiquimulilla, cerca de la frontera con El Salvador, un paraje precioso que está protegido como parte de la Reserva Natural Biotopo Monterrico-Hawaii, y donde abundan infinidad de aves migratorias, y según nos dicen, tortugas, caimanes e iguanas. Un protagonista relevante de este canal es el mangle, un árbol que genera formas caprichosas y variadas. En la reserva hay partes que son verdaderos laberintos formados por múltiples canales que solo pueden ser transitados en cayucos o lanchas pequeñas, aunque nosotros navegamos sin salir del canal principal. La travesía duró unos 30 minutos y fue muy bonita, observando y fotografiando todo ese paisaje mientras otras barcas circulaban en sentido contrario al nuestro.

 

La temperatura que hacía allí era la típica de climas tropicales, un día soleado con ese calor cargado de humedad. Al llegar al otro extremo del canal y bajar el coche a tierra, Oscar hizo una parada para refrescarnos, y que yo disfrutara por primera vez del agua de coco, una bebida deliciosa que se obtiene directamente de esa fruta tropical, abriendo el coco un lugareño a golpe de machete, y que tras beberlo utiliza de nuevo las mismas artes para poder comer su delicioso fruto. Sin duda un manjar exquisito que aún estaba mejor gracias a que los cocos estaban almacenados al fresco de una nevera frigorífica. Ello sumado al calor que tenía hizo que me supiese a gloria esa nutritiva bebida.

Después del paseo y refrigerio, de nuevo casi otra hora de viaje en la parte trasera del vehículo por carreteras bacheadas que sumada a la velocidad a la que conduce Oscar era lo más parecido a estar en una montaña rusa. Llegamos a la entrada del camino que conduce al asentamiento donde nos esperaba el bueno de Juan Reynoso, al que seguimos por varios kilómetros circulando por un precioso camino de tierra rodeado de vegetación y con aromas a hierba y tierra mojada, fruto de las recientes lluvias.

Otro inciso: A Guatemala a menudo se la denomina “La tierra de la eterna primavera” a causa de su clima tropical y subtropical que mantienen cierta uniformidad en las temperaturas durante todo el año, aunque existen tres regiones climáticas diferenciadas según su elevación sobre el nivel del mar: la zona templada, la tropical y la de clima frío de montaña. Allí las estaciones no son tan marcadas como en latitudes más al norte o al sur del ecuador. En realidad, las estaciones se reducen a dos: la lluviosa, a la que se le denomina invierno, de mayo a octubre, y la seca, a la que se conoce como verano, de noviembre a abril. Nosotros estuvimos en septiembre, en plena época de lluvias. Lo habitual en esta época es que las mañanas amanezcan totalmente despejadas y conforme avanza el día las nubes ganan terreno hasta que a media tarde caen lluvias, en algunas ocasiones en forma de intensas tormentas tropicales, como bien pudimos comprobar ese día; pero no adelantemos acontecimientos.

Unos kilómetros antes del asentamiento pasamos por un puente sobre el río Asuchillo, y recordé lo que me contó mi madre de la primera vez que vinieron aquí a San Vicente, que tuvieron que vadear el río, ella y mi padre subidos en el coche con el conductor y los demás hombres que los acompañaban cruzando el río caminando, ya que ese puente no estaba aún construido y esa era la única forma para poder cruzarlo. El puente que nosotros cruzamos se construyó hace algunos años, obra que ejecutó el Gobierno de Guatemala con fondos propios y con ayuda de la Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas.

Por fin llegamos a San Vicente, donde el recibimiento fue muy caluroso y emocionante. Son muy buenas personas, algunas de las cuales guardo bonitos recuerdos de cuando estuvieron en Murcia en unas jornadas de concienciación que organizó la Asociación. Allí estaban Juan, Lucía, Manuel, Doña Marta (una señora encantadora que allí sigue viviendo con sus 84 años); también estaba Abigail, que la conocimos siendo una niña cuando la Asociación la trajo a España a ver si se podía hacer algo para paliar su ceguera y que ya es toda una mujer, casada y con una preciosa niña; también encontré a Adelaida, la muchachita que vino a España después de muchas cartas intercambiadas con mis padres desde bien niña y que se emocionó mucho al verme, pues pensaba que era otro familiar el que acompañaba a mi tío Fernando y no yo, por lo que se sorprendió mucho al encontrarnos saltándosele las lágrimas de la emoción, pues según me contó guarda muy buenos recuerdos de España y de nuestra familia. También está felizmente casada y con dos niños, y me confesó que estaba ahorrando para volver de nuevo a España con sus niños, que es su gran ilusión poder volver a visitarnos, sobre todo a mis padres Juan Antonio y Ana María. En definitiva muy buenas personas que conocí hará unos 17 años pero que el aprecio y cariño continúan intactos a pesar de la distancia y del tiempo transcurrido.

En el recinto techado pero al aire libre de la humilde casita nos ofrecieron una suculenta comida a base de frijoles, nachos, chicharrones, ensalada, hervido de verduras, pollo cocido, y cómo no, todo acompañado de las tortitas de maíz, indispensables en cualquier comida guatemalteca. Pasamos una agradable comida charlando sobre la situación del país y recordando viejos tiempos, mientras unas gallinas con sus pollitos y patos correteaban entre nosotros.

Tras la comida fui con Manuel a dar un paseo por el asentamiento, donde me enseñó campos de maizales, de piñas, manglares… todo un precioso vergel en ese lugar donde la Naturaleza crece exuberante gracias a la fértil tierra y abundantes lluvias.

De hecho, estando paseando entre los manglares empezaron a escucharse fuertes truenos, cada vez más cerca, y poco a poco las nubes fueron cubriendo el cielo azul, hasta que de repente empezó a caer una intensa tromba de agua que nos caló bastante. Corriendo llegamos al techado de la vivienda y allí nos pusimos al cubierto de esa lluvia torrencial acompañada de fuertes relámpagos que tronaban como si cayesen allí al lado. Cuatro o cinco sonaron aterradores, como si el cielo se fuese abrir sobre nosotros, con una resonancia y un eco como nunca antes había escuchado; pero fue algo muy bonito y espectacular el ver caer esa cantidad de agua por espacio de algo más de una hora, acompañada de esos impresionantes truenos y disfrutando del inmenso aroma que emanaba de esa tierra tan fecunda.

En la espera a que aminorase la tormenta, los patos jugueteaban entre el agua que caía formando pequeños riachuelos, y nosotros continuamos con las amenas charlas cargadas de recuerdos, de proyectos futuros, de risas. Para hacer aún más llevadera la tarde me dieron a probar licha, un fruto de aspecto exterior como un erizo de color rojo; el hijo de Manuel, al ver mi cara de extrañeza sin saber si meterle un bocado o dejarlo en la mesa, me explicó cómo se abría y se extraía el fruto, una pulpa redonda, de color blanco translúcido y con un dulce y agradable sabor.

Vendedor ambulante de licha

Cuando la lluvia apaciguó su intensidad ya estaba oscureciendo, por lo que era hora de emprender el viaje de regreso. Adelaida comentó que tendría que volver a la ciudad de Guatemala en camioneta (uno de esos viejos buses) con sus dos niños, a lo que Oscar se brindó a que viniese con nosotros en el carro para que no llegasen muy tarde a su casa, que él pasaría atrás con nosotros en la parte exterior y dejaría conducir a Lili para que las mujeres fuesen más cómodas y no se mojasen. Menos mal que lo convencimos para que reconsiderase la propuesta y condujese él, no como falta de caballerosidad hacia nuestra anfitriona, ni mucho menos, pero con la lluvia caída, anocheciendo y por esos caminos de tierra era lo más seguro para todos.

Autobuses (camionetas) típicos de Guatemala

Y ahí comenzó la aventura del viaje de regreso: Al salir del asentamiento, bajando una fuerte pendiente nos encontramos con una “pick up” parada pues se le había roto la caja de cambios automática, e interrumpía el paso a los vehículos que entrasen o saliesen del mismo. Nos dijo el conductor, un señor mayor que regresaba a San Vicente, que lo sentía mucho pero que no podía ladear el carro, que no andaba nada y no había sitio donde orillarlo, por lo que deberíamos dar la vuelta y salir por otro camino, mucho más largo y de peor estado. Oscar, esa gran persona dispuesta a ayudar a todo el que lo necesite, se brindó para intentar remolcarlo con su Toyota, tirando con una cadena que llevaba para estas situaciones, pues según comentó viajaba de vez en cuando a la selva del Petén y en más de una ocasión la había tenido que usar. Dio la vuelta a su “pick up” en un estrecho camino haciendo unas cuantas maniobras muy ajustadas, enganchó con la cadena los dos coches y tiró del vehículo averiado por toda la cuesta hacia arriba, usando la gran potencia de la reductora del 4×4 y con nosotros subidos en la plataforma para que con el peso no derrapasen las ruedas sobre la pista mojada. ¡La verdad, parecía una imagen propia de una película de aventuras!: Un rescate bajo la lluvia en medio de una zona boscosa iluminada con los últimos rayos de sol del atardecer que se querían colar entre las nubes, dando a ese cielo grisáceo un color anaranjado con algunos trazos multicolores causados por la refracción en las gotas de agua. ¡Lástima que no pude inmortalizar ese momento! había metido la cámara de fotos y el móvil dentro del coche para que no se mojasen con la lluvia que aún caía y en la subida de los dos vehículos no hubiese sido muy apropiado hacerlos parar para sacar la inmortalizadora de imágenes. Tras varios empujones el potente auto logró superar la pendiente y llevar al carro averiado hasta una amplia zona del asentamiento, frente a las aulas escolares, donde lo dejamos y, después de los correspondientes agradecimientos y despedidas, de nuevo emprendimos el viaje de regreso.

Un viaje que recordaré como uno de los peores de mi vida en coche, pero también de los más intensamente vividos. Calado hasta los huesos, de noche, lloviendo aún con intensidad, las gotas de lluvia sumadas a la velocidad del vehículo parecían alfileres golpeándome en la cara y brazos (como salimos con sol iba en pantalón corto, camiseta y sin tener la precaución de haber cogido el impermeable, aunque lo pensé, pero al final creí que no lo necesitaría sin ser consciente de los cambios atmosféricos de Guatemala). Como he dicho en alguna ocasión, Lili y sus hijos son unas personas muy amables, dispuestas a ayudar, generosas, por lo que al verme en esa situación me dieron la sudadera de uno de los chicos para que me protegiese la cara, ya que argumentaron que al ir él pegado a la pared del habitáculo del coche no le golpeaba tanto la lluvia, y yo la necesitaba más. ¡Como digo, la generosidad de las gentes guatemaltecas! En esa situación salimos a la autovía y, Oscar, le apretaba más al carro para llegar cuanto antes, cosa que no sé qué sería peor, si el frío y los alfilerazos de la velocidad, o el tiempo de ir con las piernas encogidas sobre la dura chapa de la caja del vehículo. A mitad de camino hay un peaje en la autovía y las retenciones para pasarlo nos llevó unos 15 minutos, tiempo que aprovechamos para ponernos de pie y estirar un poco las piernas. Es también impresionante ver en cualquier retención la cantidad de gente que dedican estas colas para vender fruta, zumos, agua, frutos secos, etc. y allí habían decenas de personas caminando cola arriba cola abajo, aguantando la lluvia, para poder ganar unos quetzales con la venta ambulante de esos productos. Tras hacer el respectivo pago, vuelta a pasar frío bajo la lluvia en el exterior del vehículo a 120 kilómetros por hora. Así hasta las proximidades de la ciudad de Guatemala donde por fin dejó de llover, pero aún nos quedaba una última “anécdota” para acabar el día y, que gracias a Dios, quedó solo en eso.

En un momento de la marcha Oscar tuvo que dar un frenazo a causa de una retención inesperada, y el coche que nos seguía al frenar bruscamente para no colisionar con nosotros empezó a derrapar a causa del asfalto mojado. Yo, que iba junto al portón trasero, como si de una película a cámara lenta se tratase, cada vez lo veía más cerca de nosotros y sentía aproximarse el silbido intenso de los neumáticos derrapando sobre la superficie mojada. Cuando creí que el choque era inevitable y nos iba a dar de lleno, me incorporé un poco sobre mi brazo derecho y giré el cuerpo hacia la parte delantera del habitáculo, por si el impacto en los hierros del portón trasero me alcanzaba en la pierna, y en ese justo momento giré la cabeza hacia la izquierda, viendo el morro del coche que nos precedía a escasos cinco centímetros del paragolpes trasero del pick up. Ahí vi también la cara de susto de la pobre mujer que lo conducía, agarrando fuertemente el volante y con los ojos que se le salían de sus cavidades. He de decir que por suerte la señora no dio ningún volantazo, algo que con el estado de la carretera y el tráfico existente en los tres carriles no sé qué hubiese pasado. Mantuvo el coche recto entre la fila de coches de su derecha y la mediana de la izquierda (circulábamos en el carril izquierdo, el más rápido en esos momentos, aunque en Guatemala da igual por el que vayas), quizás a causa del susto, pero que fue lo mejor que pudo hacer. Sin duda que mi Ángel de la Guarda ese día tuvo que emplearse a fondo.

Y así llegamos sanos y salvos a la entrada del condominio (como llaman aquí a los residenciales cercados con altas vallas, barreras para entrar y guardias de seguridad) donde vive la familia que nos aloja, y donde esperaba el esposo de Adelaida para recogerla junto a sus dos hijos. Tras la despedida, al llegar a casa me di una reponedora ducha caliente y Lili nos preparó una sopa para cenar que me supo a gloria, de las mejores que he tomado nunca.

Y de esta forma finalizó este apasionante día por tierras guatemaltecas, dando gracias a Dios por todas las experiencias vividas y por llegar sanos y salvos. Como días después me dijo mi tía Mari Carmen a nuestro regreso a España, eso que para mí fue una gran experiencia era su día a día cuando ellos estaban en Guatemala, y que echa de menos esa sensación de estar viva, el saber qué aventuras te deparará cada nuevo día. Efectivamente, allí, donde no tienes tantas comodidades y seguridad, es donde realmente se vive plenamente cada día.

 

EL CONTRASTE:

Las diferencias climáticas que hay en un pequeño país en una misma época del año. La geografía repercute en el clima de Guatemala. Existen dos cordilleras principales en el país que, en líneas generales, dividen Guatemala en tres áreas geográficas principales: la tierras altas (meseta y zonas montañosas), la región costera del Pacífico, y el departamento de Petén, al norte de las montañas y de características tropicales, Dichas tres regiones de Guatemala difieren en condiciones climáticas debido a las diferencia de altitud que producen contrastes pronunciados entre las tierras bajas – cálidas y húmedas- y las más secas y frescas regiones montañosas.

El clima de la región costera del Pacífico forma parte del área climática tropical. Las llanuras de Petén y las tierras bajas selváticas se caracterizan por su clima tropical húmedo. Junto a la zona tropical y la templada, en Guatemala existe también una región de temperaturas frías situada en las elevaciones superiores a los 2.000 metros de picos y cordilleras. Las temperaturas por el día son más frescas que en la zona templada y al anochecer descienden por debajo de los 0° e incluso llegan a caer heladas y nieve. El Departamento de San Marcos, donde también estuvimos, y que hablaré en otro capítulo, tiene el municipio poblado más alto de Guatemala y Centro América, Ixchiguán, con 3.200 metros sobre el nivel del mar.

4 Comentarios

  1. Fernando Bermúdez López

    septiembre 23, 2017 at 2:38 pm

    Excelente crónica de lo vivido ese domingo 3 de septiembre. Mientras lo leía estaba reviviendo la experiencia. Muy bien redactado.

    • Fernando Pinar

      septiembre 28, 2017 at 10:08 pm

      Gracias Fernan, fue un día muy intenso, bonito y emotivo. Gracias por haberme dado la oportunidad de vivir esta experiencia.

  2. Guatemala, un país que impacta por su belleza y por sus contrastes climáticos y sociales, pero que mientras mas la conoces y comprendes, mas la amas. Excelente relato Fernando Pinar, me hizo imaginar cada vivencia. Saludos.

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