Escribo porque quiero

Un lugar donde escribo lo que pienso, sin pensar lo que escribo.

Categoría: Política

Guatemala, país de contrastes. Capítulo VI – Los caminos del Señor

Los caminos del Señor

De nuevo conduciendo por la Panamericana, esa gran carretera que vertebra el continente Americano de norte a sur y que por ese tramo que circulamos, entre Sololá y Quetzaltenango, es una autovía de dos carriles que une esa gran ciudad con la capital. Pero como ocurre en muchos aspectos de este país, desde su construcción hace unos diez años no se han efectuado obras de mantenimiento y el carril derecho de la misma está plagado de socavones como consecuencia del gran tráfico pesado que soporta diariamente y de las intensas lluvias, lo que obliga a ir todo el trayecto por el carril izquierdo que está en mejor estado, aunque con la atención en alerta máxima pues de vez en cuando también encontramos desperfectos en ese trazado que obligan a un brusco viraje para esquivar los socavones.

El día amaneció soleado, como es costumbre en esta época del año, pero conforme avanza la mañana las nubes van ganando terreno cubriendo poco a poco el cielo azul. La carretera Interamericana CA-1 asciende desde el altiplano de Sololá hacia las cumbres de Alaska (de Guatemala, no del norte del continente), llegando hasta los 3.000 metros de altitud en el paso de esas montañas. Me comenta Fernan que desde ese alto se observan la cadena de volcanes guatemaltecos, siendo una imagen preciosa para que un aficionado a la fotografía como yo la inmortalice con su cámara. Pero la visita a la Reserva Natural de Atitlán nos llevó unas cuantas horas, por lo que emprendimos el viaje sobre media mañana, y ese tiempo hizo que las nubes cubrieran ya a esa hora las montañas que estábamos atravesando. A nuestro paso por allí lo que encontramos en el alto fue una espesa niebla que impedía ver el paisaje, por lo que sin detenernos emprendimos el vertiginoso descenso de la carretera con las primeras gotas de lluvia que comenzaban a caer. A mitad de bajada la lluvia se convirtió en una fuerte tormenta tropical que nos acompañó durante un buen tramo, provocando algunas retenciones que obligaban a frenar bruscamente. Una vez pasada la ciudad de Quetzaltenango la autovía se convierte en una carretera de doble sentido, donde los baches (hoyos, como allí les dicen) están por todo el firme, y en más de un tramo el asfalto ha desaparecido completamente, siendo un camino de tierra, barro y socavones. Hay lugares en que es tal el estado de deterioro del firme que personas sin trabajo se dedican a rellenar con tierra los hoyos de la carretera a cambio de unas limosnas que les puedan dar los conductores que por allí circulan. Una labor sin mucho sentido práctico ya que a las pocas horas la tierra ha desaparecido a consecuencia del agua y los vehículos. ¡Esa es la realidad de ese país! Aún con ese firme en tal mal estado (nuestra tristemente abandonada carretera entre Alguazas y Campos del Río está en mejores condiciones que aquella) la Panamericana por allí soporta un tráfico intenso de camiones de gran tonelaje, buses (camionetas) «pick-up» con pasajeros en la parte trasera, y adelantándose unos a otros sin la más mínima medida de seguridad vial ni respeto al código de circulación. Si no querías quedar detrás de un viejo camión asfixiándote con su humo negro tenías que conducir como ellos, llegándotela a jugar en algún que otro adelantamiento. Esto unido a que como ya comenté en capítulos anteriores la visibilidad de nuestro auto era algo reducida por la sufrida lámina polarizada del cristal, hizo que esas dos horas y media entre Quetzaltenango y San Marcos me generasen tal estrés que llegué bastante fatigado de conducir en esas condiciones. Para recorrer los 150 kilómetros que separan Sololá de San Marcos empleamos más de 4 horas y media de viaje en coche.

Durante el trayecto atravesamos el municipio de Nahualá, y en un puente de la carretera mi tío Fernando me contó que en ese preciso lugar, hará unos 12 años, estuvo a punto de morir. Me cuenta que una empresa minera canadiense llamada Montana quería abrir una explotación de oro en San Miguel de Ixtahuacán, pero que el pueblo se oponía pues destruirían amplias zonas de bosque, contaminarían las aguas por el uso de cianuro para separar el oro de la tierra, y que para llevar las grandes maquinarias por esa carretera Interamericana tendrían que quitar numerosas pasarelas peatonales, y a saber si las repondrían después. Así que los indígenas Quichés tomaron la carretera ofreciendo una fuerte resistencia al paso de la maquinaria. La Iglesia guatemalteca quiso mediar en el conflicto, y como mi tío trabajaba en la Oficina de Derechos Humanos del Obispado de San Marcos, don Álvaro Ramazzini, obispo de San Marcos, le sugirió que fuese a observar y a ver si podía apaciguar los ánimos, ya que días anteriores un campesino había muerto y varios habían resultado heridos por disparos de la policía. Él llegó a ese punto en compañía de la secretaria de la Oficina de Derechos Humanos del obispado y de un joven reportero del Canal 7 de televisión. Los indígenas, al verlos con facciones criollas, pensaron que eran espías de la compañía minera y los atraparon atándolos de pies y manos mientras otros gritaban que los rociaran de gasolina y prendieran fuego. Cuenta que eran unas 500 o 600 personas enardecidas, y ante el intenso griterío que había no escuchaban sus explicaciones, que no era de la compañía sino que venía de parte de la Iglesia para informarse de la situación y solidarizarse con ellos. La muchedumbre cada vez estaba más exaltada y los golpeaban con rostros enfurecidos ávidos de venganza. La secretaria que lo acompañaba intentaba desesperadamente ponerse en contacto con el obispo para informarle de la situación, pero los minutos pasaban rápidamente. Quiso el azar (o más bien Dios, creo yo) que entre los campesinos había uno que había llegado de San Marcos y lo reconoció. Entre el gentío se intentaba abrir paso hacia él convenciendo a los demás que iban a cometer una injusticia, que ese hombre decía la verdad y que era de la diócesis de San Marcos, que estaba del lado de ellos. Poco a poco llegó hasta los que lo tenían amarrado y tras una hora de forcejeos y discusiones logró que lo liberaran. Me cuenta que fue uno de los perores momentos de su vida, que pensó que era su final y que después de toda una vida dedicándola a servir a los demás, hallaría la muerte fruto de una burda confusión.

En el trayecto, mientras conduzco intentando adelantar a un gran camión con materiales de obra, me sigue contando que un mes después de aquello la gobernadora de Sololá convocó a todos los alcaldes del departamento y a la población a una concentración multitudinaria en el estadio de fútbol para mostrar su rechazo a la explotación minera. Estaba invitado a ese gran encuentro el Cardenal de Guatemala, monseñor Rodolfo Quezada, como representante de la Iglesia, pero una indisposición a última hora le impidió ir, por lo que delegó su presencia en el obispo de San Marcos, monseñor Álvaro Ramazzini, pero éste tampoco podía por tener un compromiso internacional esos días. Así que propone a mi tío para que vaya como coordinador del Programa de Derechos Humanos del Obispado. Me cuenta que desde el escenario se dirigió a unas 30.000 personas que allí estaban concentradas, solidarizándose con ellas y con sus demandas en nombre de la Iglesia guatemalteca; evidentemente, entre aquella concentración humana estaban escuchándole atentamente los que semanas antes habían querido quemarlo vivo por pensar que era un espía de la multinacional minera. ¡Esas paradojas de la vida!

Entre amenas charlas sobre lo humano y lo divino, entre historias de mayas y conquistadores, llegamos a San Marcos a medio día y con el estómago pidiendo sustancias sólidas, pues desde el temprano desayuno no habíamos tomado bocado y el ajetreado viaje había despertado mi apetito, que desafortunadamente para mi sobrepeso sedentario no lo perdí en esos días. Así que fuimos a un hotel-restaurante que conocía mi tío de cuando estaban viviendo en esta ciudad. Era regentado por un español que había emigrado hace bastantes años a Guatemala y que allí se casó con una nativa. Como era oriundo de Asturias, evidentemente el nombre que puso a su negocio hacia honor a sus orígenes, llamándose “Villa Astúr”. Nos saludó cortésmente su propietario al reconocer a Fernando y, aunque el recinto estaba lleno pues tenían comiendo a un equipo de fútbol de la primera división guatemalteca y de cuyo nombre no me acuerdo, nos habilitó una mesa para que pudiéramos disfrutar de una sopa caliente y un plato de paella, algo poco típico en aquellas latitudes lejanas para unos españoles, pero que nos supo a gloria.

Y después de la comida nos dirigimos hacia la catedral de San Marcos donde nos alojaríamos en la casa parroquial que está aledaña a ella, y que muy amablemente nos ofreció el Padre Toribio Pineda. Al llegar, numerosos colaboradores parroquiales saludaron a mi tío Fernando, pues trabajó durante algunos años con ellos.

Pude observar que parte de la Catedral está a medio construir, ya que la antigua catedral, de la que queda una gran nave central, fue construida entre 1950 y 1960, pero en 2004 la feligresía, autoridades católicas y municipales  promovieron la restauración y ampliación de la misma por los deterioros y daños que distintos terremotos habían causado al edificio. Así que procedieron a su ampliación proyectando una gran cúpula que destaca por su gran tamaño. Actualmente esta cúpula se encuentra estructuralmente terminada, pero en el interior faltan los vitrales, pinturas, suelo, decoración interior, etc. pero no cuentan con presupuesto suficiente para su finalización. En esos días me comentaron que hubo una propuesta de financiación por parte del Gobierno de la Nación, pero que algunos diputados querían un tanto por ciento del presupuesto a modo de “comisión” por su voto apoyando la propuesta, ante lo que el obispado se negó tajantemente para no favorecer y promocionar la corrupción tan implantada en esos órganos gubernamentales. Así que de momento las obras van a un ritmo muy lento, invirtiendo poco a poco las ayudas que aportan los feligreses y algún que otro donativo.

A media tarde fuimos a la misa diaria que oficiaba el Padre Toribio en la Catedral. Aunque ya lo sabía por lo que me comentaba esos días de viaje mi tío, me sorprendió el nivel de compromiso social que tiene la Iglesia en Guatemala, siendo la gran oposición que hay en el país a los distintos gobiernos corruptos. En esos días el gran tema político de conversación en Guatemala era que el Presidente de la República, Jimmy Morales, había declarado persona «non grata» a Iván Velásques, titular de la CICIG (Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala) y le había ordenado abandonar el país inmediatamente (noticia). Este hecho hizo que la ONU y la comunidad internacional mostraran su consternación ante ese abuso de poder. Según se comentaban, esta decisión fue porque el Comisionado había denunciado tramas de financiación ilegal de la campaña presidencial de Morales en 2.015 con dinero procedente del narcotráfico, así como el supuesto fraude y lavado de dinero por parte del hijo y del hermano del Presidente. La Fiscalía de Guatemala y la propia CICIG habían solicitado al Congreso la retirada de la inmunidad al Presidente para poder investigarle. Ante todos estos hechos había gran conmoción política en Guatemala esos días, pues Jimmy Morales había llegado al poder gracias a una campaña electoral en la que decía en numerosas ocasiones «Ni corrupto ni ladrón» en referencia a sí mismo para convencer a los descontentos con los políticos tradicionales, en un país que se había convertido en un narcoestado. Esa tarde, en su homilía, el Padre Toribio leyó los comunicados que habían sacado tanto la Conferencia Episcopal de Guatemala (descarga comunicado aquí) como el Obispado de San Marcos (descarga comunicado aquí) mostrando su rechazo y condena ante el enorme fraude fiscal descubierto y su apoyo a la figura del Comisionado de la CICIG. Esta Iglesia comprometida resulta extraña para alguien que viene de Europa, donde frecuentemente la política está separada de la religión ya que tenemos una democracia (mejorable, sin duda, pero crítica con los corruptos y abusos) con una separación real de poderes y una sociedad donde no hay tantas diferencias sociales como en Centroamérica. Este hecho de denuncias por parte de la iglesia en Guatemala ha originado que muchos obispos, sacerdotes, religiosas y catequistas hayan dado su vida por denunciar la represión contra el pueblo y ser fieles a las enseñanzas de Cristo, porque en Centroamérica se descubre el verdadero proyecto de Dios sobre la humanidad y que queda reflejado en la Biblia. La Biblia señala el camino para vivir como hermanos, sin discriminaciones, siendo todos iguales. Este mensaje, en una sociedad violenta y con tantas discriminaciones sobre el pueblo indígena, resulta incómodo y subversivo. El Evangelio es la buena noticia para los pobres, para los que sufren las consecuencias de un sistema opuesto al plan de Dios, pero una mala noticia para quienes han hecho del dinero y el poder su dios a costa de los pobres. Por este motivo han muerto en Guatemala tantos predicadores del mensaje de Jesús de Nazaret, no convenía que les abrieran los ojos al pueblo.

Días después, el 11 de septiembre, estando nosotros aún en Guatemala, el pleno del Congreso de Guatemala votó en contra de retirarle la inmunidad al presidente Jimmy Morales. Para levantar la inmunidad al presidente eran necesarios 105 votos de los 158 diputados del Congreso, pero solo 25 lo hicieron a favor. A fecha 12 de octubre, día de la Hispanidad, cuando escribo estas líneas, leo en las noticias internacionales que la Corte Suprema de Justicia de Guatemala ha rechazado por segunda vez la solicitud de retiro de inmunidad al presidente Jimmy Morales y por lo tanto la celebración de un antejuicio, en este caso por haber recibido cerca de 50.000 Q (unos 6.000 €)  mensuales por parte del ejército durante nueve meses. (enlace noticia).

Después de la misa acompañamos a su casa al Padre Toribio, donde nos alojábamos. Nos preparó una deliciosa cena a base de sopa de brócoli (la primera vez que probaba esa hortaliza elaborada de esa forma y que estaba deliciosa) y unos tamalitos elaborados con masa de maíz y rellenos de carne, todo ello envueltos en hojas de esa misma planta. Como acompañamiento nos sacó un vino chileno procedente de uvas cabernet sauvignon que estaba riquísimo, y que los tres dimos cumplida cuenta. Toda esta cena la disfrutamos en un agradable ambiente de charla sobre la situación política del país que se alargó hasta bien entrada la noche. El padre Toribio Pineda es una persona comprometida por la causa del Reino de Dios, luchador en defensa de los pobres y las injusticias, comprometido con los problemas de San Marcos, una persona culta, de muy buen trato y con una amena charla. Mis padres tuvieron la ocasión de conocerlo aquí en San Marcos, en los viajes que hicieron con motivo de los varios proyectos que colaboraba la Asociación Amigos de Guatemala, y él pudo visitar nuestro país en una ocasión, que aprovechó para devolver la visita en Murcia. Los dos días que pasamos en su compañía fueron muy interesantes e intensos, como después narraré.

Al día siguiente Fernando tenía unas visitas programadas a varios de sus ahijados, algunos de los tantos que tienen él y Mari Carmen en este país que tanto aman. Durante todos los años que han vivido en Guatemala fueron muchas las personas que quisieron que ellos fuesen sus padrinos, bien de Bautismo, Confirmación o Boda. Supongo que como muestra de agradecimiento de los padres, o los propios interesados, hacia unas personas que les han dado su amor y prestado ayuda, queriendo que los lazos de afecto entre ellos quedasen unidos para siempre. Así que lo acompañé a visitar a algunos de esos ahijados y ahijadas que tienen en San Marcos y que tanto cariño se tienen mutuamente. Primero fuimos a un centro de salud en las afueras de San Marcos donde estaba su ahijada Jane con su niño pequeño, que estaba con fiebre, y la madre de ésta, buena amiga de mis tíos. Estuvimos un rato con ellas, se intercambiaron regalos y aunque querían que las acompañáramos a su aldea, por motivos de tiempo tuvimos que declinar la invitación. Nos llevó de vuelta a la ciudad el hermano de la ahijada, que también había venido a saludarnos, en una pequeña “pick up” en la que de nuevo viajé en la parte trasera mientras Fernan y el joven dialogaban en la cabina (interesantes los adhesivos que colocan por aquí los jóvenes en los autos).

Después volvimos a las dependencias parroquiales donde se entrevistó con otra ahijada, Berony, que vino en compañía de sus niños. Me cuenta que Berony quiso bautizarse ya de edad adulta, con 18 años, puesto que ellos la ayudaron a descubrir el mensaje de Jesús, en un país donde las sectas están haciendo estragos y sus padres pertenecían a una de ellas. Después ella se hizo catequista y continúa trabajando en su comunidad.

Fernando, su ahijada Berony y los niños de ella

Bautizo de Berony

Bautizo de Berony

Fernando y Mari Carmen Padrinos de Boda de Abrahán y Maribel

Tras esa visita cogimos de nuevo nuestro auto para aprovechar la mañana despejada, ya que la experiencia nos decía que por las tardes poco podríamos visitar a causa de las lluvias. Fuimos a la zona en la que vivieron Fernan y Mari Carmen durante nueve años, el cantón de Champlollap. Allí visitamos su antigua casa, donde en el patio crece frondosa la higuera que Fernan plantó hace algunos años, y varios vecinos salieron a saludarlo sorprendidos de verlo de nuevo por allí. Me contó que en ese lugar pasaron unos años muy felices. Él trabajaba, como ya he comentado, de Coordinador del Programa de Derechos Humanos del Obispado, y compaginando esa labor los sábados daba clases en la Facultad de Teología de la Universidad Rafael Landívar, y los domingos impartiendo cursos de formación en distintas parroquias de la diócesis. Mari Carmen trabajaba en el programa diocesano de Medicina Natural, atendiendo sobre todo el alto índice de desnutrición infantil mediante campañas de mejoramiento de cuidados de niños en las poblaciones más necesitadas. Todo ello con el apoyo incondicional del que era obispo por aquel entonces de San Marcos, don Álvaro Ramazzini, y de cuya gran figura hablaré en el próximo capítulo. Al estar en su antiguo vecindario aprovechó para visitar a otro de sus ahijados, Gerardo, un niño espabilado pero algo tímido que se alegró mucho de ver a su padrino. Estando allí en el patio de su pequeña y humilde vivienda se corrió la voz entre los vecinos de su visita, y en un momento la calle se llenó de personas que querían saludarlo, preguntaban por Mari Carmen y nos invitaban a pasar a sus moradas, ofreciéndonos todo tipo de presentes, desde un “tecito”, agua, bebidas refrescantes o que nos sentáramos a tomar unos “tamalitos” con ellos.

En la entrada de la que fue su vivienda con la higuera asomando por el alto de la tapia

Fernan y su ahijado Gerardo

Fernan, Gerardo y sus padres y hermano

Gerardo dando a Fernan unos botes de refrescos

Sin duda que es lo más grande que se han traído mis tíos Fernan y Mari Carmen de aquel país: El aprecio y cariño de sus gentes que a pesar de los diez años que llevan viviendo en Alguazas esas personas de Guatemala no los olvidan y añoran. Como dice Fernando en su libro autobiográfico “El canto del Quetzal(Fernando Bermúdez López. Edit. Nueva Utopía, 2012):

“Confesamos que el pueblo latinoamericano ha sido un gran maestro para nosotros, ha sido nuestra mejor universidad. Nos ha enseñado que la lucha por la dignidad humana, por los derechos humanos, por la justicia es una lucha sagrada, Hemos aprendido a no perder la esperanza y  a tener paciencia histórica, pues los procesos son largos. Hemos aprendido que se necesita muy poco para ser felices, que la felicidad no depende del tener sino del ser. Hemos aprendido lo que significa la vida comunitaria en fraternidad, el espíritu de acogida y la gratitud. Hemos aprendido y vivido la crueldad del sistema capitalista neoliberal, responsable del hambre de los pueblos del sur. Hemos aprendido a actuar localmente y a pensar globalmente.”

Todos estos años de servicio a los demás y a ese país, y los cinco que estuvo al frente de la Oficina de Derechos Humanos del Obispado y coordinador del Movimiento Departamental de Derechos Humanos, mediando en múltiples de conflictos entre autoridades y organizaciones sociales, hicieron que en el año 2007 fuese nombrado como “Ciudadano Distinguido 2007”, en un acto presidido por el Gobernador del Departamento de San Marcos, Axer López, en compañía de los Alcaldes de los 29 municipios. Así mismo, el Alcalde de San Marcos, Carlos Barrios, y el honorable Consejo de la municipalidad de la ciudad de San Marcos, le otorgaron a Fernando y Mari Carmen un reconocimiento por el trabajo realizado durante ocho años. Días antes de su marcha para España toda la Pastoral Social en presencia del obispo D. Álvaro Ramazzini también los despidieron entrañablemente en el colegio de las Franciscanas de la Asunción. Sin duda que tuvo que ser muy emotivo para ellos el dejar atrás ese país y su gentes después de tantos años. Según me confesó, no pudieron decir ni tan siquiera un adiós del nudo que tenían en las gargantas.

Así que con esas emociones aún el cuerpo regresamos a la casa parroquial, pasando antes por el Centro Diocesano donde muchas trabajadoras y hermanas saludaron a mi tío, y donde pudimos observar de primera mano los estragos del terremoto que asoló San Marcos en 2014 destruyendo muchas viviendas. En ese lugar se derrumbó la mitad del edificio, donde estaba la biblioteca y algunas oficinas, pero gracias a Dios no hubo que lamentar víctimas personales pues a la hora que fue el seísmo el edificio se encontraba vacío. Si hubo víctimas en otras zonas de la ciudad y aldeas, causando el terremoto la destrucción de numerosas casas de adobe y el fallecimiento de dos personas. (noticia)

Tras esta visita disfrutamos de un almuerzo en compañía de Toribio, su asistenta y un trabajador del obispado, y esperamos a una nueva visita que nos acompañaría esa tarde. Se trataba del Licenciado Mario Juárez, que ya lo había conocido esa mañana desayunando junto a su hijo y nuestro anfitrión en esa ciudad. Como era ya habitual, sobre las cuatro de la tarde comenzó a cerrarse el cielo y en el poco tiempo que tardó en llegar nuestro visitante comenzó a llover.

Vistas desde nuestra habitación en la casa parroquial de San Marcos

Tenía Fernando pensado que Mario nos llevara de visita a algún lugar por las inmediaciones de San Marcos, pero en vista de la tarde lluviosa que hacía cambiamos el plan por tomar un café en una pequeña y coqueta cafetería de la ciudad y disfrutar de una agradable tarde de charla. El café de Guatemala está considerado como uno de los mejores del mundo, y es diferente en cada región, ya que depende de las características del suelo, clima y altura. Aquí lo consumen como bebida de acompañamiento en desayuno, comidas o cenas, puesto que la forma común de hacerlo es al estilo americano, siendo una bebida más ligera, con menor cantidad de cafeína y un sabor más dulce. Según nos cuenta Mario, en Guatemala se están dando cuenta del producto de tan buena calidad que tienen y que tradicionalmente exportaban el de mejor calidad, consumiendo ellos un café sin darle demasiada importancia a los distintos matices de aromas o sabores. Como consecuencia de este cambio la profesión de barista está en auge en Guatemala, por lo que están abriendo cada vez más negocios como éste en el que estamos, denominado Café Florencia, lugares donde ofrecen el café elaborado al estilo italiano, con máquina espresso (poca cantidad de agua y fuerte, servido en taza pequeña) y disponiendo de una amplia carta de distintas formas de acompañarlo, así como cafés de distintas zonas, tanto guatemaltecas como extranjeras. Semanas después, ya en España, en una famosa cafetería multinacional y que hace poco tiempo abrió una sucursal en el centro de Murcia, encontré café de Guatemala de Huehuetenango, lugar donde iríamos al día siguiente.

Retomando el hilo de aquel día, en aquella cafetería Fernan y Mario recordaron antiguas historias de cuando trabajaban juntos en la Oficina de Derechos Humanos, puesto que nuestro acompañante era el abogado del obispado. Recordaron el fuego cruzado de disparos que sufrieron en Ixchiguán a causa de los conflicto territoriales entre dos municipios, pero que según me dijeron el fondo de la cuestión no eran las lindes entre ese municipio y el de Tajumulco, sino el control de zonas por parte de bandas de narcotraficantes, lo que hizo intervenir a la policía. En esas confrontaciones me cuentan que se hizo uso de armamento pesado, más propio de un ejército que de una redada policial, estando ellos en aquel lugar como testigos directos. Recordaron también el día que por un malentendido entre Fernan y Mari Carmen, ésta, al caer la noche y no regresar su esposo, pensó que lo habían secuestrado. Mario la acompañó en todo momento llegando incluso a poner en alerta al Gobernador departamental, el que antes de poner en aviso a la policía volvió a llamarlo por teléfono, justo en el momento que Fernan lo activaba, pues se encontraba en una reunión en la iglesia de Champollap y llevaba el móvil en silencio. Comentan que para Mari Carmen fueron unas horas de terrible angustia y desesperación, pues habían pasado tiempo atrás por situaciones de amenaza que les obligaban a dormir incluso vestidos cerca de la puerta por si venían a por ellos y tenían que salir corriendo. También me contó Mario las amenazas que recibió él y su familia por defender a los más débiles, por su compromiso por los campesinos y por los Derechos Humanos, hechos que le obligaron a replantearse su vida profesional. En otro rato de la tarde nos contó sus proyectos futuros, sus ganas de visitar en alguna ocasión nuestro país, y que era un ferviente seguidor de la emisora española M80 Radio, que le gustaba mucho la música que ponían. En esa cafetería pedimos que la sintonizaran a través de internet y estuvimos escuchando pop/rock de los años 80 y 90 mientras hablábamos. En esas pocas horas de una tarde lluviosa, acompañados por un excelente café de las faldas del volcán Tajumulco, descubrí a una gran persona, comprometida por los más necesitados, servicial, con una gran humanidad y sensibilidad. Espero que el proyecto que nos contó y del que tan ilusionado estaba sea pronto una realidad, y que en otra ocasión dentro de no mucho tiempo podamos volver a encontrarnos. Sin duda que se merece todo lo mejor que la vida le pueda deparar.

Nos despedimos del Licenciado Mario Juárez (allí es común denominar así a los que tienen estudios universitarios) ya entrada la noche, y de nuevo nos dirigimos a la casa parroquial donde nos esperaba el padre Toribio para la cena. De nuevo una amena cena (esta vez ya sin vino pero con una fresca cerveza Cabro) y tras recoger los enseres pasamos a la zona de estar de la casa donde estuvimos un buen rato de charla amena y donde Toribio nos mostró algunos de los libros que había leído y que reflejaban muy bien la situación tan difícil de Guatemala. En esa conversación, en otras anteriores y en otras futuras de días después, pude comprobar la excelente memoria y capacidad intelectual de mi tío Fernando: los nombre de personas que recordaba, las situaciones, fechas de conflictos, de encíclicas papales, de comunicados de obispos, de acciones de distintos políticos y épocas del país durante el Conflicto Armado, de la firma de los Acuerdos de Paz de 1996 y en qué consistían… ¡en definitiva descubrí en mi tío a toda una enciclopedia viviente!

Cerca de las 10:30 de la noche (altas horas en ese país y más para nosotros que normalmente a las 5:30 nos levantábamos) nos retiramos a nuestra habitación a descansar, pues al día siguiente temprano nos marchábamos de San Marcos hacia otro destino, a Huehuetenango, y teníamos varias horas de conducción por esas carreteras tan deterioraras. Así que con pensamiento de aprovechar las horas de sueño nos acostamos, pero sin saber aún que esa sería una de las peores noches de mi vida, de las más largas y de las que menos pude conciliar el sueño.

Dormíamos en un amplio cuarto con dos camas individuales, una pegada a la ventana donde reposaba mi tío, y otra donde dormía yo que estaba pegada a la pared que colindaba al pasillo, encontrándose a los pies de la cama la puerta de entrada. Al poco de acostarnos escuché que la respiración de Fernan indicaba que había encontrado el placentero y reparador sueño, pero yo tenía la costumbre de leer un poco antes de conciliar el sueño. En eso estaba con el iPad cuando de pronto empecé a escuchar un ligero temblor en los cristales de la ventana; por un momento pensé que se había levantado viento en el exterior y que el ruido era producto del golpeteo de éste en las láminas de vidrio, pero poco a poco esa vibración fue a más hasta que noté que la cama se movía. Me incorporé y  llamé a mi tío: “- Fernan, ¿esto es un terremoto?» le dije. Como si de un resorte se tratase se incorporó dando un salto, saliendo del lecho hacia la puerta y me dijo que me pusiera junto a él en el marco del hueco, que ese sería un lugar más seguro donde estar que a expensas del techo que podría caer sobre nosotros. El ruido cada vez era más intenso y se movían las paredes, el suelo, como si estuviésemos en una batidora gigante. La corriente eléctrica se cortó y en la penumbra de la noche se empezaron a escuchar entre los zumbidos que provenían de las entrañas de la tierra el estruendo de cosas que caían a nuestro alrededor. Pensé que eran las placas del techo de un lucernario que había a mitad del pasillo y por el que entraba la luz durante el día, y que de un momento a otro empezaría a derrumbarse el resto del techo sobre nosotros. Notaba como oscilaba la pared a la que estaba sujeto y me mantenía con las piernas abiertas y los pies fuertemente apretados contra el suelo para no caer rodando. En esos momentos en lo único que piensas es en qué momento aumentará la intensidad del terremoto y todo se derrumbará cayendo sobre nosotros. Piensas en salir corriendo, lo valoras en décimas de segundo pero al estar en un tercer piso, con la puerta de la escalera que da al piso inferior cerrada con llave descartas inmediatamente. Piensas en qué lugar ponerte para que en caso que se caiga el techo sufras el menos daño, si corres a meterte bajo una mesa o en si quedarás consciente para pedir auxilio; piensas en si en ese país los servicios de emergencias darán contigo entre los escombros. Te viene a la cabeza que hace unas horas, cuando por la mañana te contaban lo del terremoto de 2014 una parte dentro de ti pensaba que tendría que ser toda una experiencia vivir una demostración de la Naturaleza de esas características (Fernan me había contado en varias ocasiones su experiencia en el terremoto de México de 1985, que le pilló en el metro de esa ciudad y que causó más de 10.000 muertos y muchos más desaparecidos) pero que ahora que la estabas sufriendo ya no te parece tan fascinante, sino todo lo contrario, angustioso. Piensas en tus padres, en tu esposa, en tus amigos, en que estás a miles de kilómetros y cómo se enterarán de lo que te ha ocurrido, si te encontrarán… El terremoto duró 86 segundos, ¡casi un minuto y medio! pero ese tiempo me pareció toda una eternidad, ¡parecía que nunca iba a acabar! y el cerebro trabaja a la velocidad de la luz, te pasan cientos de pensamientos. Cuando por fin terminó, el padre Toribio salió de su cuarto diciendo que nunca había sentido un terremoto tan largo, que había sido tremendo. Con una linterna y la luz de los móviles pudimos comprobar que no había causado muchos daños en la vivienda; algunas grietas en las paredes, pequeños desconchados en el techo y comprobamos que los ruidos que se escuchaban habían sido por los jarrones, plantas, platos y objetos varios que habían caído al suelo,  así como de una pecera que tenía en la casa y cuyas aguas aún estaban agitadas y sus moradores posiblemente pensando que estarían por fin en alta mar.

Unos minutos después, cuando la luz eléctrica volvió a la ciudad, mis piernas aún temblaban del tremendo susto, y le pregunté a mi tío en tono bromista si seguía el terremoto o eran mis piernas las que se movían del nerviosismo. Por las ventanas pudimos ver que en las calles se concentraban numerosos vecinos que habían salido huyendo de las viviendas al recordar lo que vivieron hace tres años. Cuando se pasó el susto y ya comprobamos que no había pasado nada grave,  gracias a la “wi-fi” de la vivienda contacté con los familiares en España para comunicarles lo que había ocurrido, por si al amanecer llegaban noticias del terremoto no se preocupasen, que estábamos bien. En Guatemala este terremoto fue a las 22:51 de la noche, 6:51 de la mañana en España. Ya con la iluminación eléctrica comprobamos que el sitio que elegimos para resguardarnos no fue un buen lugar, pues la vivienda tenía los techos muy altos y encima de la puerta donde nos habíamos colocado existía un gran cristal que daba claridad a la habitación. Si el terremoto hubiese sido de más intensidad y el cristal hubiese caído sobre nuestras cabezas los daños causados podrían haber sido de gran gravedad. ¡Una vez más mi Ángel de la Guarda estuvo esa noche a mi lado!

 

Los medios de comunicación guatemaltecos en seguida se hicieron eco de la noticia. El terremoto tuvo su epicentro en el Océano Pacífico, en las costas de México cerca de la frontera con Guatemala, con una intensidad de 8,1 grados de magnitud y en el país mexicano según las noticias de los días posteriores supimos que causó 98 muertos. Sin duda fue el terremoto de mayor intensidad registrado en el país. Semanas después, estando nosotros ya en España, el 18 de septiembre, justo el día que se cumplían 32 años del terrible terremoto del 85, otro gran terremoto asoló la Ciudad de México causando más de 225 muertos con una intensidad de 7,1 en la escala de Richter. La diferencia entre ellos es que en éste último el epicentro fue en tierra y las ondas sísmicas fueron mucho más destructivas. El que nosotros vivimos, aunque de mayor intensidad, causó menos daños ya que al ser el epicentro en el mar las ondas sísmicas perdieron poder destructivo. Los países ribereños al Pacífico estuvieron varias horas en alerta por riesgo de tsunami, algo que afortunadamente no llegó a ocurrir ya que el epicentro se localizó a más de 70 kilómetros de profundidad. (Noticia)

Con ese gran susto en el cuerpo y tras hablar con la familia y amigos a través del Wassap, nos fuimos a intentar descansar un poco. La cama estaba llena de trozos caídos del techo y las paredes y me costó bastantes horas poder conciliar el sueño. Recuerdo que de nuevo acostado, por la ventana, en el horizonte, se veían de vez en cuando resplandores y pensé que serían relámpagos de alguna nube lejana. Durante la noche y la mañana siguiente se siguieron produciendo algunas réplicas, aunque de mucho menor intensidad, algunas de ellas las sentí como ligeros movimientos que en la altura de aquel edificio daban la sensación que sufrías un pequeño mareo. Al día siguiente era el tema de conversación de toda la ciudad, aunque esta se levantó como si nada hubiese pasado, la gente hacía su vida normal. Tan solo se suspendieron las clases en el departamento de San Marcos. La peor parte se la llevaron en la localidad de Tacaná, donde se derrumbaron varios edificios, entre ellos la casa parroquial. De esas luces de la noche leí en las redes sociales que no fueron relámpagos, sino que expertos en sismología las asociaban con la carga de energía que se libera durante un terremoto. Decía así director del Instituto Geográfico Nacional de España: «Un terremoto se provoca por la ruptura de una falla, tras acumularse tensión tectónica en la zona. La fricción de las rocas puede generar en su superficie corrientes eléctricas por el flujo de iones que genera.» (Leer más)

Horas antes del terremoto había estado viendo que sobre el Océano Atlántico y acechando al Caribe esos días habían tres grandes huracanes activos a la vez, algo insólito en mucho tiempo: Irma, Katia y José. Eso sumado a este terremoto, todo en un mismo día, hace que te des cuenta de lo insignificantes que somos los humanos ante los designios de esa Naturaleza que tantas veces maltratamos, que estamos aquí porque ella quiere, porque formamos parte de ella, pero que cuando quiera nos puede quitar de la faz de la tierra de un plumazo, y ni nuestra gran inteligencia ni nuestros adelantos tecnológicos podrán evitarlo, y ella se sobrepondrá como tantas veces ha hecho a lo largo de la historia.

 

EL CONTRASTE:

Para comentar los contrastes de este capítulo, me he tomado la libertad de copiar lo que mi tío Fernando escribió en su libro “El canto del Quetzal” (Fernando Bermúdez López. Edit. Nueva Utopía, 2012):

“Creemos que no hay región en Centroamérica con los contrastes que caracteriza al departamento de San Marcos. Refleja la realidad global de Centroamérica y concretamente de Guatemala: Minifundios y latifundios, indígenas, mestizos y criollos, migraciones, áreas urbanas y rural. San Marcos se encuentra al suroccidente de Guatemala, haciendo frontera con México. La población estimada es de más de 900.000 habitantes, la mayoría indígenas mayas de la etnia man.

Posee tres grandes comarcas: La región de la Costa del Pacífico, de clima tropical y caluroso. Es zona de latifundios, rica en producción de café, ajonjolí, palma africana, bananos, tabaco, hule, caña de azúcar y ganadería. En las fincas trabajan jornaleros y colonos, viviendo estos en pequeños poblados, hacinados y en condiciones infrahumanas. Otra es la región del Valle, en el centro del departamento, donde se hubica la capital de San Marcos y San Pedro Sacatepéquez, con una altitud de 2.370 metros sobre el nivel del mar. Y la tercera región el Altiplano, la más alta de Centroamérica, en torno a los volcanes Tajumulco (4.210 metros) y Tacaná (4.012 metros). De clima frío. Es la región más pobre y en la que se concentra la mayor parte de la población indígena.

No podemos dejar de hacer referencia a la belleza de este departamento, su exuberante vegetación, la gran biodiversidad, las altas montañas y volcanes que se elevan casi en vertical desde las tierras bajas de la costa, ríos que descienden con sus aguas frías desde las alturas a las tierras calientes del trópico, y sobre todo, sus gentes, de corazón abierto y acogedoras.”

 

20 años no es nada…

Quiere el azar (o mejor dicho, varias noches durmiéndome a las tantas) que coincida el 20 aniversario del cobarde asesinato del concejal del Partido Popular de Ermua, Miguel Ángel Blanco, con el final de la lectura del libro que tenía ya un par de meses en la mesita de noche, “Patria”, de Fernando Aramburu.

Creo que esta novela deberían de leerla todos los españoles, dentro y fuera del País Vasco, para conocer el peligro de los nacionalismos en el día a día, de la cotidianidad de una población que se acostumbra a vivir mirando hacia otro lado, de sumisión, de los que callan, de una sociedad enferma incapaz de análisis, que se deja llevar envenenada por la propaganda y por dogmas ideológicos de superioridad racial.

Patria” sirve para comprender y hacer comprender 30 años de convivencia adulterada por el terror y el radicalismo. Es un antídoto ante esa amnesia que ahora pretende blanquear el daño terrorista, haciéndonos ver que han habido víctimas en las dos partes del malamente llamado “conflicto vasco”. Víctimas fueron los asesinados y sus familias, mientras en el otro “bando” estaban los que apretaban el gatillo, los que les daban cobertura, los que miraban para otro lado y hacían el vacío a los señalados por los terroristas, aunque fuesen vecinos de toda la vida. Y no es una historia con dos lecturas, en la que todavía algunos piensen que los etarras eran héroes, es una historia con asesinos y con víctimas, y éstas se merecen que la izquierda abertzale reconozca que lo hicieron mal, y que pidan perdón por ello, hecho en que gira gran parte de la novela de Fernando Aramburu. (Un inciso: Quien no la haya leído que no siga leyendo esto, pues voy a desvelar parte del final). El ansiado perdón que pide una esposa a la que han asesinado a su marido (padre de familia, buena persona, vasco de nacimiento, empresario en un pequeño pueblo y que daba trabajo a varios de los vecinos que después le dan la espalda cuando es objetivo de los terroristas por no pagar el “impuesto revolucionario”) llega, y con él el párrafo que resume lo que vivían y viven cientos de jóvenes, aunque no hayan apretado un gatillo:

“¿Y cuál era esa verdad? Cuál va a ser. Pues que había hecho daño y había matado. ¿Para qué? Y la respuesta le llenaba de amargura: para nada. Después de tanta sangre, ni socialismo ni pollas en vinagre. Abrigaba la firme convicción de haber sido víctima de una estafa” (…) “Constató: pedir perdón exige más valentía que dispara un arma, que accionar una bomba. Eso lo hace cualquiera. Basta con ser joven, crédulo y tener la sangre caliente”.

Con la muerte de Miguel Ángel, que hoy hace 20 años, se perdió ese miedo, ese mirar hacia otro lado; la gente se atrevió a llamarles lo que son, asesinos, y lo hacían a la cara de los que antes temían. El hartazgo llegó a su límite y la gente se echó a la calle. En esos días pudimos ver lo mejor, y también lo peor de los seres humanos; lo mejor también de la política, de la unión de todos los partidos democráticos como uno solo ante el terrorismo, manifestándose juntos, pero también de lo peor, de partidos como HB que aún seguían justificando, sin condenar.

El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue la forma que tuvo ETA de vengarse de la liberación de Ortega Lara, que la Guardia Civil había localizado nueve días antes en un zulo de Mondragón. Fue la crónica de un asesinato anunciado, y buscaron a un concejal del mismo partido político del que estaba en el Gobierno de la Nación, del mismo que les desbarató el secuestro más largo. Quienes conocían a Miguel Ángel decían que era un chaval simpático, lleno de vida y de proyectos. Seguro que alguno se encogería de hombros y diría que por qué se metería en problemas ese chaval, a ver para qué cojones se metería en el Partido Popular, que él se lo buscó. Hay que tener presente que a él y a otros muchos concejales no se les asesinó porque fuesen altos o bajos, guapos o feos…, se les asesinó por ser del PP o del PSE, por creer en un País Vasco dentro de España.

Todo lo que pasó en aquellos días supuso el final de ETA como organización terrorista, pero no de su derrota. ETA representa un proyecto político que hoy no está derrotado. Sigue vivo en Cataluña, en Navarra, continúa vivo en el País Vasco, en los homenajes que siguen haciendo a los presos. Nacieron para romper España y no desaparecerán hasta que acaricien ese objetivo, infectando las mentes desde la infancia, como queda reflejado en uno de los capítulos de la novela, cuando un escritor está presentado un libro sobre las víctimas de ETA y afirma: “A fin de cuentas yo también fui un adolescente vasco y estuve expuesto como tantos otros chavales de mi época a la propaganda favorecedora del terrorismo y la doctrina en que se fundamenta.”

García Gaztelu, “Txapote” fue el autor material de los dos disparos en la nuca que acabaron con la vida de Miguel Ángel Blanco. Él decía que “hay que golpear al Estado hasta que se ponga de rodillas”, algo que habría quedado grabado a fuego en su memoria desde bien niño. Su pareja, “Amaia”, madre de un hijo que tienen en común, y cómplice en el secuestro, es sobrina de Iker Gallastegi, el cual afirmó en un documental en 2006 “En ETA no hay gente de esa a la que le gusta matar. Matan porque es un deber patriótico. No tienen que pedir perdón por nada”.

Y el germen del odio aún sigue vivo. Muestra de ello es que los restos de Miguel Ángel Blanco en un principio fueron depositados en el cementerio de Ermua, el pueblo donde nació, se crió, donde tocaba la batería en el grupo Póker. Un nicho sencillo en que sus padres, de origen gallego, acudían a colocar flores para recordar a su hijo. Pero el odio no tiene límites; desconocidos (o conocidos del pueblo, quien sabe) rompieron el cristal de la lápida en varias ocasiones, arrojaban las flores al suelo, por lo que los padres abandonaron el pueblo y se llevaron los restos de su hijo al cementerio de Faramontaos (A Merca), un pueblo de Ourense, lejos de los “monstruos”. Al menos allí descansa en paz, en el pueblo de su madre. Por ello creo que la única manera que se les puede combatir es educando en el respeto a los demás aunque no piensen como tú, en la tolerancia, educando desde bien niño en lo que nos une, no en lo que hace a unos distintos de otros, enterrando los odios, y sobre todo, conociendo la historia y aprendiendo de ella. Hasta que esos días no lleguen no se habrá vencido a ETA.

En estos días no solo se rinde homenaje a la figura de Miguel Ángel BlancoMiguel Ángel fue un simple concejal de pueblo (con todos los respetos a los concejales de pueblo, yo también soy uno de ellos). Se hace un homenaje a los miles de personas que salieron a la calle; a los ertzainas que se quitaron los cascos y los verduguillos fundiéndose en abrazos con la población que se manifestaba pidiendo su liberación; a los que ponían velas y se pintaron las manos de blanco al grito de «ETA, aquí tienes mi nuca», «Vascos sí, ETA no»; a los políticos que se unieron con un mismo fin, el final de la sinrazón; y sobre todo, a las 829 personas asesinadas por la banda terrorista en 43 años de terrorismo. La figura de Miguel Ángel fue la que unió a todos ellos para pedir el fin del terror, por ello es triste ver como algunos políticos, más cercanos a los abertzales que al espíritu que nació en Ermua, aún hoy, 20 años después, hacen separaciones entre unos y otros y no se suman a este homenaje.

Yo no lo olvido, y por todos ellos este es mi pequeño homenaje a Miguel Ángel Blanco, porque como cantaba Carlos Gardel, «Que veinte años no es nada». No es nada para olvidar, añado yo.