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Muerte por sobrevivir

Hace casi tres años la imagen del pequeño Aylan cuyo cadáver apareció en las playas de Turquía removió las conciencias de muchos, estando esa fotografía en todos los medios y compartida hasta la saciedad en redes sociales. Tres años después se ha normalizado la muerte de seres humanos que huyen de la miseria, las guerras, las violaciones y su éxodo está mal visto por parte de la sociedad europea sin importarles que esos que son rescatados por los barcos de las ONG’s son unos pocos de los miles que mueren ahogados en El Mediterráneo, y que el llevarlos a “nuestra” Europa es sacarlos de una muerte casi segura. Hoy, esta noticia de la muerte de cientos de personas ahogadas en el mar, tres bebés incluidos, será una noticia más entre partido y partido del mundial de fútbol.

Las migraciones son tan antiguas como la humanidad. En cada época han tenido diferentes orígenes, motivos y destinos, pero nunca se han detenido, toda vez que el ser humano busca siempre la manera de vivir mejor, gozar de libertad y oportunidades, mientras otras veces se huye por razones de violencia o represión.

En el siglo XXI se puede hablar de dos grandes flujos migratorios: desde Siria –pero también otros países de Asia, África y Medio Oriente– hacia Europa y; uno menos sensible, pero igualmente significativo, de países latinoamericanos –entre ellos Guatemala, El Salvador y Honduras– hacia Estados Unidos.

Las causas son bastante diferentes, porque lo que sucede en el Mediterráneo es por razones de violencia extrema y hasta procesos de genocidio, mientras que en el lado de América se trata de la búsqueda de una mejor oportunidad de vida y, en menor grado, porque huyen también de la violencia.

Cada gobierno puede tomar sus propias decisiones en política migratoria, pero en ningún caso se puede violentar los derechos humanos de los migrantes, por más que incurran en la ilegalidad de ingresar a un país sin documentos. El tema es bien complejo, porque ese flujo migratorio no se detendrá, en la medida en que los países del norte sigan demandando mano de obra de los indocumentados. Lo hacen porque los marroquíes, senegaleses, guatemaltecos, salvadoreños… están dispuestos a hacer el trabajo que los europeos o estadounidenses ya no desean, y quienes se marchan, lo hacen porque en sus países de origen no encuentran oportunidades o peligran sus vidas, llegando a arriesgarlas por encontrar un futuro mejor.

https://www.google.es/amp/s/amp.elmundo.es/internacional/2018/06/29/5b3610a7e5fdea73698b4646.html

Guatemala, país de contrastes. Epílogo

Epílogo

La tarde del martes 12 de septiembre tomamos el avión de la compañía Iberia (un Airbus A330-300) que nos llevaría de regreso para España. Nuestra última noche en Guatemala la pasamos de nuevo en casa de nuestros amigos Lili y Óscar, que tan fabulosamente nos acogieron los primeros días en ese país junto a sus cuatro niños.

El día 12 de septiembre de 2017 dije adiós a Guatemala y a América, mi primer viaje a ese continente. Dije adiós a ese precioso país que me acogió con los brazos abiertos. Fueron trece días muy intensos, cargados de emociones, aventuras, bellos paisajes que me llevé grabados en la retina y en las tarjetas de memoria de la cámara fotográfica. Viví un intenso terremoto, lluvias tropicales con estremecedores truenos, días de calor, de frío.. pero sobre todo lo que me traje de vuelta para Murcia fue el corazón lleno de amabilidad, de amigos, de buenas personas que te dan lo que tienen, de gentes que dedican su vida a los demás.

Sirvan estos siete relatos que he escrito sobre mi viaje a Guatemala como agradecimiento a todas esas personas (algunas que conocía de antes, otras muchas que conocí durante esos días) por la formidable acogida con la que me recibieron: Mi agradecimiento a Lilian, Óscar, sus maravillosos cuatro niños, Eduardo, Jimena, Samuel, el pequeño Santiago y la abuela doña Lola, por acogernos en su casa, por mostrarme la ciudad de Guatemala, por llevarme a conocer el Océano Pacífico, por las molestias que ocasionamos al ocupar el cuarto de Edu y Sami, por estar Lili pendiente de nosotros todos los días que estuvimos por Guatemala, bien en persona o interesándose a través del celular (como se le llama allí al teléfono móvil).

Mi agradecimiento las hermanas de la Congregación de la Sagrada Familia del Colegio Belga Guatemalteco, donde pasamos nuestra primera noche en la ciudad y donde compartimos con ellas un rato de oración comunitaria.

Mi agradecimiento a mis amigos guatemaltecos de la familia Reynoso: Juan y Lucía, doña Marta, Manuel, Adelaida, Abigaíl, Juan Claudio, Betty, Bianca… y el resto de esa gran familia, donde nos ofrecieron en el asentamiento de San Vicente una suculenta comida y disfrutamos de una lluvia con truenos como nunca había visto.

Mi agradecimiento al padre Toribio Pineda de San Marcos, por su acogida en su casa parroquial, con el que compartimos amenas veladas de tertulias, un excelente vino chileno y con el que sufrimos esos interminables 93 segundos de terremoto.

Mi agradecimiento al licenciado Mario Juárez, una gran persona, y con el que pasamos una agradable tarde de lluvia disfrutando de un espléndido café del Tajumulco.

Mi agradecimiento también a las Hermanas del Colegio La Sagrada Familia de Chiantla, Huehuetenango, que hacen una gran labor educativa: Marta, Carmen María… y muy especialmente mi agradecimiento a la hermana Juana María Mansilla perteneciente a esa congregación, por su calurosa acogida, por sus enseñanzas, por sus amenas charlas, por compartir su ilusión por un mundo mejor, y sobre todo por fomentar proyectos para ayudar a familias necesitadas para que sus hijos puedan recibir estudios y no acaben trabajando desde muy temprana edad, como es lo más común por acá; en nuestro caso concreto por ser intermediaria de la Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas en esos proyectos tan solidarios. Mi agradecimiento a las tres familias que la Asociación alguaceña está becando y que nos abrieron sus humildes casas, permitiéndonos conocer un poco sus vidas: Don Santiago y doña Candelaria, la señora doña Dorís y su hija Michelle, y doña Natalia y don Francisco.

Mi agradecimiento a Ricardo, que nos llevó todo un día de excursión por la Sierra de los Cuchumatanes contagiándonos su alegría y sabidurías de la vida, aunque nos dieran chivo viejo por cordero.

Mi agradecimiento a Monseñor Álvaro Ramazzini, por hacer un hueco en su apretada agenda para ir a visitarnos a Chiantla, por esa tarde de charla amena y por todas sus muestras de aprecio, así como sus buenos deseos hacia mi familia; espero que muy pronto podamos volver a encontrarnos en nuestro país.

Mi agradecimiento a todas esas otras personas que conocí esos días pero que mi mala memoria no recuerda sus nombres, perdón.

Mi agradecimiento a mi tío Fernando Bermúdez por insistir en que lo acompañara para que yo conociera este país al que le había dedicado 30 años de su vida y del que es un ferviente enamorado; por mostrarme rincones preciosos de este país tan injustamente maltratado, por contarme su historia y su situación social y política.

Mi agradecimiento a mi esposa Mari Luz, a mis padres, Juan Antonio y Ana María por animarme los tres a hacer este viaje.

Especialmente quiero destacar mi gratitud a mi padre, el que también quedó enamorado de ese bello país en cuanto lo conoció y que visitó cerca de una decena de ocasiones. Quiero darle las gracias en mi nombre y en el de muchos guatemaltecos por la gran labor que ha realizado para ayudar a esas gentes canalizando ayudas a través de la Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas de la que es Presidente; por sus horas de desvelo preparando proyectos, documentación, informes de justificación de gastos, etc. sin esperar nada a cambio, tan solo el noble sentimiento de hacer algo por los demás y por querer hacer un poco mejor este mundo. Mi gratitud también hacia mi padre por insistirme en que fuese a Guatemala. Sé que era una ilusión que él tenía porque yo hiciese ese viaje, ya que era el único de la familia que no conocía Guatemala. Mi hermano Eduardo fue el primero de la familia en conocer el país donde estaba dedicando su vida nuestro tío Fernando. Después viajó mi madre en solitario y a partir de ahí mis padres juntos en varias ocasiones. Otro viaje lo hizo mi padre con mi hermana Encarni, por lo que yo era el único que quedaba por conocer ese país del que tanto se hablaba en nuestra familia.

 

Parte del resto de la familia Bermúdez también habían estado en Guatemala en alguna ocasión: Mis tíos Jesús y Encarnita (esa gran y buena persona que era nuestro añorado Jesús Bermúdez, que tristemente nos dejó el 20 de mayo de 2009) viajaron junto a mis padres a la inauguración del Centro Semilla de Esperanza. También mis primos Isidro y Pedro Fernando, éste último en un viaje que hizo a Guatemala junto a Ana, sobrina de Mari Carmen. Mi primo Isidro es otro miembro de la familia que ha viajado a América en varias ocasiones y ha tenido la suerte de subir al volcán más alto de Guatemala, el Tajumulco, con sus 4.222 metros de altura. Espero también poder subirlo yo alguna vez.

Ya para finalizar, y como amante de la fotografía que soy, confieso que en todos los viajes, excursiones, salidas al monte que hago con la cámara de fotos al hombro, siempre hay una imagen que resume esa actividad, una foto por la que dices que ha merecido la pena el esfuerzo de una caminata, una excursión, o en este caso, un viaje al otro lado del Atlántico. Siempre hay una imagen que destaca sobre las demás. Son cerca de 1.200 fotos las que realicé en esos 13 días en Guatemala, muchas de ellas de preciosos paisajes, de monumentos, de personas, y que son difíciles de seleccionar y escoger una sobre otras.

Lo que más sentía atracción para fotografiar en este viaje eran las personas, las gentes de Guatemala, sus costumbres, sus coloridos trajes, sus formas de vida, su situación… Y entre esas gentes, lo que más me impactó fue el ver niños en edad de estar jugando tener que trabajar para poder llevar unos quetzales a sus casas. En España, como en muchos países del llamado “primer mundo”, lo normal es que los niños a esas edades estén disfrutando de su infancia, correteando con sus amigos, estudiando para formarse…, pero aquí no, aquí lo normal es que muchos niños se pongan a trabajar a temprana edad y no vayan a la escuela. Fotografié a algunos de ellos desempeñando esas labores de adulto, no para exhibirlos o hacer una pintoresca foto, sino para denunciar, dentro de mis posibilidades, esa triste situación y mostrar gráficamente lo que está pasando hoy en día en muchos lugares del mundo, en este caso concreto en Guatemala. Unas fotos que poder enseñar a mis sobrinos, a amigos, difundirlas por las redes sociales para que veamos que somos unos privilegiados y unos afortunados al poder tener una vida llena del amor de nuestros padres, del confort de nuestros hogares, de juguetes, de las últimas tecnologías (videojuegos, tablets, ordenadores, móviles…) que somos afortunados de poder ir a la escuela, al instituto, a la universidad.

De esa multitud de fotos que hice, la imagen que puede resumir este viaje a Guatemala, y la que para mi ha merecido la pena toda esta experiencia, la tomé el día que hicimos la excursión por el Lago Atitlán. Después de la agradable travesía en lancha por los pueblos del lago comimos en un restaurante de Panajachel, y ya de vuelta a nuestro hotel para descansar íbamos caminando por la turística Calle Santander cuando los vi a lo lejos. A unos veinte metros por delante de nosotros caminaban dos chavales de unos ocho o nueve años y uno de ellos llevaba cogido por el hombro al otro, en señal de camaradería.

Caminaban alegremente, contándose sus cosas, riendo; se podría decir que se les veía felices. Los dos llevaban en una mano la pequeña caja de madera que tienen los limpiabotas donde guardan el trapo y el tarro de betún y que sirve de apoyo para el pie del cliente mientras limpian sus zapatos. Sus manos demostraban el color oscuro de esa profesión, unas manos que parecía como si llevaran guantes pero que era el color de la piel tintada por tantas horas aplicando crema a cientos de zapatos. Una profesión infantil desaprobada en nuestra sociedad europea pero que constituye el medio de manutención de muchas familias en condición precaria.

En ese momento llevaba la cámara réflex guardada en la mochila, precaución que solía tomar en zonas concurridas para no llamar demasiado la atención, pero también llevaba siempre en el bolsillo del pantalón una pequeña cámara compacta para captar alguna imagen interesante en esos “peligrosos” lugares (lo entrecomillo porque excepto en la Ciudad de Guatemala donde sí sentí la inseguridad y el miedo real de una ciudad inhumana, en el resto del país la sensación era la misma que en cualquier lugar de mi país, guardar unas mínimas precauciones de seguridad pero sin nada destacable) y pasar más desapercibido. Habitualmente Fernan y yo caminamos a un ritmo rápido, por lo que en pocos minutos alcanzamos a los dos niños. Sentí el impulso de fotografiarlos como si de un paparazzi sin escrúpulos se tratase, pero a la misma vez sentí el pudor de que al hacerlo de esa forma violentaría la alegre marcha de los niños, rompiendo ese momento de camaradería y abusando de su intimidad, sin tener yo ningún derecho a ello. Así que me adelanté un poco a mi tío, me puse al lado de los niños y les pedí por favor si no les importaba que los fotografiara. Los chavales se pararon y me dijeron que sin problemas. Se pusieron los dos juntos, en una pose que dentro de la humildad de sus seres, de sus ropas, reflejaban seguridad en sí mismos, en que estaban orgullosos de lo que hacían, reflejaban dignidad, en sus ojos se les veía que afrontaban la vida que les había tocado vivir con entereza, mirándola de frente. Y me puse la cámara en los ojos, sin tener en cuenta ningún parámetro de configuración, ni encuadre, ni fondo… disparé. Disparé una sola vez, sin comprobar el resultado pues quería cuanto antes salir de sus vidas y dejarlos continuar con su marcha hacia donde se dirigiesen, a sus casas o a otro lugar donde proseguir con la digna labor de limpiar los zapatos de otros. Sentía que era un intruso y que me estaba aprovechando de ellos. Metí la mano al bolsillo y le di un billete de cinco quetzales a cada uno, supongo que más que como obra de caridad como penitencia para aplacar mi conciencia. Quiero pensar que ese escaso dinero (menos de un euro para cada uno) les alegraría algo la tarde, que con él se comprarían algo que comer, o se lo darían a sus padres como complemento a lo que ganarían ese día limpiando zapatos. Pero también me quedé con la sensación de que yo expondré su fotografía, habrá a quien le guste, habrá quien me felicite por ella, habrá a quien le remueva las entrañas como me las removió a mí al verlos, pero esos niños continuarán con esa dura vida, sin poder estudiar, sin poder jugar pues tienen que trabajar, y pasarán los años y los más probable es que continúen toda su vida con esa profesión mientras esa imagen inmortalizada de cuando eran niños quedará guardada en el disco duro de un ordenador o en el interior de un libro de un viaje cualquiera de una persona cualquiera que un día se cruzó en sus vidas por unos segundos, y la vida seguirá igual, con miles de niños trabajando en vez de estar jugando o en la escuela y con turistas que se cruzan con ellos fotografiándolos, con el noble fin de denuncia pero con la cruda realidad de que para poco servirá, tan solo para mostrarlos como un trofeo de caza.

Guatemala, país de contrastes. Capítulo V – Un trocito de paraíso

Un trocito de paraíso

Al día siguiente de nuestra visita al lago de Atitlán debíamos proseguir con el viaje hacia San Marcos donde esperaban a mi tío Fernando en esa ciudad donde había vivido durante nueve años. Como era ya una costumbre en nosotros nos levantamos temprano, sobre las 6 de la mañana, y tras el desayuno cargamos las maletas en el coche y nos despedimos del propietario del Grand Hotel, una agradable persona que, según nos contó, su madre era española y que había estado en alguna ocasión en nuestro país.

Pero antes de despedirnos definitivamente de este maravilloso entorno habíamos planeado parar en la Reserva Natural de Atitlán, que nos pillaba de paso ya que está a un par de kilómetros de Panajachel, justo donde la carretera a Sololá comienza a coger altura y aparecen las primeras curvas se encuentra  un cruce a la derecha cuyo camino desciende hacia el Valle de San Buenaventura. Tras poco más de un kilómetro por un firme de piedras adoquinadas llegamos a la entrada de este idílico lugar.

El hecho de animarnos a visitarlo fue porque la tarde anterior, durante la visita a los hoteles, pasamos por la entrada y decidimos asomarnos para ver de qué se trataba. En el bonito acceso ajardinado de entrada habían colocados cuatro grandes paneles informando de la labor de concienciación que, entre otros aspectos, realiza una empresa privada participando activamente en el movimiento ambiental del lago, apoyando al ecosistema para eliminar la contaminación y hacer sostenible el uso de los recursos en la cuenca del lago.

Así que esa mañana, antes de irnos, quisimos visitar esta Reserva Natural para conocer a fondo la labor que hacen, caminar por los senderos que según la información recabada ofrecía el entorno y, dentro de nuestras posibilidades, colaborar con nuestra aportación económica este fabuloso proyecto medioambiental para la conservación del lago.

La información que aparece en su página web dice que la Reserva Natural Atitlán abrió al público en 1995 con el mariposario y los senderos naturales. Pronto le siguieron un centro de visitantes, la colocación de los puentes colgantes, construcción de un auditorio, instalación de los cables (tirolinas) para deportes de aventura y unas casas ecológicas para ofrecer alojamiento a los visitantes de este extraordinario legado natural.

Se deja el vehículo en un amplio aparcamiento de hierba con grandes árboles y entramos a un primer recinto  muy bonito formado por una estructura techada con maderas de bambú y con muchas plantas y flores tropicales, donde estuvimos la tarde anterior resguardados de la lluvia examinando los paneles informativos que allí se encuentran. Según vemos en estos paneles, que están colocados formando dos paredes enfrentadas del recinto y accesibles a cualquier persona que hasta ahí se acerque, el lago está amenazado por muchos factores, casi todos provocados lamentablemente por la acción del hombre. Conforme los iba leyendo mi memoria buscaba la analogía que hay entre los peligros que acechan al lago y lo que nos ha sucedido en Murcia con nuestro Mar Menor, la mayor laguna litoral española, de importancia internacional, un espacio de interesante biodiversidad terrestre y marina, pero que actualmente está sometido a un gran número de amenazas que han supuesto una profunda transformación de sus ecosistemas, rompiendo su delicado equilibrio y haciendo peligrar seriamente su rica biodiversidad.

En el primer panel (aquí se puede descargar) que vemos encontramos información sobre el lago, su origen geológico y datos físicos del mismo. Me llama la atención el hecho que hasta hace 50 años las aguas del lago eran oligotróficas, es decir, aguas con bajo contenido en nutrientes por lo que apenas tienen algas, y consecuentemente, son extraordinariamente cristalinas, pero que en apenas 20 años y a consecuencia de los seres humanos se han degradado notablemente. Otro dato que me llama la atención es que el lago no tiene ríos superficiales por donde desaguar las aguas que le entran, sino que lo hace por corrientes subterráneas hacia el pacífico. El agua del lago se recicla cada 79 años, y ésta proviene principalmente de dos ríos que desembocan en él: El río Quiscap y el río San Francisco.

En el siguiente panel (descarga aquí) explican que en 10.000 años la relación de las actividades humanas con el entorno apenas había causado ningún daño en el lago, pero que en los últimos 50 años el hombre lo ha deteriorado considerablemente, haciéndose los autores una pregunta muy bien intencionada sobre las causas: “¿50 años de arrogancia/negligencia/ignorancia/olvido?”

También destacan en este panel el problema que ha supuesto la introducción de especies acuáticas invasoras, como la carpa herbívora, que fue introducida en el lago en 1999 y que aceleró el deterioro ecológico, debido a que este pez no se come las cianobacterias, todo lo contrario, las alimenta porque al buscar su alimento en el fondo del lago lo remueve levantando con ello el fósforo que allí está depositado.

Otro panel (descarga aquí) muestran las causas de cómo se ha llegado a esta situación, siendo la más destacable la deforestación y dedicación de esas tierras para cultivos, que conlleva que haya un exceso de nutrientes (fertilizantes y plaguicidas) que se arrojan al lago (como ocurre en el Mar Menor) haciendo que haya un aumento considerable de algas y cianobacterias en las sus aguas.

El cuarto panel (descarga aquí) muestra las posibles soluciones para frenar este deterioro, que pasan por, en primer lugar la concienciación de todas las partes implicadas (vecinos, agricultores, empresarios, municipalidades, artesanos, visitantes, y sobre todo el Gobierno Central). Y después el tomar medidas, como son la reducción de contaminantes que llegan al lago, sobre todo de fósforo que alimenta a las cianobacterias, y la reducción de vertidos de aguas negras que envenenan el lago; 10 de los 15 municipios de la ribera desaguan sus aguas en el lago sin ningún tipo de tratamiento. Es decir, lo que los vecinos de esos 10 pueblos tiran (o defecan) en los inodoros va tal cual a las aguas del lago Atitlán, sin ningún tipo de depuración previa.

Después de observar estos paneles pasamos a la recepción de la Reserva a sacar las entradas para visitarla. En un amplio recibidor circular habían colocados en el centro otros paneles informativos sobre otros aspectos de nuestro planeta, desde el origen geológico de Guatemala, astronomía, el origen del café (que es originario de Etiopia donde hace 4.000 años ya lo tomaban los cazadores como estimulante para sus largas caminatas) y los problemas que están creando los monocultivos extensivos de esa planta en muchos países debido a la deforestación que produce para habilitar tierras donde cultivarlo. Un ejemplo es el país vecino de El Salvador donde ya no quedan apenas bosques, prácticamente todo el territorio del pequeño país está ocupado por viviendas y plantaciones de monocultivos: café, caña de azúcar y recientemente la palma africana, lo que hace que estén desapareciendo los cultivos tradicionales de maíz, frijoles, maicillo y arroz.

Al sacar las entradas la chica nos informó que otro gran problema del lago es que en los pueblos ribereños no hay una buena gestión de basuras, y muchos de los residuos sólidos son arrojados a basureros clandestinos y de ahí terminan en los ríos, cuyas aguas arrastran esas basuras hasta el lago. Nos dijo que en la época de fuertes lluvias en la Reserva recogen hasta 90 sacos de basura del río San Francisco (plásticos, ropas, latas, etc.) por lo que pedían a los visitantes que escribiéramos un correo electrónico a las autoridades del Lago, municipales y a la Gobernación del Departamento si veíamos basura en el río. Y efectivamente, por el camino antes de llegar a la Reserva cruzamos un puente sobre el río donde se podían ver restos de basuras en su cauce. Unos parajes preciosos de corrientes de aguas entre rocas rodeadas de exuberante vegetación estaban plagados de basuras que el río había arrastrado. Evidentemente tomé fotografías y las mandé por correo electrónico a las direcciones que nos facilitaron.

La Reserva Natural Atitlán tiene una red de senderos rodeados de una belleza impresionante. Algunos de estos senderos contienen puentes colgantes sobre barrancos y cascada, así que tras las pertinentes indicaciones de la amable recepcionista sobre ellos, iniciamos la andada por esta preciosa Reserva. Nada más comenzar, y tras cruzar el río por un puente donde se veía el río algo más limpio que fuera de la Reserva, el sendero ascendía hasta un pequeño mirador donde se podían observar los monos araña y pizotes (miembros de la familia de los mapaches) que viven allí en libertad. Lamentablemente de estos últimos no pudimos ver ninguno, pero sí había sentado un tímido monito que escondía la cabeza cada vez que observaba que lo quería fotografiar.

Tras un ascenso pronunciado por el sendero lleno de vegetación nos encontramos con el primer puente colgante de los seis que pasaríamos. Es una maravilla el caminar por esos parajes en medio de la naturaleza, con distintas especies de árboles, cafetales a la sombra de éstos, lianas, cañas de bambú… Según me comentaba mi tío Fernando era muy parecido a caminar por la Selva del Petén, donde él estuvo algunos años, con la diferencia que allí había que hacerlo machete en mano para ir abriéndose paso entre la frondosa vegetación y como arma ante el inesperado encuentro con alguna serpiente venenosa. Aquí el camino que ascendía por la montaña estaba limpio de vegetación que hubiese que limpiar, y en caso de haber alguna serpiente posiblemente estaría escondida del paso de asiduos caminantes.

 

Tras cerca de algo más de media hora llegamos a uno de los puentes más largos del recorrido, un fascinante puente colgante que salvaba el cauce del río, y en cuyo centro se podía contemplar la imponente catarata que caía con una altura de más de 20 metros. Seguimos ascendiendo por el sendero hasta un cruce donde indicaba que de continuar ascendiendo se encontraban las tirolinas que ofrece la reserva para tirarse vertiginosamente colgados de un cable, observando a vista de pájaro bosques, cafetales, cataratas, el valle de San Buenaventura, hasta llegar a la punta de la bahía con el lago Atitlán y sus volcanes como telón de fondo. Una experiencia que me hubiese gustado probar pero para evitar que no nos cogieran conduciendo las lluvias de la tarde decidimos dejarla pendiente para otra ocasión; aun así nos pilló una buena, pero eso será en el siguiente capítulo.

Así que tomamos el camino que descendía hacia la derecha cruzando otro imponente puente colgante y emprendimos la bajada por otro sendero que bordea el margen izquierdo del río, con unas espectaculares vistas hacia el lago y el volcán Atitlán al fondo, recorrido durante el cual terminé de llenar la tarjeta de memoria de la cámara fotográfica que había puesto nueva esa mañana.

Al llegar de nuevo al valle pasamos por un vivero donde se encontraban dos señores trabajando. Nos detuvimos para charlar con ellos y nos contaron que todas las especies de árboles que allí cultivan las regalaban para reforestar distintas zonas del lago. Desde los ochentas han sembrado más de 200.000 árboles en el valle de San Buenaventura con especial énfasis en los que proveen alimento y refugio para la vida silvestre, consiguiendo con ello que este hábitat esté atrayendo de nuevo especies nativas, y algunas aves migratorias. La Reserva Natural de Atitlán es una pequeña muestra de cómo sería este lugar hace unos cientos de años, antes de que el hombre lo alterara con su “progreso”.

Cuando terminamos la caminata y antes de marcharnos definitivamente de este paraíso, aún nos quedaba por visitar el mariposario que existe en la Reserva, y hacia allá nos dirigimos. El mariposario es una gran cúpula donde las mariposas viven y se reproducen, un santuario lleno de plantas, flores y con una bonita fuete de agua en el centro. Según vemos en los paneles informativos, el domo geodésico donde se encuentra, una estructura con forma de huevo de mariposa azul, cuenta con 5.625 metros cuadrados de espacio de vuelo, más de 2.000 plantas y cerca de 200 especímenes vivos de cerca de 10 especies nativas de mariposas.

Para entrar en él hay que hacerlo a través de dos puerta que tienen colgadas desde la parte superior hasta el suelo varias tiras recias de plástico, que evitan que puedan escaparse las mariposas y, lo que es más importante, que otros insectos depredadores accedan a su interior y se dieran un banquete con los huevos, las larvas y las mariposas mismas, por lo que se trata de un espacio biológicamente aislado. Allí disfrutamos contemplando estos preciosos y frágiles insectos lepidópteros volando y absorbiendo el néctar de las coloridas flores. Tras un buen rato disfrutando de ellas y fotografiándolas, algunas de las cuales se estaban quietas para posar ante el desconocido fotógrafo, pasamos a otro recinto donde están expuestas distintas especies de crisálidas.

 

En estas instalaciones aseguran que cerca del 85% de los huevos eclosionen con mariposas sanas y listas a continuar el ciclo de vida. Además, de manejar los huevos, las larvas, los gusanos y las crisálidas, usan el laboratorio para investigación. Según cuentan, en los años noventa, los visitantes lugareños comentaban que ya no veían varias especies nativas de mariposas en sus vecindarios. La pérdida en la diversidad mariposas se debe sobre todo a factores como la disminución de la cantidad y variedad de plantas que sostienen el ciclo de vida de las mariposas. Desde entonces cultivaron una variedad de plantas de las que se alimentan las larvas y la mariposa adulta, creando así un oasis de biodiversidad. Esto me hizo recordar que de niño, cuando correteábamos por las sendas y brazales de la huerta alguaceña, era muy frecuente observar una mariposa denominada comúnmente como “chupaleches”, su nombre científico es Iphiclides Podalirius, un lepidóptero, perteneciente a la familia de las Papilionidae. Se trata de una de las mariposas más grandes de Europa, pudiendo alcanzar las hembras una envergadura de entre 55 y 75 mm. y que su población se encuentra distribuida por el sur de Europa y el norte de África. Pero recordé que en los últimos 15 o 20 años no la había vuelto a ver por nuestra tierra, debido que está siendo mermada su población dado el considerable destrozo del medio ambiente que sufre el hábitat donde se alimenta, así como el uso indiscriminado de productos fitosanitarios (insecticidas y herbicidas principalmente). Por esos guiños del destino, unas semanas después de mi regreso a Murcia, dando un paso por la vega del Segura, la volvía a ver después de esos cerca de 20 años, y quiero pensar que lo hizo para decirme que aún sigue por aquí, pero que nos concienciemos que de continuar maltratando su hábitat y matando sus orugas posiblemente desaparezca definitivamente de nuestros campos.

Mariposa «chupaleches” (Iphiclides Podalirius) fotografiada en Alguazas el 23-9-2017

Volviendo a lo acontecido aquel día por tierras guatemaltecas, ya por último un empleado nos dio una explicación sobre las crisálidas, un estado durante el ciclo de la metamorfosis de relativa inactividad aparente, y que allí habían cientos de ellos colgados durante este proceso. También nos informó que podíamos apadrinar una crisálida de mariposa, que te la daban en un tarrito y en unas dos o tres semanas podrías ver todo el proceso de metamorfosis, como iba evolucionando hasta que se convierte en una preciosa mariposa, para soltarla posteriormente en algún jardín de nuestra ciudad, culminando así su ciclo vital. La pega es que de haberla adquirido posiblemente no hubiese aguantado el frío viaje en la bodega del avión y los golpes y zarandeos de la maleta en el trayecto, así que me quedé con las ganas de haberme traído una de ellas para España. Allí en su tierra seguro que le espera una vida mejor.

 

EL CONTRASTE:

Guatemala es considerado el país de la eterna primavera, entre otros aspectos por sus riquezas naturales y en biodiversidad. El país se encuentra en la región mesoamericana, centro de origen de especies como el maíz, frijol común y varias especies de calabazas, entre otras.

El hecho de estar situado entre dos grandes océanos, la diferencia de alturas que van desde el nivel del mar hasta los 4,220 metros de altura en la cumbre del volcán Tajumulco y su condición como parte de un gran puente continental, han generado mucha riqueza biológica que se expresa en una gran variedad de ecosistemas y especies animales y vegetales, muchas de ellas utilizadas por las comunidades locales para su subsistencia.

Lamentablemente, gran parte de esa riqueza natural se ha perdido aceleradamente debido a un cambio en el uso de los suelos y al mal manejo del territorio influenciado por intereses económicos y políticos. El modelo agroindustrial expresado en plantaciones y monocultivos de productos que no son destinados a la alimentación de la población local sino a la exportación, ha dejado su huella en la naturaleza y en las comunidades humanas, ocasionando graves impactos ecológicos y sociales.

La agricultura ha sido importante dentro de esta región desde los tiempos mayas. El maíz es uno de los recursos cuyo cultivo se ha dado desde esta época hasta hoy en día, siendo el alimento guatemalteco por excelencia, pero en la actualidad muchos de esos terrenos de cultivos tradicionales se han cambiado para la producción de caña de azúcar y palma africana, ocasionando que en muchos lugares se hayan destruido bosques y ecosistemas naturales transformándolos en monocultivos, lo que trae un fuerte impacto en la naturaleza, la conectividad de los ecosistemas y las personas.

Por otro lado, un informe publicado 2015 por la Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca del Lago de Atitlán, el que está denominado en algunos círculos como el lago más bonito del mundo refiere que se han identificado al menos 288 puntos de contaminación, de los cuales 137 corresponden a basureros no autorizados y 77 a descargas de aguas residuales. El resto son puntos de contaminación variados. Estudios efectuados por organizaciones ambientales coinciden en que el agua del Lago de Atitlán registraba en 1970 entre 16 a 18 metros de claridad, pero que en la actualidad las mediciones apenas perciben cuatro o cinco metros de claridad, lo que evidencia los daños en el manto acuífero.

Otro ejemplo de este deterioro medioambiental: En la maravillosa selva de Petén la falta de cultura ambiental en la población local ha causado deterioro a los recursos naturales, pues ríos y lagunas están contaminados y su caudal disminuye de manera sustancial. La selva de Petén está afectada por el avance de la agroindustria, especies invasoras y falta de administración de los recursos naturales por parte del Estado, pues se han autorizado proyectos que promueven la deforestación y la destrucción de la biodiversidad. Hace 20 años cerca del 60% de la selva de Petén estaba conservada, actualmente solo queda el 25%. A este paso, en 20 años la selva se convertirá en zonas de cultivo y parques temáticos para que los confortables turistas que lleguen en buenos autocares con todas las comodidades y seguridad disfruten de las impresionante ruinas de la ciudad perdida Maya de Tikal.