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Categoría: Animales

Sobre los incendios forestales

Cuando llegan los calores estivales muchas personas comienzan su esperado tiempo de vacaciones, pero también es el comienzo de la temporada de incendios forestales, esos desastres fruto de acciones provocadas o irresponsabilidades que asolan todos los años parte de nuestro patrimonio natural, convirtiendo a cenizas en pocas horas décadas de trabajo de la Naturaleza, así como numerosas vidas de animales que viven en esos montes. Y en algunos casos, costando vidas humanas, bien de los medios de extinción o de la población de las zonas afectadas, como ha ocurrido hace unas semanas en el devastador incendio del centro de Portugal que dejó 64 muertos, la mayoría de ellos sorprendidos en el interior de sus vehículos cuando intentaban huir del fuego.

También con esos desastres naturales surgen todos los años los comentarios virales sobre si son provocados por mafias urbanísticas con el fin de recalificar los terrenos quemados, o de conspiraciones de grandes multinacionales para construir alguna megainfraestructura en terrenos protegidos, etc. Y otros comentarios que culpan de esos incendios a una mala conservación de los montes, como por ejemplo un vídeo que se está haciendo viral en estos días de un bombero sofocando un incendio forestal y  culpando en el mismo a los distintos “Gobiernos ecologistas” por no tener el monte limpio, y  por no poner a los parados a que lo limpien.

Yo no soy ni biólogo, ni ambientólogo (que más quisiera, pero quedó en otra de tantas metas inacabadas de mi vida) ni geógrafo… pero sí creo que tengo una amplia visión de la vida y de las reacciones y relaciones humanas con su entorno, por lo que me atrevo a dar mi opinión sobre este tema.

El personal habla mucho de limpiar los montes como si de un jardín se tratase, que vas con tu máquina cortacésped, unas tijeras de podar y un serrucho cortando ramitas y hierbas, haciendo montoncitos y poniéndolos junto a un camino para que pase el camión de la basura a llevárselos (es una comparación irónica y exagerada, ya sé que para los que trabajan en esos menesteres forestales es un trabajo duro y sacrificado). Lo que sí soy es senderista, y he caminado por muchos montes, unas veces por caminos y sendas, pero en otras ocasiones por monte a través, buscando pasos y en ocasiones dándote la vuelta porque la orografía del terreno te hace imposible el poder continuar por ahí. ¿Acaso se puede tener toda la superficie de los montes limpios, no habrán lugares de muy difícil acceso, mucho más con maquinaria a cuestas? ¿A un padre de familia que ha estado 30 años trabajando en una oficina de contable, por poner un ejemplo, y que por culpa de la crisis se ha quedado en el paro y sobrevive con el subsidio de desempleo creen factible y coherente “echarlo al monte” a limpiar ramas y zarzas?

Sí es cierto que una buena gestión creando cortafuegos y manteniéndolos en buen estado de desbroce es vital para que en caso de incendio poder aplacarlo con rapidez y que no se extienda sin control. Esto no es más que un comentario sobre las dificultades técnicas y humanas de la medida que muchos proponen como solución a los incendios forestales, pero el fondo de mi reflexión va mucho más allá:

Según los estudiosos la edad de la Tierra es de aproximadamente unos 4.600 millones de años; hace unos 3.500 millones de años surgieron los musgos, junto con las coníferas y las plantas con flores, fueron la primera población vegetal que abandonó el medio marino para conquistar la tierra, y digo yo que algún que otro rayo caería en esos años provocando algún incendio, y sin estar aún ahí la peña para sofocarlos, pero llegaron vivitos muchos arbolitos hasta nuestros días. Y voy un poco más cerca. Nosotros, los humanos, le estamos metiendo fuego a las cosas desde hace 400.000 años, por lo que si toda esta porrada de años los montes han sobrevivido sin que el Homo sapiens los limpie, no sé porqué habrá de ser ahora la solución al problema.

Sí es cierto que hay que prevenir los incendios forestales, pues la inmensa mayoría son provocados por la mano del hombre (imprudencias, descuidos, revanchismos, quemas de rastrojos, provocados conscientemente para tener más espacios de pastoreo y así incrementar la cabaña ganadera y convertir nuestros montes en una inmensa granja de vacas, o para comprar la madera más barata, o incluso acciones de pirómanos que actúan solo por «placer») y evitarlos en lo posible con una mayor concienciación de la población, así como una efectiva investigación policial cuando se produzcan para poner a los causantes en manos de la ley, con un endurecimiento de las leyes para que quien pretenda quemar un monte se lo piense dos veces. Y, evidentemente, los organismos oficiales han de disponer de los medios suficientes, tanto técnicos como humanos, para su rápida extinción cuando éstos se produzcan.

Y otro factor por el que considero que no se ha de limpiar los bosques es porque en esos matorrales viven, crían y dependen de ellos una infinidad de especies animales: Reptiles, mamíferos, aves, así como innumerables insectos que enriquecen esos ecosistemas. El matorral, que algunos despectivamente llaman “maleza”, realmente es un tesoro lleno de vida en nuestros montes con una amplia variedad de especies vegetales.

Quizás lo que sí que haya que plantearse es el recuperar los bosque autóctonos, con especies arbóreas que la sabia Naturaleza las ha preparado tras miles de años de evolución para que resistan a esos incendios y se regeneren eficazmente tras uno de ellos, y frenar la expansión de las grandes plantaciones de pino y eucalipto sobre las que se concentran la inmensa mayoría de los incendios forestales. Eso, o concienciarnos que si queremos seguir comprando muebles del Ikea (por nombrar una marca que trabaja la madera al por mayor) tendremos que seguir sufriendo cada verano innumerables incendios forestales.

 

Quinta da Fonte, el rincón entre olivos y robles que se salvó del incendio de Portugal.

Uno más de la familia

En numerosas ocasiones me he preguntado si los animales tienen alma, y si cuando mueren ésta va a algún tipo de limbo, algún lugar donde son eternamente felices.

Desde bien niño he vivido rodeado de animales. Recuerdo en casa de mis abuelos maternos, Fernando y Soledad, había una perra pequeña, de color canela y que llevaba esa característica por nombre, con la que jugaba y correteaba siendo yo un niño, así como también había algunos gatos que repelaban las sobras de comida; y pájaros, que cuidaba mi tío Jesús en un altillo de aquel fresco y coqueto patio lleno de geranios. También tenían, como en cualquier casa tradicional de huerta, pollos, conejos, gallos, y demás animales para el consumo de la familia, en una época en que el autoabastecimiento era la forma de vivir, una vida humilde, sin lujos, pero feliz.

En casa de mis padres, Juan Antonio y Ana, siempre recuerdo también el convivir con distintos perros (Amedia, Brummel, Cora, Pequi, Chispa, Luna, Chico) y algún que otro gato (Ágata, Merengue, Octava… y ahora Negrita), casi siempre fruto del amor, pasión o “capricho” de mi padre hacia los animales, y con las primeras reticencias de mi madre, pero que después de esas primeras objeciones eran queridos y mimados por ella como uno más de la familia. Y efectivamente, todos estos animales en un momento concreto de nuestras vidas han sido uno más de la familia; hemos jugado y reído con ellos, nos han acompañado en momentos difíciles; los hemos cuidado y mimado ante cualquier accidente doméstico o enfermedad y cuando se han marchado de nuestro lado hemos sufrido y llorado por ellos, pues cada uno de estos animales ha dejado una parte de su ser en nuestros corazones.

Conocí a Mari Luz hace ya 19 años, y a los dos años de estar como novios un pequeño cachorro, mezcla de bichón maltés con mestizo, llegó a nuestras vidas. Una pequeña bola de pelo blanca, juguetona y poco obediente, rasgo característico que ha marcado su carácter toda su vida. Lo vimos crecer desde sus pocos meses de edad, y nosotros también fuimos creciendo con él, y junto a él la familia fue haciéndose más grande con nuevos sobrinos que iban llegando a nuestras vidas, y que decían que Paco era su primo peludo. Mi suegra, Anita, lo crió desde bien pequeño como un “hijo”, quedándose en su casa cuando nos íbamos a trabajar (su nieto peludo) y dejándole marcadas, con sus juegos propios de la niñez perruna y esa típica desazón en el periodo de dentición, numerosas patas de sillas y mesas, recuerdos que aún perviven en su casa.

Hoy ha sido un día muy duro. Después de diecisiete años con nosotros, compartiendo muy buenos momentos, y acompañándonos, sobre todo a Mari Luz, en otros no tan buenos, nos hemos tenido que despedir de él. Llega un momento en que, por esa ley de la vida, los hombres sobrevivimos a numerosos animales, entre ellos los perros, y nuestro Paco con sus 17 años ya era un anciano con múltiples achaques y algunas limitaciones.

Nos queda la satisfacción que ha tenido una vida plena, cargada de amor, y ha vivido como uno más de la familia. También nos queda el consuelo que ha tenido una muerte digna, sin sufrimiento, y estaremos eternamente agradecidos a Bárbara y Carmen, de Clínica Veterinaria Doctor Bernal, por su gran humanidad, cariño y buen hacer en estos momentos difíciles para nosotros; Bárbara, ese ángel que irradia cariño, bondad y humanidad, que conoció a Paco con pocos meses de vida y desde entonces lo ha visto crecer, y que era la que mejor lo entendía cuando lo llevábamos a pelar, pues su carácter hacía que fuese una tarea un tanto complicada: “Los amores de Paco me vuelven loca, yo me muero por Paco y… Paco por otra” le recitaba cuando lo peinaba.

Ahora ya descansa bajo una morera en la huerta, su nuevo hogar, y seguro que esa morera crecerá aún más espléndida gracias a su cuerpo, a su ser, fusionando en ella la energía cósmica que mueve el Universo y que se transforma dando vida de un lugar a otro, de un ser vivo pasando a otro. Allí está junto a su “hermana” Plata, la gata que era de mi suegra Anita, que se criaron juntos desde niños en esa relación de amor-desamor entre dos animales de especies tan distintas y que nos dejó también hace un par de años.

Después de una mañana cargada de emociones y sentimientos tras la comida he dado una cabezada, fruto del cansancio y algunas noches de descanso interrumpido. Y he tenido un sueño, algo extraño en mí en esos cortos ratos de siesta. He soñado que Mari Luz y yo estábamos en un hotel de playa, un alto edificio con un restaurante acristalado en el último piso. Estaba anocheciendo y entrábamos en ese recinto, yendo directamente hacia uno de los ventanales que daban a la playa. Allí de pie, mirando hacia abajo veíamos a nuestro perro Paco jugando con las olas en la orilla, corriendo felizmente… y me he despertado.

Decía al principio que no sabía si los perros tenían alma; ahora estoy convencido que sí la tienen, y ese sueño ha sido inspirado por la de nuestro querido perro Paco que ha venido a despedirse, a decirnos que no nos preocupemos ni lloremos por él, que está feliz en algún lugar con un mar azul y de fina arena correteando y jugando con las olas, esperando que algún día nos volvamos a encontrar y volver a estar juntos los tres.

Hasta siempre, Paco.