Quiere el azar (o mejor dicho, varias noches durmiéndome a las tantas) que coincida el 20 aniversario del cobarde asesinato del concejal del Partido Popular de Ermua, Miguel Ángel Blanco, con el final de la lectura del libro que tenía ya un par de meses en la mesita de noche, “Patria”, de Fernando Aramburu.

Creo que esta novela deberían de leerla todos los españoles, dentro y fuera del País Vasco, para conocer el peligro de los nacionalismos en el día a día, de la cotidianidad de una población que se acostumbra a vivir mirando hacia otro lado, de sumisión, de los que callan, de una sociedad enferma incapaz de análisis, que se deja llevar envenenada por la propaganda y por dogmas ideológicos de superioridad racial.

Patria” sirve para comprender y hacer comprender 30 años de convivencia adulterada por el terror y el radicalismo. Es un antídoto ante esa amnesia que ahora pretende blanquear el daño terrorista, haciéndonos ver que han habido víctimas en las dos partes del malamente llamado “conflicto vasco”. Víctimas fueron los asesinados y sus familias, mientras en el otro “bando” estaban los que apretaban el gatillo, los que les daban cobertura, los que miraban para otro lado y hacían el vacío a los señalados por los terroristas, aunque fuesen vecinos de toda la vida. Y no es una historia con dos lecturas, en la que todavía algunos piensen que los etarras eran héroes, es una historia con asesinos y con víctimas, y éstas se merecen que la izquierda abertzale reconozca que lo hicieron mal, y que pidan perdón por ello, hecho en que gira gran parte de la novela de Fernando Aramburu. (Un inciso: Quien no la haya leído que no siga leyendo esto, pues voy a desvelar parte del final). El ansiado perdón que pide una esposa a la que han asesinado a su marido (padre de familia, buena persona, vasco de nacimiento, empresario en un pequeño pueblo y que daba trabajo a varios de los vecinos que después le dan la espalda cuando es objetivo de los terroristas por no pagar el “impuesto revolucionario”) llega, y con él el párrafo que resume lo que vivían y viven cientos de jóvenes, aunque no hayan apretado un gatillo:

“¿Y cuál era esa verdad? Cuál va a ser. Pues que había hecho daño y había matado. ¿Para qué? Y la respuesta le llenaba de amargura: para nada. Después de tanta sangre, ni socialismo ni pollas en vinagre. Abrigaba la firme convicción de haber sido víctima de una estafa” (…) “Constató: pedir perdón exige más valentía que dispara un arma, que accionar una bomba. Eso lo hace cualquiera. Basta con ser joven, crédulo y tener la sangre caliente”.

Con la muerte de Miguel Ángel, que hoy hace 20 años, se perdió ese miedo, ese mirar hacia otro lado; la gente se atrevió a llamarles lo que son, asesinos, y lo hacían a la cara de los que antes temían. El hartazgo llegó a su límite y la gente se echó a la calle. En esos días pudimos ver lo mejor, y también lo peor de los seres humanos; lo mejor también de la política, de la unión de todos los partidos democráticos como uno solo ante el terrorismo, manifestándose juntos, pero también de lo peor, de partidos como HB que aún seguían justificando, sin condenar.

El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue la forma que tuvo ETA de vengarse de la liberación de Ortega Lara, que la Guardia Civil había localizado nueve días antes en un zulo de Mondragón. Fue la crónica de un asesinato anunciado, y buscaron a un concejal del mismo partido político del que estaba en el Gobierno de la Nación, del mismo que les desbarató el secuestro más largo. Quienes conocían a Miguel Ángel decían que era un chaval simpático, lleno de vida y de proyectos. Seguro que alguno se encogería de hombros y diría que por qué se metería en problemas ese chaval, a ver para qué cojones se metería en el Partido Popular, que él se lo buscó. Hay que tener presente que a él y a otros muchos concejales no se les asesinó porque fuesen altos o bajos, guapos o feos…, se les asesinó por ser del PP o del PSE, por creer en un País Vasco dentro de España.

Todo lo que pasó en aquellos días supuso el final de ETA como organización terrorista, pero no de su derrota. ETA representa un proyecto político que hoy no está derrotado. Sigue vivo en Cataluña, en Navarra, continúa vivo en el País Vasco, en los homenajes que siguen haciendo a los presos. Nacieron para romper España y no desaparecerán hasta que acaricien ese objetivo, infectando las mentes desde la infancia, como queda reflejado en uno de los capítulos de la novela, cuando un escritor está presentado un libro sobre las víctimas de ETA y afirma: “A fin de cuentas yo también fui un adolescente vasco y estuve expuesto como tantos otros chavales de mi época a la propaganda favorecedora del terrorismo y la doctrina en que se fundamenta.”

García Gaztelu, “Txapote” fue el autor material de los dos disparos en la nuca que acabaron con la vida de Miguel Ángel Blanco. Él decía que “hay que golpear al Estado hasta que se ponga de rodillas”, algo que habría quedado grabado a fuego en su memoria desde bien niño. Su pareja, “Amaia”, madre de un hijo que tienen en común, y cómplice en el secuestro, es sobrina de Iker Gallastegi, el cual afirmó en un documental en 2006 “En ETA no hay gente de esa a la que le gusta matar. Matan porque es un deber patriótico. No tienen que pedir perdón por nada”.

Y el germen del odio aún sigue vivo. Muestra de ello es que los restos de Miguel Ángel Blanco en un principio fueron depositados en el cementerio de Ermua, el pueblo donde nació, se crió, donde tocaba la batería en el grupo Póker. Un nicho sencillo en que sus padres, de origen gallego, acudían a colocar flores para recordar a su hijo. Pero el odio no tiene límites; desconocidos (o conocidos del pueblo, quien sabe) rompieron el cristal de la lápida en varias ocasiones, arrojaban las flores al suelo, por lo que los padres abandonaron el pueblo y se llevaron los restos de su hijo al cementerio de Faramontaos (A Merca), un pueblo de Ourense, lejos de los “monstruos”. Al menos allí descansa en paz, en el pueblo de su madre. Por ello creo que la única manera que se les puede combatir es educando en el respeto a los demás aunque no piensen como tú, en la tolerancia, educando desde bien niño en lo que nos une, no en lo que hace a unos distintos de otros, enterrando los odios, y sobre todo, conociendo la historia y aprendiendo de ella. Hasta que esos días no lleguen no se habrá vencido a ETA.

En estos días no solo se rinde homenaje a la figura de Miguel Ángel BlancoMiguel Ángel fue un simple concejal de pueblo (con todos los respetos a los concejales de pueblo, yo también soy uno de ellos). Se hace un homenaje a los miles de personas que salieron a la calle; a los ertzainas que se quitaron los cascos y los verduguillos fundiéndose en abrazos con la población que se manifestaba pidiendo su liberación; a los que ponían velas y se pintaron las manos de blanco al grito de «ETA, aquí tienes mi nuca», «Vascos sí, ETA no»; a los políticos que se unieron con un mismo fin, el final de la sinrazón; y sobre todo, a las 829 personas asesinadas por la banda terrorista en 43 años de terrorismo. La figura de Miguel Ángel fue la que unió a todos ellos para pedir el fin del terror, por ello es triste ver como algunos políticos, más cercanos a los abertzales que al espíritu que nació en Ermua, aún hoy, 20 años después, hacen separaciones entre unos y otros y no se suman a este homenaje.

Yo no lo olvido, y por todos ellos este es mi pequeño homenaje a Miguel Ángel Blanco, porque como cantaba Carlos Gardel, «Que veinte años no es nada». No es nada para olvidar, añado yo.