Escribo porque quiero

Un lugar donde escribo lo que pienso, sin pensar lo que escribo.

Mes: agosto 2018

Una de atracadores y policías

Hay circunstancias en la vida que te hacen recordar acontecimientos del pasado; algunos buenos momentos vividos pero también otros que no lo son tanto y que salen del fondo de esos recuerdos que guardamos en algún lugar de la memoria.

El reciente robo ocurrido en la casa de mis padres me ha hecho recordar uno de esos momentos algo traumático ocurrido hace más de 30 años y, sin quererlo muy conscientemente y sin ánimo de molestar personalmente a nadie, hacer una analogía de las actuaciones de unos profesionales en dos casos distintos.

Tendría yo unos 13 años y por circunstancias de la vida mis padres regentaban un supermercado en Murcia, en la calle Primo de Rivera, frente a la cárcel vieja, Supermercado Universo se llamaba. Por aquel entonces yo estudiaba 1º de Bachillerato en el Colegio San Buenaventura de los Capuchinos que se encuentra a menos de 5 minutos caminando de allí, y cuando salía de clase al mediodía iba al supermercado, conversaba con los empleados, echaba una mano reponiendo alguna estantería y esperaba a la hora de cierre para irme a comer con mis padres y volver a clase.

Un poco después de las dos de la tarde mi padre bajó la persiana para que no entrase ningún cliente más y con las dos cajeras se dispuso a retirar el dinero de las ventas de esa mañana para ponerlo a buen recaudo. Perfectamente recuerdo que yo me encontraba entre la entrada y una de las cajas, de espaldas a la puerta, cuando escuché el ruido de la persiana metálica al levantarse. Al girarme vi a dos individuos (eran de una raza nómada de piel oscura y cabello negro que probablemente procede de la India y que se extendió por Europa. No quiero que nadie me tache de racista si nombro la etnia) entrando por la puerta de cristales que estaba cerrada pero sin llave y uno de ellos portaba un revolver con el que nos apuntaba y un gran cuchillo el otro, también con expresión amenazante. Por cierto, uno de ellos era natural de nuestro pueblo, Alguazas, aunque dudo mucho que el pobre supiese de dónde ni quiénes eran los que se disponían a atracar.

Todo fue muy rápido: El que llevaba el arma de fuego se lanzó hacia mí que me encontraba entre él y la caja y con el lateral metálico del revolver me dio un fuerte golpe en la sien izquierda. Yo caí al suelo conmocionado y recuerdo vagamente escuchar gritos de pánico de las dos cajeras, gritos de los atracadores  de tipo “¡abre la caja…!” “¡darme todo el dinero o sus mato…!”, y poco más. Cuando logré ponerme en pie vi a mi padre que, tras comprobar que yo me encontraba bien, salió tras ellos gritando “¡ladrones, ladrones!». Quiso la suerte, el azar, o Dios quizás… que justo en el momento que mi padre salía a la calle por la vía lateral en la que se encontraba el supermercado pasaran dos agentes de la Policía Local de Murcia que entonces circulaban en motos “Vespino” de color gris. Los agentes tiraron las motos en medio de la calle y salieron pistola en mano corriendo tras los atracadores. Yo, una vez recuperado aunque algo mareado, salí también tras ellos. Uno fue detenido al instante tras una carrera en la que creo recordar que disparó contra el agente, afortunadamente sin llegar a dar a nadie (creo que llevaban munición de fogueo). El otro se escondió debajo de un coche y minutos después un vecino que lo vio alertó al otro policía que lo sacó a rastras de allí estando yo a su lado y gritándole todos los insultos que se me pasaban por la cabeza, en uno de esos impulsos «gallitos» de la pubertad y sabiendo que poco me podía hacer estando ya detenido.

Un par de agentes de la Policía Nacional me llevaron a mí en el coche patrulla a lo que entonces era el Hospital General Universitario, hoy Hospital Reina Sofía, donde me reconocieron en el Servicio de Urgencias y me hicieron diversas pruebas médicas por si tenía alguna secuela del golpe en la cabeza. Afortunadamente no fue nada grave y a las pocas horas ya estaba de vuelta, con la prescripción de que estuviese en observación esa noche y un par de aspirinas si me dolía la cabeza.

Días después como en las películas: Mi padre y yo al juzgado, rueda de reconocimiento en una habitación oscura con una ventana y seis individuos al otro lado; abogado y fiscal preguntando si los reconocíamos; juicio, una temporada los autores entre rejas y a los meses de nuevo en la calle. Al que era de nuestro pueblo lo volví a ver en alguna otra ocasión, con cierto temor a que me reconociese, dicho sea. Creo que murió años después de esa terrible enfermedad, sin cura en aquel tiempo, y que entre otros motivos estaba causada por compartir jeringuillas infectadas. No le guardo ningún rencor, bastante tenía el pobre por estar inmerso en esa lacra de la droga y tener que delinquir para conseguir lo que le estaba matando.

Recuerdo también que mi difunto y añorado padre al día siguiente buscó a los dos agentes de la Policía Local de Murcia para darle las gracias por lo que hicieron y por su rápida intervención, por la que se pudo recuperar el dinero sustraído. Fueron unos años muy difíciles en los que esa aventura empresarial le trajo a mi padre muchos quebraderos de cabeza. Por suerte y gracias a su tenacidad, esfuerzo y el ser como él era de buena persona y trabajador pudimos salir para adelante y, ni yo ni mis hermanos, notamos realmente lo mal que lo estaban pasando mis padres. Seguro que de no recuperar ese dinero robado le hubiese causado más quebraderos aún de los que tenía.

Esta batallita al estilo “abuelo Cebolleta” viene porque en estos días me ha dado por pensar que si ese atraco hubiese sido con otros protagonistas, quizás en algún otro lugar. Qué hubiese pasado si al salir mi padre corriendo del supermercado gritando que habían atracado, esos dos agentes que pasaban por allí hubiesen frenado su “Vespino” lentamente, le hubiesen puesto el caballete una vez bien estacionada en la acera sin interrumpir el tráfico, le hubiesen dicho a mi padre que se tranquilizase, que no se alterara, pero que eso no era competencia de ellos, por lo que le hubiesen sugerido que llamase al cuerpo competente en ese caso, a la Policía Nacional, desde un teléfono fijo del supermercado (entonces no existían aún los móviles); o quizás siendo muy colaboradores con el ciudadano hubiesen avisado ellos mismos a la Comisaría con su “walkie talkie” dando parte de lo sucedido y cumpliendo con su deber como miembros de un instituto armado de naturaleza civil, de estructura y organización jerarquizada bajo la superior autoridad y dependencia del Alcalde, que desarrolla sus funciones dentro del ámbito municipal. Al rato hubiese llegado un coche Z de la Policía Nacional, los competentes en la materia, y para entonces los dos atracadores posiblemente estuviesen en cualquier bar tomándose unas cañas celebrando el buen golpe que habían dado, incluido un mamporro al pardillo ese que estaba junto a la caja, por si se ponía chulito y les causaba algún incordio.

La sociedad avanza. Tenemos teléfonos móviles, internet, buenos coches… Los jóvenes disponen de wifi, Play Station, tablets… Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad disponen de mejores medios para ejercer su trabajo; está el teléfono de Emergencias 112, tecnología Tetra, drones… pero creo que en otros aspectos más esenciales esta sociedad nuestra va para atrás.

 

Noticia aparecida en la prensa regional al día siguiente

¿Qué ocurre?

Por diversos motivos había decidido alejarme de esto de las redes sociales y toda la mala bilis que de vez en cuando se vierte por aquí. Pero comprendo que hay situaciones en las que una persona debe de expresar a los demás sus alegrías o tristezas, mostrar su disconformidad o denuncia de alguna situación o, como es mi caso, hacer una terapia para sacar lo que llevas dentro a través de la escritura; y ya que lo haces para ti también compartirlo con los demás, no como una exhibición, sino más bien como parte de esa terapia curativa del alma.

Así que aquí estoy de nuevo, dándole a la tecla del ordenador sacando la rabia, impotencia y malestar que llevo dentro, vomitando todos esos sentimientos encontrados en palabras escritas.

Creo que para cualquier persona de bien su vivienda, su hogar, aparte de ser el lugar donde habitas, donde vives, es sobre todo ese lugar en el acudes como refugio, donde te sientes seguro cuando la vida u otras personas crean hostilidades fuera. Es ese lugar de calma, de paz que sientes cuando entras y cierras la puerta y los problemas del día a día quedan fuera. En definitiva, es el lugar al que acudes para sentirte seguro y a salvo de todo.

Pero, ¿Qué ocurre cuándo un familiar en que confías le dices que pase a darse una vuelta por tu casa cuando estás de vacaciones, a echarle de comer al gato, a las 5 de la tarde de un día festivo y se encuentra dentro a dos encapuchados que han revuelto todas tus cosas, todos tus recuerdos de toda una vida, le pegan empujones y puñetazos a ese familiar al verse sorprendidos y se llevan todas tus joyas que más que el valor económico es el valor sentimental que representan de recuerdos, de fechas señaladas así como los ahorros para la Comunión de tu nieto del año próximo que con mucho esfuerzo y sacrificio has ido recaudando durante varios años para hacerle un buen regalo que lo guarde como recuerdo tuyo durante toda su vida?

¿Qué ocurre cuando tu habitación de matrimonio, ese espacio en el que tanto has vivido con tu marido, en el que ha nacido uno de tus hijos, en el que estuviste a punto de morir después de ese parto complicado pero que gracias a Dios y a los cuidados de unos sanitarios de pueblo pudiste superar y en el que hace seis meses la que fue tu pareja, tu amante, tu compañero durante más de cincuenta años expiró ahí y desde entonces para ti era un santuario, un lugar donde seguías teniéndolo presente cada noche, donde hablabas con él, ves que dos desalmados sin escrúpulos lo han profanado, violentado esparciendo su odio, su egoísmo, su falta de valores por cada rincón, abriendo y volcando el contenido de cajones y armarios sobre tu cama sin el más mínimo pudor?

¿Qué ocurre cuando ese familiar magullado y asustado, después del mayor susto de su vida llama al teléfono de Emergencias 112 contando lo sucedido, se persona en las dependencias de la Policía Local de su pueblo informando de lo sucedido, buscando auxilio, consuelo, y el agente de turno le dice que le han avisado del 112 pero que eso no es cosa suya, que ya han dado parte a la Guardia Civil que es la competente de robos en viviendas?

¿Qué pasa por la cabeza de ese familiar que se siente indefenso durante una hora que tarda en acudir la patrulla de la Guardia Civil y piensa que quizás si hubiese algún agente de algún cuerpo armado se podría dar con los autores del robo que han huido por los tejados y de esa forma evitar que continúen actuando impunemente en otra ocasión?

¿Qué ocurre cuando una viuda ha de volver a su casa que han desmantelado, a dormir sola en esa habitación que han estado unos delincuentes, en esa cama que han volcado todas sus pertenencias y con la inseguridad de que si ocurre algo parecido de nuevo estando ella en casa y llama a la Policía Local de su pueblo, ese en el que nació, se educó, se casó, vive… le digan que no es competencia suya y deba esperar una hora hasta que llegue la autoridad competente, allí en su casa sola e indefensa?

¿Qué ocurre con esos agentes del otro cuerpo de Seguridad del Estado, los que son competentes en esa materia, que han de acudir a las llamadas de auxilio de los tres pueblos a los que dan cobertura (Ceutí, Lorquí y Alguazas, aunque su cuartel esté en Molina de Segura), que cumplen con profesionalidad su cometido aunque con impotencia por no poder acudir con más rapidez a tanta llamada, y que ven que su sueldo es ostensiblemente menor al de esos Policías Locales a los que se ha llamado en primer lugar pero que no acuden porque no son competentes?

¿Qué ocurre con esos políticos que ven como en la localidad en la que gobiernan los delitos van en desmesurado aumento pero que manifiestan que el instituto armado de naturaleza civil a su cargo cumple a rajatabla sus funciones ya que hay situaciones que no son de su competencia y que dicen que Alguazas es el pueblo referente en seguridad de los pueblos de alrededor y que los delitos no han aumentado, que decir eso es alarmismo sin fundamento?

¿Qué ocurre cuando esos vecinos afectados por el robo intentan agradecer la labor prestada por la Guardia Civil durante el día de los hechos y en los días siguientes durante las intervenciones posteriores, aconsejando, acompañando, hablando, respondiendo a todas las preguntas o dudas y te dicen modestamente esos agentes cuando les das las gracias que tan solo cumplen con su trabajo y obligación?

De verdad, si alguien me puede responder a alguna de estas cuestiones que planteo se lo agradecería.

Tan solo para finalizar quiero mostrar mi apoyo y agradecimiento público a los agentes de la Guardia Civil del puesto de Molina por su gran profesionalidad, así como también en días posteriores a los cuatro agentes de la Policia Local de Alguazas por acompañarme a entrar en la vivienda de mis padres y comprobar que no había nadie cuando por la sugestión de esas horas vividas no veía seguro entrar de nuevo en ella solo.

Que conste que esto no es una crítica personal contra nadie. Tan solo es una reflexión en voz alta de los sentimientos vividos por mí y mi familia en unas horas muy duras y cuando hay momentos en los que pienso que los profesionales de los cuerpos de seguridad han de velar por sus vecinos más allá de su deber, pues creo que hay una serie de profesiones que deberían ser solo por vocación, no por sueldos o condiciones laborales. Pero repito, es una opinión personal ajena al cargo público que represento.