Escribo porque quiero

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Mes: septiembre 2017

Guatemala, país de contrastes. Capítulo IV – El gran Lago

El Gran Lago

Después de tres días en la ciudad de Guatemala había que continuar con el itinerario previsto por mi tío Fernando por otras zonas del país. En esos días por la ciudad, y en las salidas de un día fuera de ella, habíamos estado acompañados en todo momento por nuestra anfitriona, Lili, acompañada en muchas ocasiones también por su marido, Oscar, lo que me creaba cierta seguridad en ese país del que tantos sucesos relacionados con la violencia había escuchado: robos, atracos, asesinatos…

Es por ello que el irnos mi tío Fernan y yo solos en un coche de alquiler por esas carreteras me creaba un poco de incertidumbre, más bien fruto del inminente abandono de los que los psicólogos denominan como “zona de confort” que de un riesgo real al que rehuir.

Así que con esa sensación en el estómago ante lo imprevisible recogimos el vehículo de alquiler, un turismo Nissan cuyo modelo no se comercializa en España y el cual elegimos por llevar la caja de cambios manual, aunque como después comprobamos sobre la marcha tenía la amortiguación bastante perjudicada y en cada bache que pillábamos parecía que se iba a desarmar. A ello había que sumar que la lámina polarizada del parabrisas (como comenté en el “Capítulo I” la inmensa mayoría de vehículos en Guatemala llevan todas las lunas tintadas como medida de seguridad) era de baja calidad y estaba muy deteriorada, lo que impedía tener una buena visión en algunas zonas del cristal.  ¡Conducir con el sol de frente, con lluvia o de noche era toda una actividad de riesgo!

El recorrido previsto por Fernan era llegar hasta San Marcos, lugar donde estuvo trabajando varios años como responsable del Programa de Derechos Humanos del Arzobispado, pero haciendo una parada en el lago de Atitlán para que yo lo conociese, ya que nos pillaba de paso.

Para salir de la caótica ciudad de Guatemala nos guiaron Oscar y Lili, y nos despedimos de ellos al tomar la Carretera Panamericana (denominado ese tramo como carretera Interamericana CA-1), ese sistema de carreteras de aproximadamente 48.000 km de largo que vincula a casi todos los países del Continente Americano con un tramo unido de carretera, y que se extiende desde el estado de Alaska (Estados Unidos) en Norteamérica hasta la ciudad de Buenos Aires (Argentina) en Sudamérica. Una vez en la autovía, y tras una parada para fotografiar los tres volcanes que quedaban a nuestra izquierda (Agua, Fuego y Acatenango), conforme se dejaba atrás el tráfico de la gran ciudad la sensación de inseguridad también se alejaba, dejando en su lugar un agradable gusanillo en el estómago propio de estar viviendo algo bonito y novedoso: El estar yo conduciendo por América, por esa gran carretera que recorre el continente de norte a sur, viendo pasar esas impresionantes imágenes de volcanes y con el aire fresco de la mañana que entra por la ventana abierta dándome de lleno en la cara, y una vez alejados los riesgos de que alguien viese en dos turistas europeos los candidatos perfectos para un atraco, hacían de ese momento algo único.

Con esa agradable sensación fuimos haciendo kilómetros por la Interamericana que va a Quetzaltenango (y que de allí continúa hasta la frontera con México) en un continuo ascenso hasta alcanzar el altiplano guatemalteco. Tras unas dos horas por esa carretera y antes del desvío para la localidad de Sololá (cabecera departamental del Departamento homónimo, lugar donde se encuentra el lago de Atitlán) hicimos una parada en un mirador desde el cual se podía observar al fondo del valle el inmenso lago de Atitlán (antiguamente llamada Laguna de Panajachel) una de las principales fuentes económicas del departamento pues es uno de los atractivos turísticos más visitados de Guatemala.

El lago se encuentra en una cadena volcánica llamada «Los Chocoyos» de la cual forman parte los volcanes que lo rodean: el Volcán San Pedro (3.020 m.), Volcán Tolimán (3.158 m.) y el Volcán Atitlán (3.537 m.).

Esta cadena, así como el lago, fueron formados hace unos 84.000 años (geológicamente hace muy poco tiempo, los dinosaurios se extinguieron de la faz de la Tierra hace 65 millones de años) en un evento cataclísmico: una violenta erupción volcánica que duró casi dos semanas, haciendo que el territorio conocido actualmente como Guatemala se cubriera con una nube de cenizas incandescentes que se dispersó hacia los cuatro puntos cardinales en un radio de 6 millones de kilómetros cuadrados. Tan imponente fue esa erupción que se han encontrado restos de cenizas desde Florida (EE.UU.) hasta Ecuador en América del Sur. Este gran volcán dejó un inmenso cráter en el centro, y en su radio exterior los 3 volcanes que hoy se pueden observar, el San Pedro, Tolimán, y junto a este, el volcán Atitlán, que se encuentra relativamente activo y pueden observarse fumarolas en su misma cumbre. La última erupción que se tienen registros del Atitlán fue el 3 de junio de 1853.

El magma de este inmenso cráter, al enfriarse, formó una especie de cubeta que se convirtió en, según muchos, y entre ellos la revista National Geographic, en el lago más bello del mundo.

El lago Atitlán tiene 18 kilómetros de longitud y su superficie se encuentra a 1.560 metros sobre el nivel del mar. De hecho, bajo la cuenca del lago existe una depresión estructural que está limitada por fallas y cuevas. Es el lago más profundo de América Central, con más de 330 metros de profundidad máxima y una profundidad promedio de 220 metros. Las aguas del lago son reconocidas por su majestuosa belleza, por sus aguas limpias, azuladas, con niveles que alcanzan el 99% de pureza en la parte central. Se menciona también que en algunas partes son aguas medicinales, debido a ciertas fuentes sulfurosas que aparecen en sus orillas y a los manantiales de aguas minerales que han surgido hasta la superficie debido a esa actividad volcánica que hay en sus entrañas.

Al cruzar la localidad de Sololá observé que el atuendo con el que se visten las etnias de origen maya en esta zona era distinto al que había observado en otros indígenas durante los pocos días que llevaba en Guatemala, principalmente los que había visto en la Ciudad de Antigua. Entonces mi tío Fernan me contó al respecto que en Guatemala existen 23 etnias descendientes de los mayas, una de las más grandes civilizaciones que la historia ha conocido. No en vano los mayas construyeron en esta estrecha franja la civilización más portentosa de las Américas. La vestimenta indígena es sin lugar a dudas la máxima expresión de los nativos de Guatemala. En ella encontramos una hermosa e interesante mezcla de motivos y colores, confeccionados en tejidos como el henequén (planta que es originaria de Yucatán, México) y el algodón, que son conocidos desde la época maya; el uso de lana y de seda fueron introducidos por los conquistadores españoles. A diferencia de otros países centroamericanos, en Guatemala el legado maya no se refleja solamente en su impresionante patrimonio arquitectónico. También hay un patrimonio humano, de carne y hueso, en el que el universo maya sigue latiendo hoy en día, pues los descendientes de aquella fabulosa civilización exhiben con orgullo su pasado y lo expresan en su vida cotidiana, en sus fiestas, en los bulliciosos mercados y en sus ritos y tradiciones. En Sololá me llamó sobre todo la atención la indumentaria de los hombres; todos con sombrero, con una camisa de manga larga con botones, cuello y ricamente estampada, con pantalones también estampados de colores vivos. Me comenta Fernan que son Quichés, un subgrupo de mayas que son la etnia mayoritaria en Sololá y también en la parte norte del lago Atitlán. Las mujeres visten sus vistosos huipiles (camisa o túnica amplia de algodón, adornada con bordados típicos, que usan principalmente las mujeres indígenas).

Tras la localidad de Sololá descendimos por una carretera de esas que dan un poco de vértigo. Estrecha, con fuerte pendiente y llena de curvas, pero con unas espectaculares vistas al lago, hasta llegar a nuestro destino, Panajachel (su nombre completo San Francisco Panajachel). Panajachel es un “pequeño gran” pueblo que vive por y para el turismo. La carretera que viene de Sololá divide la población en dos: Hacia el interior de la misma encontramos el pueblo tradicional, con su iglesia, comercios que ofrecen múltiples servicios para los residentes y su plaza principal. Y a mitad de ella sale una calle perpendicular que lleva hacia el lago y que es muy pintoresca, pues está llena de comercios enfocados al turismo: Restaurantes, bares, hoteles, agencias de viajes, tiendas de ropa, souvenirs, mercado artesanal y varios puestecitos de venta ambulante de comida.

Nosotros nos quedamos en un hotelito que hay en la carretera principal y que conocía mi tío Fernando de haber estado ya en alguna ocasión junto a su esposa Mari Carmen, y según me contó, también se alojaron en este mismo lugar en una visita que les hizo mi primo Pedro Fernando en compañía de Ana, la sobrina de Mari Carmen, en un viaje que hicieron juntos a Guatemala. Según mi tío era un hotel que estaba muy bien a un precio económico. La verdad, al ver la fachada me dio un aspecto de ser un lugar viejo y destartalado, y buscaba la forma de hacerlo cambiar de opinión, con las características preguntas como: ¿Fernan, y aquél, parece que no está mal, no…?

En ese momento pensé que como mi tío, en sus 30 años en Guatemala, había vivido muy modestamente y que para él todo lo que tuviese una cama y un baño donde poder ducharse estaba muy bien. Pero como ocurre en numerosas ocasiones, la primera impresión no es la que vale, y nunca es recomendable guiarnos por esas primeras sensaciones sin antes conocer un poco más, bien sea un lugar o una persona. Así que, sin hacer caso a mis preguntas subliminales, entramos en la recepción del «Grand Hotel«, un pequeño habitáculo decorado con las típicas pinturas mayas al óleo caracterizadas por colores brillantes, finos detalles y que representan paisajes o motivos de la vida cotidiana. Nos atendió una agradable señorita y tras hacer la inscripción y el correspondiente pago en Quetzales pidió que otra joven, ataviada con el colorido huipil y con la misma amabilidad típica del pueblo guatemalteco, nos acompañara hasta nuestra habitación. Ya por entonces mis primeros prejuicios iban cediendo, y conforme avanzamos la primera sensación de ser un lugar viejo y destartalado cambió radicalmente cuando tras cruzar la zona de aparcamiento, traspasamos una vistosa puerta de forja, abriéndose ante nosotros unos preciosos jardines con los parterres cubiertos de grama, con infinidad de árboles, arbustos y especies florales que delimitaban los caminos de acceso a las dependencias; el centro lo ocupaba una fuente donde se bañaba una especie de cuervo típico de estas latitudes, y todo ello cuidado con exquisito mimo por un trabajador que nos saludó muy cordialmente. Las habitaciones estaban en los laterales de ese bonito jardín, dispuestas en dos alturas y dando a él las entradas de las mismas. Nosotros nos alojamos en una de la parte de abajo. Era una habitación amplia, limpia, con dos camas, y aunque sin tener nada de lujo disponía de todas las comodidades que necesitábamos (wifi incluído, algo habitual en cualquier establecimiento público de Guatemala). ¡Bueno, a decir verdad eché en falta un mini bar! (es broma…. o no).

Después de dejar nuestras pertenencias en la habitación salimos a dar un paseo por la localidad de Panajachel. Visitamos su iglesia, algo que a los dos nos agrada: Contemplar la arquitectura, esa estilo colonial con mezclas de barroco, pasar unos minutos sentados, en silencio, cada uno con sus oraciones o peticiones, en mi caso por la salud de mis padres, y contemplar en un mismo lugar la mezcla de la religión cristiana con los dioses mayas. Según me contó mi tío, es lo más habitual entre la población indígena, encontrar la fusión de la liturgia católica y las más ancestrales creencias mayas, algo que se vive con toda su intensidad en los pueblos ribereños del lago, donde conviven las luces y las sombras de las religiones.

Una vez cumplido el correspondiente turismo religioso, emprendimos camino a la turística calle Santander, la que lleva hasta la ribera del lago. Tras pasar por innumerables puestos de artesanía y comercios hosteleros, tras numerosas negativas a personas que ofrecen desde un lugar para comer hasta una barca para dar un paseo turístico por el lago, por fin llegamos a la orilla de ese imponente lago. ¡Observar ese grandioso lugar produce una mágica sensación de reverencia ante la majestuosidad del escenario que se abre delante de nuestros ojos! y eso que al ser las primeras horas de la tarde las cumbres de los volcanes estaban cubiertas por las densas nubes que llegan desde el Pacífico, y que conforme avanza la tarde van cubriendo todo el cielo, llegando a dejar caer algún que otro aguacero. Así que, anticipándonos a un posible remojón como el que nos cayó el día anterior, decidimos regresar al hotel para dar cuenta de los sabrosos sándwiches que nos había preparado Lili y descansar un poco, posponiendo para el día siguiente a primera hora de la mañana la contemplación detallada del majestuoso lago y sus imponentes guardianes.

Al día siguiente, después de un suculento desayuno (incluido en el precio de la habitación) caminamos a dar un paseo por el lago, sin tener muy claro si aprovecharíamos uno de los ferris que llevan a Santiago de Atitlán y pasar la mañana por ese bonito y turístico pueblo o coger el coche y circular por las curvadas carreteras que lo circundan. Caminando hacia el embarcadero nos salió un señor ofreciéndonos un recorrido turístico en una barca privada por los distintos pueblos ribereños. Era el patrón y piloto de la barca, por lo que el precio que nos pedía era considerablemente más bajo que otros que nos habían ofrecido el mismo servicio la tarde anterior, y que lo más probable es que fuesen a comisión de un patrón o empresa; hicimos cuentas y comprobamos que por un poco más que lo que costaban los dos boletos del ferry con viaje de ida y vuelta a Santiago Atitlán podríamos ir a nuestro aire, en una barca los dos solos y visitando varios pueblos, estando en ellos el tiempo que necesitáramos sin estar sujetos a horarios. Sin duda una acertada decisión y que recomiendo a quienes visiten este fabuloso lugar.

A las ocho de la mañana, con un cielo despejado que nos permitía contemplar el lago con sus imponentes volcanes, embarcamos mi tío Fernan y yo en una confortable lancha en compañía de nuestro patrón y guía a hacer un recorrido por algunos de los pueblos del lago. La población del lago se reparte entre doce pueblos, cada uno con su dialecto, en los que la mayoría de sus nombres proceden de santos apóstoles y en los que se encuentran tres de las más características etnias mayas del Altiplano: Los quiché, cakchiquel, y tz’utuhil. El auténtico corazón del mundo maya tiene en el Lago Atitlán uno de sus mayores referentes. Los municipios que colindan con el lago son: Panajachel (donde nos encontrábamos hospedados), San Antonio Palopó, San Lucas Tolimán, San Juan La Laguna, San Marcos La Laguna, San Pablo La Laguna, Santa Catarina Palopó, Santa Cruz La Laguna y Santiago Atitlán. Por cuestiones de tiempo (y quetzales) nosotros solo visitaríamos tres de ellos: San Juan La Laguna, San Pedro La Laguna y Santiago Atitlán.

Nuestro patrón de lancha puso proa a nuestro primer destino, San Juan La Laguna, en un agradable trayecto por las aguas tranquilas del lago, sin apenas viento, una suave brisa que nos daba de frente, y pudiendo fotografiar los colosos que nos vigilaban, ya que cuando sacaba la cámara fotográfica nuestro amable piloto aminoraba la velocidad de la embarcación.

Al llegar a nuestro destino nos encontramos ante un pedazo de la laguna donde los pescadores y una comunidad de patos autóctonos aún comparten los recursos provenientes del agua, utilizando unos viejos cayuco que no te explicas cómo flotan, mecido por las olas constantes del lago de Atitlán. Algunos pescadores utilizan técnicas tradicionales para la pesca, lanzan el sedal como siempre se ha hecho, a modo de un lazo, lejos, y luego lo sostienen con delicadeza, atentos a cualquier tirón para clavar el pez, técnica que sin ser muy entendido creo que en Murcia se denomina «chambel».

Un pequeño muelle nos acerca a un conjunto de casas que permanecen en descanso sobre el lago dando la sensación de que el tiempo se hubiera detenido en ese lugar.

Tras desembarcar y subir caminando por la calle principal hacia la iglesia, calle en pronunciada pendiente en la que tuve que despertar los músculos de las piernas, observamos distintas galerías de arte y bonitos murales pintados en las paredes. Según compruebo después es uno de los grandes atractivos que presenta este pequeño y acogedor poblado. Visitar el pueblo es como recorrer una galería del arte naif (Primitivista) dado que son muchas las casas que en sus paredes exteriores exhiben pintura mural de este género, y donde se han asentado algunos artistas de este género pictórico. Este estilo de arte, el primitivismo, está vinculado de forma inseparable con la vida de cada día y con el arte folklórico de los Mayas.

“Es importante saber que el surgimiento de esta manifestación artística ha sido estimulado en gran medida, por el incremento del turismo hacia esos municipios a partir de los años 40. Otros factores que han estimulado el auge pictórico son de índole socioeconómica. Santiago Atitlán, San Pedro La Laguna y San Juan La Laguna han sido municipios en los que la población se ha dedicado a la agricultura, la pesca y la elaboración de artesanía. Con el crecimiento de la población, el empobrecimiento de los suelos, el incremento del minifundio y la disminución del potencial pesquero del lago, pintar se ha convertido en una fuente de ingresos que, además les permite canalizar sus inquietudes artísticas” (Berganza, 2004)

Otro rasgo que distingue a San Juan la Laguna de otros poblados es un esmero muy particular en mantener limpias sus calles, lo cual no es muy propio de los pueblos guatemaltecos.

Tras contemplar la parroquia de San Juan Bautista de La Laguna nos dirigimos a una de las varias asociaciones que hay en la localidad, y que nos recomendó visitar nuestro amable barquero.

En San Juan La Laguna hay varias cooperativas (muchas de ellas, gestionadas por mujeres) donde los indígenas zutuhil (un subgrupo de mayas) se han agrupado para hacer su trabajo más rentable y difundir y comercializar mejor sus obras. Fuimos a una de ellas, una Asociación de mujeres tejedoras, Casa Flor Ixcaco, donde encontramos una pequeña exposición sobre el proceso de tintado y confección de las coloridas prendas que hacen las artesanas de la localidad. Disponen también de una coqueta tienda para ofrecer a la venta del visitante una gran variedad de artículos muy bien confeccionados, y a unos precios más económicos que los que encontramos en la Ciudad de Antigua.

De los tres pueblos que visitamos, coincidimos después los dos, tío y sobrino, que San Juan fue el que más nos gustó: Por ser más pequeño y tranquilo que los otros dos, sin mucho bullicio de turistas, y por no tener en su calle principal ni hoteles, ni bancos ni ninguna característica propia de la vida moderna, lo que le hace ser un entorno único para desconectar del mundo.

Terminada esta visita volvimos al muelle donde nuestro “taxi acuático” nos esperaba para llevarnos al siguiente pueblo, San Pedro La Laguna, a los pies del volcán que lleva el mismo nombre del apóstol. En este pueblo cakchiquel (otro subgrupo maya) ya se nota que el turismo corre por sus calles. Es un pueblo mucho más bullicioso que el anterior y, por lo que nos contó nuestro guía, es el lugar preferido para los turistas “hippies”. De hecho, al pasear por sus calles te encuentras numerosos turistas, sobre todo chicas de distintas nacionalidades, que viajan en solitario con la mochila a cuestas.

En Guatemala es sorprendente la cantidad de sectas que existen, y según me comenta mi tío Fernan, es uno de los países con mayor presencia evangélica del continente, ya que estos grupos se dedican a buscar adeptos entre católicos de escasos recursos y representan actualmente al 50 por ciento de la población nacional. Me dice que lo que lleva adeptos a las sectas no es un tema de fe o espiritual, sino de falsas promesas económicas, que corrompen a la gente que pasa hambre prometiéndoles falsamente alimentos, medicinas y un trabajo a cambio de su conversión, pero que nunca llega. También me comenta mi tío que estas sectas reciben a menudo abundante financiación por parte de ricas organizaciones estadounidenses. Casualmente y guiados por la arquitectura de un imponente edificio encontramos la sede de una de ellas en esta población, una construcción reciente en un lugar privilegiado.

Tras un paseo por el pueblo, visitando su iglesia católica, regresamos hasta el muelle para continuar con la excursión.

De nuevo vuelta a la lancha que nos esperaba en el embarcadero de madera y navegamos hasta nuestro tercer destino, Santiago Atitlán. Llegamos tras pasar por un estrecho pasillo del lago que pasa junto a dos colosos: los volcanes Tolimán y San Pedro, y durante el trayecto pudimos observar la imponente columna de nubes que, fiel a la cita de cada tarde, se aproximaban desde el sur provenientes del Océano Pacífico.

Nuestro patrón de lancha nos dijo que aquí si queríamos estuviésemos más tiempo, ya que al ser el pueblo más grande de los que estábamos visitando requeriría de casi un par de horas. Nos recibieron en el muelle varias personas intentado vendernos insistentemente productos típicos, a lo que avanzamos hacia dentro de la población ignorando las múltiples ofertas. En estos pueblos de Guatemala es común encontrar unos triciclos motorizados denominados “tuc-tuc” unas moto-taxis que son una fuente de ingresos para muchos jóvenes emprendedores, pues ofrecen un transporte rápido a cualquier parte del municipio, incluso actuando como improvisados guías turísticos. A pesar de las empinadas cuestas que se presentaban ante nosotros decidimos rehusar las proposiciones turísticas que recibíamos y tuve que poner a trabajar mis sedentarias piernas.

Esta localidad también está poblada por mayas zutuhils y es, después de Pana (abreviatura de Panajachel), el pueblo más turístico y con más infraestructura del lago. Hay bastantes hoteles y restaurantes, pero sobre todo, muchas tiendas dedicadas a la venta de artesanía, desde tejidos, a pintura (hay pequeñas galerías de arte donde se expone la característica pintura naturalista de los artistas locales), máscaras u objetos de jade o madera, así como mercados de alimentación. Otra prenda típica de Santiago es el tocoyal, una cinta enrollada en la cabeza que todavía portan muchas señoras mayores y que tiene que pesar bastante. La señora que ilustra esta parte se dejó muy amablemente que la fotografiara, tras decirme si le daría propina por ello. Una forma muy decente de ganar unos ingresos extras, si quieres fotografiarme tendré que obtener algo a cambio de ti.

Sin embargo, hay dos puntos de especial interés en Santiago. El primero es su iglesia, ubicada al fondo de una bonita plaza. Es del siglo XVI y en su interior hay un montón de santos vestidos con ropa indígena actual. Es especialmente interesante la mezcla de cultura indígena y católica. Nuevamente, algunas personas mayas vestidas con sus huipiles, rezaban arrodilladas.

En esta iglesia estuvo 13 años el Padre Stanley Francis Rother, un misionero americano que se dedicó a defender los derechos de los indígenas y que lo pagó con su vida, cuando fue asesinado por los escuadrones de la muerte en 1981. Mi tío Fernando lo conoció personalmente en una ocasión, y me cuenta que el día que lo asesinaron habían quedado con él para entrevistarse. Cuando llamaron a la parroquia para confirmar la cita de ese día, él y Mari Carmen se enteraron del fatal desenlace. En la torre del campanario hay una pancarta informando de los 18 días que faltan para el 23 de septiembre de 2017, fecha en que será beatificado el padre Apla´s, como aquí lo conocen. Al entrar a la iglesia, a la derecha, encontramos un pequeño altar en su memoria, con una urna de piedra donde según me cuenta mi tío reposa su corazón.

Santiago de Atitlán fue un lugar especialmente activo y plaza fuerte de la guerrilla que defendía los derechos de los indígenas y desgraciadamente, fue uno de los lugares donde el ejército perpetró más asesinatos en serie durante la guerra civil guatemalteca. Mi tío Fernando, días después de nuestro regreso, escribió estas letras con motivo de la canonización de este mártir:

BEATIFICACIÓN DEL PADRE FRANCISCO

El Vaticano proclama Beato al sacerdote Stanley Francis Rohter, misionero estadounidense asesinado en Guatemala por los militares en 1981

Lo conocí circunstancial y fugazmente hace 45 años, y no volvía verlo, aunque sí supe de él. Era una persona normal, un gringo de buena voluntad, con sonrisa abierta y ojos vivaces. Había nacido en Oklahoma, Estados Unidos, en 1935. Trabajó varios años en la granja familiar; y, luego de realizar sus estudios eclesiásticos en San Antonio, Texas, fue ordenado sacerdote en 1963. En 1968, cuando tenía 33 años, se fue como misionero a Guatemala.

Su campo de trabajo fue la parroquia de Santiago Atitlán, uno de los pintorescos y empobrecidos pueblos que rodean el lago de Atitlán. Se llamaba Stanley Francis Rohter, pero los indígenas Tz’utujiles de la zona lo llamaban Padre Francisco.

Pronto aprendió a hablar en castellano; y poco después aprendió el Tz´utujil. Realizaba con gran abnegación sus funciones religiosas, y se esforzaba por lograr la inculturación de la fe cristiana entre los indígenas; promovió la traducción del Evangelio y los textos litúrgicos a su idioma. Además, apoyado por sus amigos estadounidenses, fundó un pequeño hospital, un centro de nutrición, una escuela y una estación de radio. También trabajó para fortalecer las cooperativas agrícolas de los indígenas.

Trató de vivir de una manera sencilla y pobre, como sus parroquianos. No le importaba sentarse en el suelo y compartir las tortillas de maíz con ellos. Supo entrar en su corazón y valorar su cultura, y ellos lo consideraban como uno de los “ancianos” (depositarios de la sabiduría de la comunidad).

Pasaron los años, y hasta Santiago Atitlán llegó la violencia de la insurgencia y contrainsurgencia. El ejército puso un destacamento militar en Santiago, y comenzó el hostigamiento a la Iglesia local. Todo lo que implicara promover el desarrollo y organización de la gente era visto como subversivo por los militares. Así se lo habían enseñado sus instructores estadunidenses en la Escuela de las Américas, Panamá, donde en aquellos años más de 60.000 oficiales de los ejércitos latinoamericanos recibieron formación en las mejores técnicas de secuestro, desaparición, tortura y masacres…

Entre los años 1980 y 1981 muchas fueron asesinadas o secuestradas-desaparecidas en el lago Atitlán, entre ellos no pocos líderes comunitarios y catequistas formados por la Iglesia. No era raro ver a los militares en los alrededores de la Iglesia Católica, haciendo preguntas en actitud amenazante. Al padre Francisco le tocó recoger muchos cadáveres y sostener económicamente a viudas y huérfanos. En algunos casos, logró facilitar la huida de quienes estaban amenazados…

Su nombre aparecía en todas las “listas negras” de los “condenados” a muerte por el ejército, que no podía tolerar su cercanía y solidaridad con las víctimas ni su trabajo de promoción humana. Pero no se dejó amedrentar. Quería proteger a su pueblo con su presencia ante la amenaza de los soldados. “Este es –escribía a finales de 1980- uno de los motivos de por qué me quedo a pesar del daño físico. El pastor no puede huir a la primera señal de peligro. El pueblo me necesita y yo quiero estar aquí”.

Presionado por sus superiores y compañeros, a primeros de 1981 pasó algunas semas con su familia, pero regresó a Santiago Atitlán para la Semana Santa. Era muy consciente del peligro que corría su vida. “No sabemos cuándo o de qué manera el gobierno usará sus fuerzas para reprimir a la Iglesia…”, escribió entonces.

Poco después, el 28 de julio en la madrugada, su casa fue asaltada por los militares. Al parecer, querían llevárselo vivo. El se resistió. Sabía que, si se lo llevaban vivo, lo torturarían y finalmente lo matarían… Dos balazos en la cabeza acabaron con él. Tenía 46 años. Nadie fue procesado por su asesinato.

Sus parroquianos no querían dejar que su cuerpo regresara a Oklahoma. Al menos lograron que se quedara entre ellos el corazón del padre Francisco, que desde entonces fue venerado en la iglesia de la localidad, junto a la sangre recogida en el lugar del asesinato.

El 1 de diciembre de 2016, el papa Francisco reconoció su muerte como martirio. Había sido un testigo de Aquel que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. Los mártires pueden ser beatificados sin necesidad de que exista un milagro atribuido a su intercesión, y el pasado 23 de septiembre de 2017 tuvo lugar en Oklahoma la ceremonia de su proclamación como Beato.

El padre Francisco fue uno de los 13 sacerdotes muertos en Guatemala durante los años de mayor represión militar. Su nombre se sumaba a la pléyade de sacerdotes, obispos y laicos cristianos que durante las dictaduras derechistas y gobiernos militares de América Latina murieron por ponerse al lado de los pobres. Pasaron demasiados años sin que la Iglesia se moviera, pese a que los pueblos los recordaban y veneraban como santos. El papa Francisco ha iniciado el camino de su reconocimiento como testigos del Jesús liberador, enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos…

Tras esta visita a la iglesia emprendimos la marcha de regreso pasando por uno de los concurridos mercados guatemaltecos, el segundo punto de interés de este pueblo, y donde venden todo tipo de frutas y productos alimenticios, y donde pude ver algunas sobrecogedoras imágenes protagonizadas por los que menos tienen.

 

Al retornar al muelle para embarcarnos de regreso a Panajachel, me fijé que en la orilla del lago había algunas construcciones sumergidas, lo que parecía que eran restos de alguna fuente o estructura de parques. Pregunté por ello a nuestro amable lanchero y contó que el nivel del agua del lago había aumentando considerablemente (algo que me extrañó pues lo normal en Murcia es todo lo contrario, que en lagos y pantanos descienda rápidamente el nivel hídrico) a causa del huracán Micht. Después, buscando documentación para la narración de esta artículo descubro que en efecto, el nivel del agua del lago Atitlán está aumentando pero la causa es bien distinta, es consecuencia de que el manto acuífero del lago tiene ciclos cada cierto tiempo, y que según estudios, el comportamiento del cuerpo de agua puede tener variaciones de hasta 20 metros, subiendo o bajando su nivel por causas aún desconocidas, pero que sin duda relacionas con la actividad volcánica de sus entrañas.

Ya de regreso a nuestro destino inicial, como es normal en esta época del año, el cielo estaba cada vez más nublado, dejando caer algunas finas gotas de agua. Pero lo sorprendente fue que el agua por la que navegábamos estaba muy revuelta a causa del viento que hacía, en algunos momentos con fuertes rachas, y que ocasionaba que nuestra embarcación diera algunos botes más característicos de un mar con aguas revueltas que de un lago de agua dulce. Este fuerte viento estaba causado por el “Xocomil”, que según los mayas, es el viento que recoge los pecados de los habitantes alrededor del lago. Xocomil es una palabra Cakchiquel, una de las lenguas habladas por los nativos de Guatemala. Este nombre está compuesto por las palabras: “Xocom” que significa “recoger”, y por “Il” que significa “pecados”. Leyenda o verdad, desde hace siglos la tradición dice que el espíritu del lago recoge los pecados de todos aquellos turistas y viajeros quienes atraviesan sus aguas, al igual que los de los habitantes de los 12 pueblos de su ribera. ¡Está claro que conmigo el Xocomil se tuvo que ir bien cargado!

El origen de la leyenda dice que antes de que se formara el lago existían tres ríos que se unían en el centro de los tres volcanes. Acostumbraba a bañarse en esas aguas, Citlatzin, la hija del cacique; su cabellera era larga y tan negra como el azabache, rara era su belleza por su piel suave y pálida, diferente a las demás doncellas.

Las aguas se enamoraron de Citlatzin y esperaban ansiosas, la siguiente mañana en que ella llegaba a sumergirse, mientras con su dulce voz las calmaba hasta que los ríos se volvían un remanso. Ellos no ignoraban que esta princesa estaba comprometida con el hijo del Cacique del Norte; no importaba porque la doncella no tenía su corazón puesto en nadie.

Un día después de su baño habitual, Citlatzin decidió dar un paseo por las montañas para recoger flores silvestres y se topo con el hijo del carpintero de la región. Este joven era un plebeyo llamado Tzilmiztli que significaba ‘Puma negro’. Desde que sus miradas se encontraron, no pudieron alejar su corazón uno del otro; para desdicha de las aguas, él rozó la mejilla de ella y se convirtió en su dueño.

Al pasar los meses, la doncella ya no era la misma, ya no cantaba para las aguas cuando se sumergía en los ríos. Estos se dieron cuenta de la transformación de su cuerpo, no lograban imaginar qué estaba sucediendo. Su amada se alejaba de ellos, ya no disfrutaba del suave movimiento del oleaje.

Las aguas pidieron ayuda al viento, éste era testigo del amor y caricia de los jóvenes, les contó todos los detalles. Los ríos se llenaron de celos, con el conspirar de los vientos atrajeron a los amantes a sus márgenes, habían decidido separarlos de por vida.

El viento empujó con fuerza a Tzilmiztil quien cayó dentro de las aguas embravecidas, enredándose en las plantas. Al ver cómo se hundía su amado, Citlatzin se adentró voluntariamente agarrando la mano del príncipe de sus sueños para morir con él.

Las aguas y los vientos lloraron su desdicha formando olas inmensas, era tanta su rabia y dolor por la traición. Desde ese entonces se unieron para vagar todas las tardes protestando y gimiendo como muestra de que no se olvida una herida de amor.

Sea cierta o no la leyenda, la verdad es que impone ver la bravura de esas aguas que en la mañana eran tan apacibles, empujadas por un fuerte viento que rolaba de dirección continuamente. ¡Daba la impresión que el lago estaba cabreado por algún motivo y nos quería fuera de él lo antes posible!

Lo que si es cierto es que todos buscamos un equilibrio en la vida, una seguridad. Unos lo hacen a través de la espiritualidad o religión, otros, a través de supersticiones, creencias o leyendas, y luego están los más locos, que buscan en la escritura su forma de estar en paz consigo mismos, poniendo los sentimientos vividos en palabras escritas para que perduren más allá de su corta existencia.

Así que, retomando lo acontecido ese día y dejándome elucubraciones filosóficas, con ese viento y tras varios golpes secos del casco de madera de nuestra embarcación sobre las duras aguas del lago por fin llegamos a Panajachel, justo en el momento en que varios intrépidos parapentistas aterrizaban en sus inmediaciones bajo las miradas atentas del numeroso público autóctono y foráneo que allí se concentraba.

Tras el espectáculo de los aterrizajes nos acercamos a las inmediaciones de la desembocadura del río San Francisco, donde unas personas se ganan la vida como pueden extrayendo arena de su cauce. Un duro trabajo que te hace acordarte de lo fácil que tenemos nosotros el ir a un almacén de materiales de construcción a comprar un saco de tierra.

Después de toda una mañana de excursiones por esos pueblos y con la energía que nos proporcionó el desayuno ya consumida, tras varias ofertas de los camareros que en la puerta de los restaurantes te ofrecen su amplia carta, decidimos dar cuenta de un menú a base del producto típico del lago: Mojarra frita (típico pescado del lago) acompañado con arroz hervido, ensalada, las indispensables tortitas de maíz y una fría y muy sabrosa Cerveza Cabro, que me hizo acordarme de un buen amigo de Alguazas; no sé si por su afición a la cerveza o por la marca de la misma…

Ya entrada la tarde regresamos a nuestra confortable habitación con vistas al precioso jardín para que, Fernan descansara un poco, y yo poner por escrito las notas de ese día que me ayudan ahora a recordar lo vivido. Tras el descanso decidimos aprovechar la tarde para visitar otras zonas cercanas del lago, llegando a la que sin duda es la zona más lujosa de todo el Lago de Atitlán, el Valle de San Buenaventura. Allí se ubican tres fabulosos hoteles, y nosotros, haciéndonos pasar por unos turistas que estaban buscando un hotel para realizar un viaje familiar en próximos meses, nos metimos a inspeccionarlos.

El primero, y el más alejado de los tres, aunque están pegados uno a otro, es visible desde prácticamente cualquier lugar del lago, ya que son tres altas torres de color verde. Se trata del Hotel La Riviera de Atitlán. Aquí el trato fue correcto pero sin mucha efusividad, siendo sin duda lo mejor de este hotel las vistas que se han de contemplar al lago desde las plantas superiores, pero que esas construcciones desentona totalmente con la arquitectura de la zona y el entorno medioambiental en el que se asienta, algo así como los típicos edificios que podemos encontrar en las masificadas costas del levante español. ¡Espero que el pueblo guatemalteco aprenda de nuestros errores y no sigan construyendo ese tipo de edificios en un entorno tan bonito!

El segundo que visitamos, pegado a este, ya nos dejó una mejor impresión y un motivo para querer regresar algún día a este fantástico lugar. Se trata del Hotel San Buenaventura de Atitlán, un precioso hotel rodeado de bellos jardines, con casas exquisitamente diseñadas que se asemejaban a un antiguo monasterio, y con unas piscinas al lago con vistas de ensueño. La amabilidad del recepcionista fue muy buena, como norma general en los guatemaltecos, y nos permitió entrar a los jardines y a la fantástica playa privada que dispone el recinto sin ningún problema: Una coqueta cala de aguas cristalinas de color verde turquesa y con exuberante vegetación hasta prácticamente la misma orilla de finas piedras.

Y por último, visitamos el Hotel Atitlán. Este sin duda es un hotel que nada tiene que envidiar al mejor de los hoteles de lujo del mundo. Como su publicidad reza “Una ventana al paraíso”. La entrada dispone de fuertes medidas de seguridad con una puerta automática de hierro y guardias armados. Al intentar acceder nos hicieron el alto, les dijimos que queríamos visitar el recinto para pedir información, y previa anotación de la matrícula de nuestro carro nos permitieron entrar sin el más mínimo problema. Al entrar en la recepción, maravillosamente decorada con muebles tallados en madera combinada con azulejos de cerámica, que refleja el elegante estilo colonial español del siglo XVIII, un amable recepcionista nos recibió de una forma exquisita. Nos informó de precios y al pedirle permiso para visitar los exteriores nos comentó que normalmente cobraban un precio para visitarlos, pero que al ser ya media tarde podíamos pasar sin abonar nada. Los jardines, las vistas, la piscina… todo era una delicia para los sentidos, y cuidadosamente mantenidos. Un trabajador nos dijo que eran 15 las personas que diariamente cuidaban los jardines y exteriores del hotel. Lo que más me sorprendió fue que junto al embarcadero, a orilla del lago, había dos helipuertos, y que según me comentó mi tío Fernando era habitual que gentes que venían en avión a la ciudad de Guatemala procedentes de EE. UU. cogían nada más aterrizar un helicóptero hasta el hotel donde se alojaban unos días. O también el caso de otros guatemaltecos que utilizaban ese medio de transporte aéreo para venir a comer al hotel y regresando a sus mansiones en el mismo día.

Al salir a recepción para despedirnos aún este hotel nos deparaba una sorpresa más. El amable recepcionista nos sugirió (posiblemente influenciado por el hecho que yo llevaba una camiseta del Club Senderista ¡¡Despacico, que no llego!! de Alguazas, y el amable señor supuso que éramos una representación de dicho club) que si queríamos podíamos visitar alguna suite y una habitación estándar, para que conociésemos bien el hotel y lo que nos ofrecía para esa futura estancia. Así que encantados con el ofrecimiento acompañamos a un empleado que nos mostró esas dos habitaciones. En primer lugar una habitación estándar, con cama de hierro de forja, muebles de excelente madera, pequeño balcón con vistas al lago y todo el suelo de una preciosa baldosa tradicional. ¡Sin duda un excelente lugar para pasar unos días de descanso! Y como colofón nos mostró una suite. ¡Qué voy a decir, una auténtica maravilla del buen gusto! Amplia cama, decoración similar a la anterior pero con tapices bordados en las paredes, una amplia terraza individual con inmejorables vistas al atardecer que se estaba produciendo en ese momento sobre el lago… ¡Pero lo mejor es que tenía dentro de la habitación una chimenea de leña! que según nos comentó nuestro guía se encendía en las frías noches de invierno que se daban allí.

En definitiva, un hotel con una decoración, trato, jardines, etc. de lujo pero sin caer en excesos estrambóticos. Sin duda que el lugar ideal para ir a celebrar un buen premio de la lotería.

Una tarde turística muy amena y gratificante que fue «in crescendo» en todos los aspectos conforme pasábamos de un establecimiento a otro: En decoración, paisajes, gusto arquitectónico y amabilidad. Con la relajación propia de contemplar estos placeres para los sentido, emprendimos el corto viaje de regreso a nuestro humilde pero también bonito alojamiento, pasando por delante de la Reserva Natural de Atitlán, pero que en vista de lo tarde que era y de que estaba lloviendo, decidimos visitarlo en la mañana siguiente antes de partir hacia San Marcos, y de la que tratará el siguiente capítulo.

 

EL CONTRASTE:

Guatemala posee una de las más grandes riquezas en cuanto a biodiversidad se refiere, a nivel mundial, con una gran cantidad de microclimas y características geológicas que lo hacen único en el mundo. Sumado a ello existe una gran diversidad de culturas y formas de comunicación lingüística que las diferencia de muchas otras. Posee la riqueza cultural en donde existió una de las culturas más antiguas de la humanidad como lo fueron los mayas quienes dentro de su herencia milenaria definieron el Cero como número y generaron un calendario muy exacto para su época, además de la riqueza arquitectónica que dejaron.

Sin embargo, también es un lugar en donde contrasta la pobreza (es una nación en que 49% de los niños menores de cinco años padece de desnutrición, y más de la mitad de la población vive en pobreza y en extrema pobreza) con una riqueza muy grande en cuanto a recursos naturales, que le hace el ser el país líder de Centroamérica con más multimillonarios. 260 guatemaltecos acumulan 56 por ciento de la economía anual del país. Esto se traduce así: El 0.001 por ciento de los 15 millones de guatemaltecos tienen más capital que el resto de la sociedad (Enlace al informe de 2015).

En Guatemala podrían tener una fuente de ingresos muchas familias si potenciaran el turismo ecológico, un turismo respetuoso con el Medio Ambiente que sacara todo el potencial que ese bello país posee, y que tan en auge está en muchas otras zonas del planeta, pero que con la violencia que sufre Guatemala y el atraso en políticas medioambientales hace que muchos posibles turistas rehúsen conocer este precioso país.

 

 

Guatemala, país de contrastes. Capítulo III – Un océano de vivencias

Un océano de vivencias

El primer domingo que pasé en Guatemala fue un día cargado de aventuras. Teníamos previsto visitar el asentamiento de retornados de San Vicente, donde entre los años 1999-2002 la Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas financió la construcción de un plan de infraestructuras en dicho asentamiento de la localidad de Guanagazapa, Departamento de Escuintla.

En este asentamiento de retornados del exilio, y con subvenciones de la Comunidad Autónoma de Murcia y distintos ayuntamientos de la región (entre ellos el de nuestro pueblo, Alguazas), se consiguió construir 75 viviendas, una escuela con seis aulas, un salón de usos múltiples, casa de salud, también se logró la introducción y distribución de agua potable y el aplanado de las calles (aquello era un trozo de monte sin ningún servicio). Todo esto fue dirigido para ayudar a 75 familias, unas 311 personas indígenas mayas (de ellas muchas eran jóvenes y niños) que debido al conflicto armado que sufrió el país durante 36 años y el etnocidio que practicaron los gobiernos militares contra las poblaciones mayas campesinas, vivieron refugiados por más de 15 años en el vecino país de México, logrando retornar a su país en Julio de 1998, después de la firma de la paz de 1996. Las pocas pertenencias que tenían las perdieron totalmente debido a la persecución y muerte que algunos de ellos sufrieron durante dicho conflicto, y al retornar a Guatemala del exilio tuvieron que comenzar sus vidas de cero. El Gobierno, tal y como venía reflejado en los Acuerdos de Paz  les dotó de un terreno donde asentarse, pero al no tener medios vivían en chabolas de maderas, plásticos y chapas como único refugio ante las inclemencias.

Esta situación era conocida de primera mano por mi tío Fernando, ya que durante el conflicto armado había estado trabajando en Chiapas (México) con muchos de estos refugiados en la frontera con Guatemala, y cuando finalizó la guerra y pudieron regresar a su país, él también lo hizo, siendo el responsable del Programa de Derechos Humanos del Arzobispado del Departamento de San Marcos. Así que informó de la situación de estas personas a la Asociación Amigos de Guatemala para que, si la Directiva lo consideraba oportuno, continuasen con la labor para la que se había constituido, e iniciasen la elaboración de un proyecto que ayudase estas 311 personas, de forma que pudieran vivir de una forma humilde pero digna, integrándose en la nueva situación de su país. La Directiva lo consideró oportuno y la Asociación se puso en marcha para conseguir las subvenciones necesarias que pudiesen hacer realidad este proyecto.

La Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas también financió la construcción de una iglesia en el asentamiento de San Vicente, pero fuera del proyecto de subvenciones oficiales, con colaboraciones de socios, venta de lotería y cenas benéficas.

Así que ese día, puesto que el asentamiento de San Vicente está cerca de la costa del Océano Pacífico, nuestros anfitriones, Lilian y Óscar, se brindaron amablemente a llevarnos hasta él, y ya aprovechar el viaje para que yo viese por vez primera el mayor océano de la Tierra. El domingo 3 de septiembre, la pareja con sus cuatro niños, mi tío Fernando y yo salimos de excursión bien temprano a las playas del Pacífico. Como en el habitáculo cerrado de la “pick up” (como les llaman a los todoterrenos 4×4 con una plataforma abierta atrás) no cabíamos todos, los tres chicos mayores (Edu, Samuel y Jimena) y yo fuimos en la parte trasera. Viajar ahí es algo novedoso para un europeo, pero muy habitual en estos países, viéndose por las carreteras infinidad de camionetas (como nosotros las llamamos) con hombres, niños o mujeres en la parte trasera, y en numerosas ocasiones puestos en pie sin la más mínima medida de seguridad; como digo, algo muy asombroso para un español acostumbrado a que en su país sea obligatorio hasta que los niños lleven colocado un elevador especial en el asiento trasero del vehículo con su correspondiente cinturón de seguridad. Dicho sea de paso, en Guatemala también es habitual ver circular motos sin el correspondiente casco ni por el conductor ni pasajero, incluso por autovías.

Un inciso antes de proseguir: Quiero dejar claro que esto no es una crítica a la sociedad guatemalteca, que mis amigos de ese país no se vayan a ofender por mis palabras, tan solo pongo por escrito las sensaciones que me causaron las costumbres y actuaciones en ese país comparadas con la cultura en la que vivo. Está claro que es un país que hasta hace poco más de 20 años estaba en una guerra fratricida que, entre muchas cosas, supuso un atraso respecto a países de su entorno, poco a poco deberán de ir adaptándose e implantando actuaciones que supongan una seguridad para las personas y el medio ambiente, siempre y cuando sus políticos quieran y se preocupen del bienestar de su pueblo.

Hago mención al medio ambiente porque también es curioso para alguien que cada año ha de llevar su viejo coche a pasar la ITV donde le miden los valores de emisión de CO2 para que los gases de escape no sobrepasen los límites permitidos, el ver viejos carros o camionetas (allí se les llama así a los autobuses) echando al ambiente cantidades insufribles de humo negro, que cuando viajas detrás de uno de ellos has de subir las ventanillas para no acabar intoxicado. Otro aspecto del que deberían concienciarse por el bien de nuestro planeta, aunque comprendo que para mucha de la población guatemalteca su primera preocupación es vivir dignamente.

Retomando la narración de ese día, era toda una experiencia para mi el ir en esa plataforma abierta pudiendo sentir el viento en la cara (que me hacía recordar mis tiempos pasados de motero) y con posibilidad de fotografiar el paisaje sobre la marcha, haciendo una parada durante el mismo para contemplar la majestuosidad de los volcanes que teníamos a la vista: El volcán de Agua y el de Fuego, activo este último y del que sale una imponente columna de humo. El volcán de Fuego tiene una altitud de 3.763 metros sobre el nivel del mar, y su cráter está cubierto de lava. Me comentan mis acompañantes que la última erupción tuvo lugar en el mes de mayo de este año, hace unos cuatro meses ¡Tiene que ser toda una experiencia el poder ver y fotografiar ese grandioso espectáculo de la Naturaleza! aunque también muy peligroso y preocupante para las personas que viven en las poblaciones cercanas. Actualización a 4 de octubre de 2017: El Volcán de Fuego entra de nuevo en erupción estos días.

El viaje al principio era muy divertido, pero cuando llevas una hora sentado en la misma postura sobre una superficie rígida y dura ya no sabes cómo ponerte: se te duermen las piernas ya que con cuatro personas recortadas, el espacio para poder estirar los pies es bastante escaso. Tras cerca de dos horas llegamos a la costa del Océano Pacífico, concretamente a las playas de Monterrico (Taxisco). ¡Es imponente ver ese mar azul turquesa, con esas olas que poco dicen a su nombre! pero lo que más me sorprendió fue la calidez de sus aguas. Esperaba que fuesen aguas frías, como las del Atlántico en el norte de España, pero nada que ver; me metí en el océano hasta las rodillas y puedo asegurar que el agua estaba más caliente que en el Mediterráneo en pleno mes de agosto. Otra característica que me sorprendió fue el color negro de sus arenas, fruto de sus orígenes volcánicos, y el que esos granos de arena diluidos en las agitadas aguas se te metieran por todo el cuerpo mojado, terminando de arena hasta en los mismísimos.

Tras un buen rato en que los chicos se bañaban y, Santiago, el pequeño de la familia jugueteaba en la playa, los adultos nos tomamos unas cervezas bien frescas a la orilla del mar, en un chiringuito donde los pollos corretean entre las mesas y donde las duchas son una tubería colgada del techo en un habitáculo recubierto de plásticos. Todo muy sorprendente para alguien acostumbrado a las comodidades de nuestras playas, donde encuentras lavapiés y duchas cada pocos metros. Y de nuevo recalcar que no es una crítica a este país, sino más bien una crítica a las comodidades a las que estamos acostumbrados, donde nos quejamos cuando no encontramos unos mínimos servicios en una playa cuando en otros países viven sin tantas comodidades y son igual de felices que nosotros, o más.

Después de un rato de playa, cervezas y charla amena, emprendimos la marcha para ir al asentamiento de refugiados de San Vicente, donde teníamos que reunirnos para ver el estado del asentamiento y cambiar impresiones con algunos de sus habitantes, algunos de ellos buenos amigos de la familia. Para llegar hasta allí nuestro conductor, anfitrión y amigo, Oscar, nos tenía planeado una aventura muy bonita y espectacular: Cruzar el coche en un ferry (una barcaza de madera) por los manglares del Canal de Chiquimulilla, cerca de la frontera con El Salvador, un paraje precioso que está protegido como parte de la Reserva Natural Biotopo Monterrico-Hawaii, y donde abundan infinidad de aves migratorias, y según nos dicen, tortugas, caimanes e iguanas. Un protagonista relevante de este canal es el mangle, un árbol que genera formas caprichosas y variadas. En la reserva hay partes que son verdaderos laberintos formados por múltiples canales que solo pueden ser transitados en cayucos o lanchas pequeñas, aunque nosotros navegamos sin salir del canal principal. La travesía duró unos 30 minutos y fue muy bonita, observando y fotografiando todo ese paisaje mientras otras barcas circulaban en sentido contrario al nuestro.

 

La temperatura que hacía allí era la típica de climas tropicales, un día soleado con ese calor cargado de humedad. Al llegar al otro extremo del canal y bajar el coche a tierra, Oscar hizo una parada para refrescarnos, y que yo disfrutara por primera vez del agua de coco, una bebida deliciosa que se obtiene directamente de esa fruta tropical, abriendo el coco un lugareño a golpe de machete, y que tras beberlo utiliza de nuevo las mismas artes para poder comer su delicioso fruto. Sin duda un manjar exquisito que aún estaba mejor gracias a que los cocos estaban almacenados al fresco de una nevera frigorífica. Ello sumado al calor que tenía hizo que me supiese a gloria esa nutritiva bebida.

Después del paseo y refrigerio, de nuevo casi otra hora de viaje en la parte trasera del vehículo por carreteras bacheadas que sumada a la velocidad a la que conduce Oscar era lo más parecido a estar en una montaña rusa. Llegamos a la entrada del camino que conduce al asentamiento donde nos esperaba el bueno de Juan Reynoso, al que seguimos por varios kilómetros circulando por un precioso camino de tierra rodeado de vegetación y con aromas a hierba y tierra mojada, fruto de las recientes lluvias.

Otro inciso: A Guatemala a menudo se la denomina “La tierra de la eterna primavera” a causa de su clima tropical y subtropical que mantienen cierta uniformidad en las temperaturas durante todo el año, aunque existen tres regiones climáticas diferenciadas según su elevación sobre el nivel del mar: la zona templada, la tropical y la de clima frío de montaña. Allí las estaciones no son tan marcadas como en latitudes más al norte o al sur del ecuador. En realidad, las estaciones se reducen a dos: la lluviosa, a la que se le denomina invierno, de mayo a octubre, y la seca, a la que se conoce como verano, de noviembre a abril. Nosotros estuvimos en septiembre, en plena época de lluvias. Lo habitual en esta época es que las mañanas amanezcan totalmente despejadas y conforme avanza el día las nubes ganan terreno hasta que a media tarde caen lluvias, en algunas ocasiones en forma de intensas tormentas tropicales, como bien pudimos comprobar ese día; pero no adelantemos acontecimientos.

Unos kilómetros antes del asentamiento pasamos por un puente sobre el río Asuchillo, y recordé lo que me contó mi madre de la primera vez que vinieron aquí a San Vicente, que tuvieron que vadear el río, ella y mi padre subidos en el coche con el conductor y los demás hombres que los acompañaban cruzando el río caminando, ya que ese puente no estaba aún construido y esa era la única forma para poder cruzarlo. El puente que nosotros cruzamos se construyó hace algunos años, obra que ejecutó el Gobierno de Guatemala con fondos propios y con ayuda de la Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas.

Por fin llegamos a San Vicente, donde el recibimiento fue muy caluroso y emocionante. Son muy buenas personas, algunas de las cuales guardo bonitos recuerdos de cuando estuvieron en Murcia en unas jornadas de concienciación que organizó la Asociación. Allí estaban Juan, Lucía, Manuel, Doña Marta (una señora encantadora que allí sigue viviendo con sus 84 años); también estaba Abigail, que la conocimos siendo una niña cuando la Asociación la trajo a España a ver si se podía hacer algo para paliar su ceguera y que ya es toda una mujer, casada y con una preciosa niña; también encontré a Adelaida, la muchachita que vino a España después de muchas cartas intercambiadas con mis padres desde bien niña y que se emocionó mucho al verme, pues pensaba que era otro familiar el que acompañaba a mi tío Fernando y no yo, por lo que se sorprendió mucho al encontrarnos saltándosele las lágrimas de la emoción, pues según me contó guarda muy buenos recuerdos de España y de nuestra familia. También está felizmente casada y con dos niños, y me confesó que estaba ahorrando para volver de nuevo a España con sus niños, que es su gran ilusión poder volver a visitarnos, sobre todo a mis padres Juan Antonio y Ana María. En definitiva muy buenas personas que conocí hará unos 17 años pero que el aprecio y cariño continúan intactos a pesar de la distancia y del tiempo transcurrido.

En el recinto techado pero al aire libre de la humilde casita nos ofrecieron una suculenta comida a base de frijoles, nachos, chicharrones, ensalada, hervido de verduras, pollo cocido, y cómo no, todo acompañado de las tortitas de maíz, indispensables en cualquier comida guatemalteca. Pasamos una agradable comida charlando sobre la situación del país y recordando viejos tiempos, mientras unas gallinas con sus pollitos y patos correteaban entre nosotros.

Tras la comida fui con Manuel a dar un paseo por el asentamiento, donde me enseñó campos de maizales, de piñas, manglares… todo un precioso vergel en ese lugar donde la Naturaleza crece exuberante gracias a la fértil tierra y abundantes lluvias.

De hecho, estando paseando entre los manglares empezaron a escucharse fuertes truenos, cada vez más cerca, y poco a poco las nubes fueron cubriendo el cielo azul, hasta que de repente empezó a caer una intensa tromba de agua que nos caló bastante. Corriendo llegamos al techado de la vivienda y allí nos pusimos al cubierto de esa lluvia torrencial acompañada de fuertes relámpagos que tronaban como si cayesen allí al lado. Cuatro o cinco sonaron aterradores, como si el cielo se fuese abrir sobre nosotros, con una resonancia y un eco como nunca antes había escuchado; pero fue algo muy bonito y espectacular el ver caer esa cantidad de agua por espacio de algo más de una hora, acompañada de esos impresionantes truenos y disfrutando del inmenso aroma que emanaba de esa tierra tan fecunda.

En la espera a que aminorase la tormenta, los patos jugueteaban entre el agua que caía formando pequeños riachuelos, y nosotros continuamos con las amenas charlas cargadas de recuerdos, de proyectos futuros, de risas. Para hacer aún más llevadera la tarde me dieron a probar licha, un fruto de aspecto exterior como un erizo de color rojo; el hijo de Manuel, al ver mi cara de extrañeza sin saber si meterle un bocado o dejarlo en la mesa, me explicó cómo se abría y se extraía el fruto, una pulpa redonda, de color blanco translúcido y con un dulce y agradable sabor.

Vendedor ambulante de licha

Cuando la lluvia apaciguó su intensidad ya estaba oscureciendo, por lo que era hora de emprender el viaje de regreso. Adelaida comentó que tendría que volver a la ciudad de Guatemala en camioneta (uno de esos viejos buses) con sus dos niños, a lo que Oscar se brindó a que viniese con nosotros en el carro para que no llegasen muy tarde a su casa, que él pasaría atrás con nosotros en la parte exterior y dejaría conducir a Lili para que las mujeres fuesen más cómodas y no se mojasen. Menos mal que lo convencimos para que reconsiderase la propuesta y condujese él, no como falta de caballerosidad hacia nuestra anfitriona, ni mucho menos, pero con la lluvia caída, anocheciendo y por esos caminos de tierra era lo más seguro para todos.

Autobuses (camionetas) típicos de Guatemala

Y ahí comenzó la aventura del viaje de regreso: Al salir del asentamiento, bajando una fuerte pendiente nos encontramos con una “pick up” parada pues se le había roto la caja de cambios automática, e interrumpía el paso a los vehículos que entrasen o saliesen del mismo. Nos dijo el conductor, un señor mayor que regresaba a San Vicente, que lo sentía mucho pero que no podía ladear el carro, que no andaba nada y no había sitio donde orillarlo, por lo que deberíamos dar la vuelta y salir por otro camino, mucho más largo y de peor estado. Oscar, esa gran persona dispuesta a ayudar a todo el que lo necesite, se brindó para intentar remolcarlo con su Toyota, tirando con una cadena que llevaba para estas situaciones, pues según comentó viajaba de vez en cuando a la selva del Petén y en más de una ocasión la había tenido que usar. Dio la vuelta a su “pick up” en un estrecho camino haciendo unas cuantas maniobras muy ajustadas, enganchó con la cadena los dos coches y tiró del vehículo averiado por toda la cuesta hacia arriba, usando la gran potencia de la reductora del 4×4 y con nosotros subidos en la plataforma para que con el peso no derrapasen las ruedas sobre la pista mojada. ¡La verdad, parecía una imagen propia de una película de aventuras!: Un rescate bajo la lluvia en medio de una zona boscosa iluminada con los últimos rayos de sol del atardecer que se querían colar entre las nubes, dando a ese cielo grisáceo un color anaranjado con algunos trazos multicolores causados por la refracción en las gotas de agua. ¡Lástima que no pude inmortalizar ese momento! había metido la cámara de fotos y el móvil dentro del coche para que no se mojasen con la lluvia que aún caía y en la subida de los dos vehículos no hubiese sido muy apropiado hacerlos parar para sacar la inmortalizadora de imágenes. Tras varios empujones el potente auto logró superar la pendiente y llevar al carro averiado hasta una amplia zona del asentamiento, frente a las aulas escolares, donde lo dejamos y, después de los correspondientes agradecimientos y despedidas, de nuevo emprendimos el viaje de regreso.

Un viaje que recordaré como uno de los peores de mi vida en coche, pero también de los más intensamente vividos. Calado hasta los huesos, de noche, lloviendo aún con intensidad, las gotas de lluvia sumadas a la velocidad del vehículo parecían alfileres golpeándome en la cara y brazos (como salimos con sol iba en pantalón corto, camiseta y sin tener la precaución de haber cogido el impermeable, aunque lo pensé, pero al final creí que no lo necesitaría sin ser consciente de los cambios atmosféricos de Guatemala). Como he dicho en alguna ocasión, Lili y sus hijos son unas personas muy amables, dispuestas a ayudar, generosas, por lo que al verme en esa situación me dieron la sudadera de uno de los chicos para que me protegiese la cara, ya que argumentaron que al ir él pegado a la pared del habitáculo del coche no le golpeaba tanto la lluvia, y yo la necesitaba más. ¡Como digo, la generosidad de las gentes guatemaltecas! En esa situación salimos a la autovía y, Oscar, le apretaba más al carro para llegar cuanto antes, cosa que no sé qué sería peor, si el frío y los alfilerazos de la velocidad, o el tiempo de ir con las piernas encogidas sobre la dura chapa de la caja del vehículo. A mitad de camino hay un peaje en la autovía y las retenciones para pasarlo nos llevó unos 15 minutos, tiempo que aprovechamos para ponernos de pie y estirar un poco las piernas. Es también impresionante ver en cualquier retención la cantidad de gente que dedican estas colas para vender fruta, zumos, agua, frutos secos, etc. y allí habían decenas de personas caminando cola arriba cola abajo, aguantando la lluvia, para poder ganar unos quetzales con la venta ambulante de esos productos. Tras hacer el respectivo pago, vuelta a pasar frío bajo la lluvia en el exterior del vehículo a 120 kilómetros por hora. Así hasta las proximidades de la ciudad de Guatemala donde por fin dejó de llover, pero aún nos quedaba una última “anécdota” para acabar el día y, que gracias a Dios, quedó solo en eso.

En un momento de la marcha Oscar tuvo que dar un frenazo a causa de una retención inesperada, y el coche que nos seguía al frenar bruscamente para no colisionar con nosotros empezó a derrapar a causa del asfalto mojado. Yo, que iba junto al portón trasero, como si de una película a cámara lenta se tratase, cada vez lo veía más cerca de nosotros y sentía aproximarse el silbido intenso de los neumáticos derrapando sobre la superficie mojada. Cuando creí que el choque era inevitable y nos iba a dar de lleno, me incorporé un poco sobre mi brazo derecho y giré el cuerpo hacia la parte delantera del habitáculo, por si el impacto en los hierros del portón trasero me alcanzaba en la pierna, y en ese justo momento giré la cabeza hacia la izquierda, viendo el morro del coche que nos precedía a escasos cinco centímetros del paragolpes trasero del pick up. Ahí vi también la cara de susto de la pobre mujer que lo conducía, agarrando fuertemente el volante y con los ojos que se le salían de sus cavidades. He de decir que por suerte la señora no dio ningún volantazo, algo que con el estado de la carretera y el tráfico existente en los tres carriles no sé qué hubiese pasado. Mantuvo el coche recto entre la fila de coches de su derecha y la mediana de la izquierda (circulábamos en el carril izquierdo, el más rápido en esos momentos, aunque en Guatemala da igual por el que vayas), quizás a causa del susto, pero que fue lo mejor que pudo hacer. Sin duda que mi Ángel de la Guarda ese día tuvo que emplearse a fondo.

Y así llegamos sanos y salvos a la entrada del condominio (como llaman aquí a los residenciales cercados con altas vallas, barreras para entrar y guardias de seguridad) donde vive la familia que nos aloja, y donde esperaba el esposo de Adelaida para recogerla junto a sus dos hijos. Tras la despedida, al llegar a casa me di una reponedora ducha caliente y Lili nos preparó una sopa para cenar que me supo a gloria, de las mejores que he tomado nunca.

Y de esta forma finalizó este apasionante día por tierras guatemaltecas, dando gracias a Dios por todas las experiencias vividas y por llegar sanos y salvos. Como días después me dijo mi tía Mari Carmen a nuestro regreso a España, eso que para mí fue una gran experiencia era su día a día cuando ellos estaban en Guatemala, y que echa de menos esa sensación de estar viva, el saber qué aventuras te deparará cada nuevo día. Efectivamente, allí, donde no tienes tantas comodidades y seguridad, es donde realmente se vive plenamente cada día.

 

EL CONTRASTE:

Las diferencias climáticas que hay en un pequeño país en una misma época del año. La geografía repercute en el clima de Guatemala. Existen dos cordilleras principales en el país que, en líneas generales, dividen Guatemala en tres áreas geográficas principales: la tierras altas (meseta y zonas montañosas), la región costera del Pacífico, y el departamento de Petén, al norte de las montañas y de características tropicales, Dichas tres regiones de Guatemala difieren en condiciones climáticas debido a las diferencia de altitud que producen contrastes pronunciados entre las tierras bajas – cálidas y húmedas- y las más secas y frescas regiones montañosas.

El clima de la región costera del Pacífico forma parte del área climática tropical. Las llanuras de Petén y las tierras bajas selváticas se caracterizan por su clima tropical húmedo. Junto a la zona tropical y la templada, en Guatemala existe también una región de temperaturas frías situada en las elevaciones superiores a los 2.000 metros de picos y cordilleras. Las temperaturas por el día son más frescas que en la zona templada y al anochecer descienden por debajo de los 0° e incluso llegan a caer heladas y nieve. El Departamento de San Marcos, donde también estuvimos, y que hablaré en otro capítulo, tiene el municipio poblado más alto de Guatemala y Centro América, Ixchiguán, con 3.200 metros sobre el nivel del mar.

Guatemala, país de contrastes. Capítulo II – La Antigua ciudad

La Antigua ciudad

Este viaje mío a Guatemala fue motivado por varias causas. Por un lado mi tío Fernando tenía que regresar al país que dedicó gran parte de su vida a impartir unas charlas y dar a conocer su nuevo libro, ”El grito de los refugiados”. Por otro lado, la ilusión de mi padre, Juan Antonio a que conociera ese país al que tanto tiempo había dedicado a través de la Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas, de la que es Presidente. Él ha visitado Guatemala en ocho ocasiones y ha visto y comprobado la realidad social de ese país con tantas posibilidades pero tan maltratado. Mi madre, Ana María, también lo ha conocido en tres ocasiones, la primera de ellas viajando en solitario en un trayecto cargado de anécdotas que aún recuerda en numerosas ocasiones. Mi hermano Eduardo fue el primero de la familia en conocer el país en el que estaba nuestro tío Fernando, y mi hermana Encarni también viajó a Guatemala en compañía de nuestro padre. Por tanto, yo era el único de la familia que no conocía ese país (ni ninguno de América), por lo que mi padre me cedió muy gustosamente su puesto como representante de la Asociación para viajar a supervisar las ayudas que estaban concediendo este año, aunque más motivado por la ilusión de que yo, el único miembro de la familia que no había ido a Guatemala, conociera ese país del que también él había quedado fascinado por sus encantos y por sus gentes (algunas de las cuales siguen siendo hoy en día muy buenos y apreciados amigos) que por la labor a realizar, aunque también ese era un motivo importante.

Soy consciente que esa misma motivación hacia mí la tenía también mi tío Fernando, pues desde un principio todos sus esfuerzos y disposición iban encaminados a que yo conociese al máximo posible Guatemala, tanto en su realidad social, como por qué no, en su faceta turística, pues este es el gran potencial que tiene ese país centroamericano y que si supieran explotarlo (o mejor dicho, si sus gobernantes quisieran) sin duda que sería uno de los mejores destinos turísticos del mundo.

Así que, guiado por este último propósito, mi tío Fernan pidió a nuestra anfitriona Lilian que al día siguiente a nuestra llegada nos llevara a la majestuosa ciudad de La Antigua de Guatemala, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1979.

Catedral de Santiago

Y antes de seguir, un poco de Historia para ponernos en antecedentes:

Después de los descubrimientos de Cristóbal Colón, la Corona Española se interesó en las riquezas que poseía el territorio mesoamericano (región americana que comprende México y gran parte de América Central) y esas tierras sin explorar motivaron a los españoles a una aventura, con el fin de conquistar y asentarse en este nuevo mundo. 20 años después de la llegada de Colón, embarcaciones españolas habían anclado en varios lugares de América, entre ellos, Guatemala y México.

Hernán Cortés, en compañía de un gran grupo de españoles entró a tierras mexicanas, lugar de donde envió a uno de sus capitanes, Pedro de Alvarado, para explorar y conquistar el territorio que se encontraba más hacia el sur. El conquistador llegó a las tierras mayas con un ejército de españoles y aliados guerreros de México.

Pedro de Alvarado pensó en fundar una ciudad como centro de gobierno de los territorios conquistados y dominados por la Corona Española. Iximché era la capital del reino maya kaqchikel, y en 1524 esta ciudad fue elegida para asentar la capital, llamándola “La Villa de Santiago de Guatemala”, en honor al conocido Apóstol Mayor. Los mayas de esta ciudad se levantaron en armas por no estar de acuerdo por los tributos que los españoles les pedían, obligando a los conquistadores a buscar un nuevo lugar para la ciudad.

El 22 de noviembre de 1527, Jorge de Alvarado, hermano del recriminado conquistador, asentó la nueva ciudad en el Valle de Almolonga, a los pies del Volcán de Agua, nombrándola, “Santiago de Guatemala”.

Poco tiempo después, en 1541, debido a una inundación provocada por lluvias torrenciales y al desbordamiento del lago que ocupaba el cráter del Volcán de Agua, la ciudad quedó en ruinas, enterrando a la ciudad con la mayoría de sus habitantes, donde también pereció la primera Gobernadora que ha tenido América: Doña Beatriz de la Cueva, viuda de Don Pedro de Alvarado y que murió 40 horas después de su nombramiento al derrumbarse la capilla en la que se había refugiado junto a sus doncellas cuando la riada de agua, lodo y piedras destruyó la antigua ciudad. Esto obligó a que de nuevo las autoridades decidieran trasladar la ciudad a un lugar más seguro, el Valle de Panchoy, a 6 kilómetros más abajo.

En 1543, la ciudad fue asentada por tercera vez con el nombre de “Santiago de los Caballeros de Guatemala”, popularmente conocida en la actualidad como Antigua Guatemala, convirtiéndose en la tercera ciudad en importancia en América después de México y Lima, de donde irradió la cultura y gozó de bien merecido prestigio. Así se inició al Período Colonial de Guatemala. Durante este período colonial, que duró casi 300 años, Guatemala fue una capitanía general (Capitanía General de Guatemala) que a su vez dependía del Virreinato de la Nueva España.

Restos de Antigua con el volcán de Agua al fondo

 

Pilas de agua en Antigua

Antigua Guatemala es considerada como la primera ciudad planificada de América. Según los historiadores, algunas ciudades de Europa fueron las primeras en utilizar la técnica de empedrado para las calles, por ello mientras Guatemala se encontraba bajo la dependencia de la Corona española y con la colonización, características de construcción europea fueron adoptadas por la entonces capital del Reino de Guatemala.

En un inicio, las calles de Santiago de los Caballeros de Guatemala eran de tierra y en épocas de lluvia se convertían en casi pantanos, por lo que transitar por las mismas se volvía un verdadero reto, tanto para los peatones como para los carruajes impulsados por caballos. Derivado de esa situación, se tuvo la necesidad de implementar el sistema de empedrado de las calles para evitar que las superficies se volvieran intransitables. El estado de las calles empedradas perdura como una característica en Antigua Guatemala, por ello al visitarla se hace evidente la interesante historia que se esconde bajo los pies de quienes caminamos por las calles de esa ciudad colonial.

Los estudios universitarios aparecen en Guatemala desde mediados del Siglo XVI, cuando el primer Obispo de el reino de Guatemala, Licenciado Don Francisco Marroquín, funda el Colegio Universitario de Santo Tomás, en el año de 1562, siendo ésta una de las primeras universidades del nuevo mundo.

Colegio Universitario de Santo Tomás

En 1660 llega a Guatemala, José de Pineda Ibarra, maestro impresor, y con él, la primera imprenta que funcionaría en el Reino de Guatemala, convirtiéndose Antigua en la tercera ciudad de las colonias españolas del continente en establecer su imprenta.

Museo del Libro Antiguo

Los movimientos sísmicos (tan frecuentes en el país pues se encuentra en una zona de fallas que atraviesa Guatemala y forma el límite tectónico entre la placa del Caribe y la placa Norteamericana) ocurridos en diferentes fechas tuvieron importancia en la historia de la arquitectura colonial, especialmente en el siglo XVIII cuando El 1717, un debastante terremoto golpeó la zona y más de 3.000 edificios fueron destruidos. Sin embargo, no fue hasta el terremoto de Santa Marta de 1773 cuando las autoridades decidieron mover la capital una vez más. Fue trasladado a la ubicación actual de la Ciudad de Guatemala dándole un nuevo nombre, Nueva Guatemala de la Asunción. La antigua capital fue renombrada como La Antigua Guatemala.

Ruinas del Convento de Santo Domingo con el volcán Acatenango al fondo

 

La arquitectura de La Antigua Guatemala se enmarca con la belleza natural de los 3 volcanes que la rodean, el volcán de Agua, volcán Acatenango y volcán de Fuego. Su cultura, su gastronomía, su clima, la calidez de sus gentes y las ruinas de innumerables edificios e iglesias que se mantienen tal cual quedaron tras el terremoto, hacen que sea una de las ciudades más visitadas en América. Ello hace que muchas personas, ataviadas con los trajes típicos indígenas (cada etnia tiene sus colores característicos, y hoy en día continúan utilizando esos trajes en los quehaceres diarios), se ganen la vida vendiendo productos típicos guatemaltecos, sobre todo artesanía.

En Guatemala, al igual que en muchos lugares del mundo, no gusta mucho que fotografíes a las personas, algo que se soluciona a menudo dejando unos Quetzales (la actual unidad monetaria) de propina.

Esto me reafirma del poder que tendría el turismo para dar una oportunidad a miles de personas si en todo el país se expandiera lo que se vive en Antigua, ciudad que aprovecha el turismo como una fuente de ingresos para que se beneficien desde el pequeño artesano hasta el más sofisticado restaurante. Hoy en día, y según me dicen, en el país de Guatemala el turismo está principalmente enfocado a grandes tour operadores que venden paquetes turísticos con grandes medidas de seguridad; es decir, llegas al aeropuerto, te recoge un autobús de lujo que te lleva a uno de los grandes y bonitos hoteles que hay en las grandes zonas turísticas; excursiones guiadas por algunas de las zonas más pintorescas, vuelta al lujoso hotel y a los pocos días te dejan de nuevo en la terminal del aeropuerto. También los hay más pudientes que viajan directamente en helicóptero a los hoteles de esas zonas. Una forma respetable de conocer los grandes atractivos turísticos de un país, pero que sin duda te priva de conocer la realidad del mismo, a sus gentes y otros rincones de ese precioso  entorno.

En La Antigua Guatemala, por ejemplo, hay hoteles que nada envidian al mejor Parador de Turismo español. Sirva como ejemplo el Hotel-Museo Casa Santo Domingo, donde he de decir en honor a la verdad, que fieles a la hospitalidad, buen trato y amabilidad del pueblo guatealteco, no nos pusieron ningún impedimento para que dos turistas españoles accediéramos a las instalaciones y poder visitar sus encantadores rincones, sus majestuosos jardines y las ruinas del antiguo monasterio que también resultó completamente destruido en el terremoto de 1773, habiendo realizado los arquitectos un excelente trabajo para fusionar la historia de ese recinto con el establecimiento hotelero.

 

La ciudad colonial contiene numerosas viviendas, ahora convertidas muchas de ellas en hoteles y restaurantes, con preciosos patios que te recuerdan a ciudades españolas, y que de nuevo encontramos las puertas abiertas para entrar a contemplarlas sin ningún problema.

 

También es digna de visitar en la ciudad la Fábrica del Jade, piedra celestial de la cultura maya y que dicha cultura desarrolló impresionantes obras de arte en Jade, verdaderos tesoros encontrados en tumbas de diversos sitios arqueológicos desde el valle de México hasta Costa Rica. Entre dichos tesoros se encontraron collares, pulseras, anillos, tobilleras, figurillas, cráneos con incrustaciones dentales, hasta impresionantes trabajos en mosaico como máscaras funerarias. En sus instalaciones pudimos descubrir números detalles muy interesantes de la piedra preciosa por excelencia de Guatemala, así como escuchar las explicaciones de una guía donde nos contó historias sobre reyes, gobernantes y dioses de esa cultura.

Pero al igual que para un turismo exclusivo, Antigua también es ideal para nosotros, unos turistas que íbamos “a la gorra” de buenas amistades, alojándonos en casas particulares, parroquiales y congregaciones religiosas. Allí hay innumerable cantidad de personas vendiendo por las calles sus productos, comidas, mercadillos artesanales, y grandes tiendas donde encuentras todos los productos más típicos de ese gran país a precios más acordes a nuestros bolsillos. Eso sí, en Guatemala, al igual que en muchos países, el regateo es una práctica grabada en el subconsciente del vendedor, y el quedarte con el primer precio que te dicen no siempre es lo más adecuado. Creo que es preferible regatear un precio y poder comprarle algo a dos personas distintas, que quedarte con el primer precio que te dicen y dar los quetzales a una sola. El regateo lo tienen bien asimilado en su cultura y saben muy bien hasta donde pueden bajar.

Como buenos cristianos también hicimos turismo religioso, visitando las innumerables iglesias que hay en el país y pidiendo en ellas por nuestros seres queridos. Este día entramos en la Iglesia de San Francisco el Grande, que alberga los restos de Pedro de San José Betancur, santo de origen canario que estuvo de misionero en Guatemala, fundando centros de acogida para pobres, indígenas y vagabundos, así como que fue el primer alfabetizador de América. El Santo Hermano Pedro fue un hombre adelantado a su tiempo, tanto en sus métodos para enseñar a leer y escribir a los analfabetos como en el trato dado a los enfermos. El Hermano Pedro fue Beatificado el 22 de junio de 1980.

Iglesia de San Francisco el Grande

 

EL CONTRASTE:

En La Antigua Guatemala, al igual que en el resto del país, te encuentras la triste realidad de un país con grandes recursos naturales, (petróleo, minas de oro, de jade, plantaciones de café, maíz, plátanos, etc.), pero paradójicamente es uno de los países más pobres de América Latina; el 51% de la población total vive en la pobreza, y el 16% en extrema pobreza. Según me cuentan, la riqueza del país está en manos de menos de 20 familias, y los distintos gobiernos que hay y han habido son «presuntamente» corruptos, sobre todo influenciados por estas familias y por los cárteles de la droga, que parece que son los que realmente mandan en el país. Es una pena que un país con ese potencial de recursos naturales y turísticos, con sus gentes tan amables, esté en esa situación de pobreza.

 

 

Guatemala, país de contrastes. Capítulo I – La gran ciudad

La gran ciudad

El jueves 31 de agosto partí hacia Guatemala en compañía de mi tío Fernando Bermúdez, el cual había vivido cerca de 30 años en ese país entregado a ayudar a los demás en distintas facetas religiosas y sociales junto a su esposa Mari Carmen. Llegamos a la capital del país a las 16:30, hora local (0:30 h. en España) tras cerca de 17 horas de viaje desde que salimos a las 7 de la mañana de Alguazas camino de Alicante, donde cogimos un vuelo hacia Madrid, y de allí 11 horas de avión directo hasta Guatemala.

Según dice la Wikipedia, Guatemala (en náhuatl: Quauhtlemallan, “lugar de muchos árboles” oficialmente, República de Guatemala, es un Estado soberano situado en América Central, en su extremo noroccidental, con una amplia cultura autóctona producto de la herencia maya y la influencia castellana durante la época colonial. A pesar de su relativamente pequeña extensión territorial, Guatemala cuenta con una gran variedad climática, producto de su relieve montañoso que va desde el nivel del mar hasta los 4.220 metros sobre ese nivel que alcanza el volcán Tajumulco.​ Esto propicia que en el país existan ecosistemas tan variados que van desde los manglares de los humedales del Pacífico hasta los bosques nublados de alta montaña. Limita al oeste y al norte con México, al este con Belice, el golfo de Honduras (mar Caribe) y la República de Honduras, al sureste con El Salvador, y al sur con el océano Pacífico. El país posee una superficie de 108.889 km². El idioma oficial es el español, aunque existen veintitrés idiomas mayas.

Después de la conquista de América, Guatemala pasó a formar parte del Virreinato de Nueva España en calidad de Capitanía General. Tras su independencia de España el 15 de septiembre de 1821 se constituyó ese mismo año en el Reino de Guatemala, y lo que hoy es Guatemala pasó a formar parte del Primer Imperio Mexicano así como también de la República Federal de Centro América, no siendo hasta 1847 cuando fue establecida la actual república y cuando el país empezó a abrirse con los países vecinos. Tras el triunfo de una reforma liberal en 1871 se establecieron una serie de regímenes dictatoriales y pocos democráticos hasta 1944, año en el que sucedió la Revolución de Guatemala de 1944. Dicha revolución, efectuada por militares, estudiantes y trabajadores, dio lugar a las primeras elecciones libres en ese país, e inauguró un período de diez años de modernización del Estado en beneficio de las mayorías de clase trabajadora. La historiografía posterior ha denominado a dicho período como «los diez años de primavera».  Este periodo perduró hasta el año 1954 año en el que un movimiento de liberación nacional retomó el poder del país y precipitó al país a una guerra civil que comenzó en 1960. La guerra civil, tambien denominada Conflicto Armado,  finalizó el 29 de diciembre de 1996, durante la presidencia de Álvaro Arzú con la firma del Acuerdo de Paz Firme y Duradera entre el Gobierno de Guatemala y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, poniendo fin a una guerra que duró más de 36 años.

El viaje en avión de Madrid-Guatemala no se hizo pesado gracias a los equipamientos de entretenimiento que llevan estos vuelos transoceánicos modernos (nada que ver con los primeros viajes en barco tras el descubrimiento de América en 1492, que tardaban meses para atravesar el Océano Atlántico) y por lo maravilloso que es ver nuestro precioso planeta Tierra a 37.000 pies de altura, unos 11.280 metros: Es impresionante ver desde las alturas la entrada en el Mar Caribe, con sus atolones e islas más grandes, y ese brusco cambio de color del azul intenso del Océano Atlántico al azul claro de las aguas caribeñas. Tras sobrevolar la isla de Cuba, el avión entra a Centro América por Belice y en pocos minutos ya sobrevolamos el espacio aéreo de nuestro país de destino.

Fue a recogernos al aeropuerto Lilian Morales, una buena amiga de mis tíos Fernando y Mari Carmen desde hace años, y nos dio un paseo por la ciudad camino del destino donde pasaría mi primera noche en continente americano, el Colegio Belga que la congregación de las Hermanas de la Sagrada Familia tiene en la capital de Guatemala, y que mi tío conoce de cuando vivían aquí. Allí nos dan alojamiento en la zona donde conviven las hermanas de la congregación. Este es un colegio exclusivo de chicas, y ahí está como alumna Jimena, la hija de Lili (como la llamamos cariñosamente).

Colegio Belga de Guatemala

Nos cuenta que todos los días se levantan a las 4 de la mañana, para estar como muy tarde a las 4:30 montados en el carro (coche aquí son los cochinos de cuatro patas) y evitarse parte del intenso tráfico que se forma a partir de las 5. Las clases comienzan a las 7 de la mañana, por lo que los chicos se levantan 3 horas antes de esa hora para que su madre los pueda llevar a tiempo. Un día la acompañamos a llevar a los chicos al cole, dejando antes a Eduardo y Samuel en su colegio sobre las 6, hora en que abren las puertas para que entren y no queden solos en la calle, y de allí a dejar a la niña en el suyo.

Durante el trayecto del aeropuerto al Colegio Belga visitamos un mirador donde se puede ver el impresionante volcán de Agua (conocido como Hunahpú por los mayas) que tiene una altitud de 3.760 metros sobre el nivel del mar.

En el recorrido Lili nos fue relatando la situación caótica de la ciudad de Guatemala y los grandes atascos que se forman a todas horas, tanto en el centro de la ciudad como para entrar y salir de la misma. La ciudad de Guatemala, cuyo nombre oficial es Nueva Guatemala de la Asunción, es la capital y sede de los poderes gubernamentales de la República de Guatemala, así como sede del Parlamento Centroamericano. La ciudad se encuentra localizada en el área sur-centro del país, y considerando su área metropolitana la población está cercana a los 5 millones de habitantes (la población total del país es de 16,5 millones), lo que la convierte en la aglomeración urbana más poblada y extensa de América Central. Por lo que nos cuenta, aparte del tráfico el gran problema que tiene la ciudad, y el resto del país, es la alta delincuencia que sufre, fruto de las denominadas maras (pandillas callejeras de jóvenes)​ provenientes de la exclusión y pobreza extrema que existe en varios distritos de la ciudad, donde los niños provenientes de familias desestructuradas son fáciles de captar por pandillas violentas.

Sin bajarnos del coche (con su significado en España) me enseñan alguna de esas zonas que mi tío conocen muy bien, pues él y Mari Carmen trabajaron durante algunos años atendiendo a personas de esos lugares donde sobreviven como pueden, muchos incluso recogiendo diferentes objetos de los basureros que proliferan en barrancos para luego vender (chatarras, papeles, latas, revistas, restos de comida…) ¡Paradojas del ser humano, sobrevivir unos con lo que otros desechan!

Realmente asusta lo que nos cuenta Lili (después lo haría también su marido, Oscar) sobre atracos, robos e incluso asesinatos en la ciudad a plena luz del día. Según las Naciones Unidas, Guatemala tiene unos de los niveles más altos de criminalidad en Latinoamérica y aproximadamente hay 40 homicidios en la capital cada semana. Me pone los pelos de punta el recordar, por ejemplo, la dramática noticia que corrió por todo el mundo de la muerte 40 niñas calcinadas en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción de San José Pinula, Guatemala, donde muchas sufrían abusos sexuales y que según los comentarios que nos hacen, el incendio fue provocado.

Como medida de seguridad, prácticamente todos los vehículos llevan las lunas polarizadas (tintadas de color negro) incluso las de puertas delanteras y el parabrisas frontal, algo prohibido en España. De esta forma se evita que los delincuentes elijan a sus víctimas potenciales, personas que viajan solas y mujeres, pues no saben quién puede ir dentro de un carro. El “modus operandi” que con más frecuencia utilizan es dos personas en motocicleta, se paran junto a un coche en un semáforo y pistola en mano les obligan a abrir y darles todo lo que lleven de valor, siendo muy común la rotura del cristal como forma intimidatoria. Por este motivo, nos cuentan nuestros anfitriones, la mayoría de las personas en Guatemala tienen un arma y normalmente la llevan encima, e incluso a mano dentro de los vehículos por si han de usarla; algo sorprendente para un europeo pero de lo más cotidiano en este país.

Otra forma de financiarse que tienen estas pandillas de delincuentes es mediante la extorsión a comerciantes, empresarios, tenderos e incluso conductores de autobuses (camionetas, como aquí les llaman); uno de los días en los que estuve en Guatemala leí en la prensa nacional el caso de un conductor de autobús al que tirotearon durante un atraco, hiriendo en la pierna a una pasajera y no alcanzando al chófer gracias a que una bala impactó en el teléfono móvil (celular le llaman) que llevaba junto a la luna delantera. Es por ello que en todas las empresas y comercios, por muy pequeños que sean, tienen en la puerta un guardia de seguridad privado fuertemente armado. La verdad, impone ver a esos guardias en la puerta de una tienda de barrio con una escopeta entre los brazos y un cinturón de cartuchos alrededor de la cintura.

Artículo publicado en el diario Prensa Libre

Vigilante de seguridad privada en la puerta de un comercio

Me cuenta mi tío Fernan que en muchas de estas extorsiones la cantidad de dinero que piden a los comerciantes es de casi todo lo que ganan, y que a algunos de ellos, al no poder pagar ese «impuesto», llegan a amenazar de muerte a sus familiares, teniendo que cerrar el negocio e irse toda la familia a rehacer sus vidas en otra ciudad, o incluso en algún caso a tener que abandonar el país, como el de un guatemalteco al que él está ayudando aquí en Murcia para que le concedan asilo político por ese lamentable motivo.

Uno de esos días en la ciudad fuimos a la colonia Hamburgo, perteneciente a Mixco, una de las localidades aledañas a la ciudad de Guatemala. En ella estuvieron viviendo algunos años Fernando y Mari Carmen, y allí la Asociación Amigos de Guatemala de Alguazas financió (con colaboraciones particulares, organización de cenas, venta de lotería y subvenciones de distintos ayuntamientos murcianos y de la CARM) la construcción del centro “Semilla de Esperanza”, un edificio inaugurado por el Nuncio de su Santidad en Guatemala el día 13 de Diciembre de 1998, hace ya 19 años, y que que cuenta con una biblioteca, una sala destinada a talleres y tres clínicas: una dental, otra psicología y una de medicina natural. Visitamos el centro así como la antigua casa donde hace algunos años vivían mis tíos. Esta colonia también ha blindado la entrada a las calles con una gran puerta de hierro y guardia de seguridad las 24 horas, iniciativa privada de los vecinos ante las olas de violencia y robos que sufrían.

Inauguración centro Semilla de Esperanza, 1998

 

Centro Semilla de Esperanza, septiembre 2017

 

Placa conmemorativa en el interior del centro

 

Niños en centro Semilla de Esperanza, septiembre 2017

 

Calles de la colonia Hamburgo, Mixco

La clase media en Guatemala, como pueden ser nuestros anfitriones, Oscar y Lili, viven en condominios (urbanizaciones de aquí en España) con fuertes medidas de seguridad. Son espacios abiertos muy bonitos, con muchas zonas verdes, donde se respira un poco de paz y tranquilidad; una isla para descansar del estrés de violencia atascos y humos que supone la gran ciudad. Allí hay servicio privado de recogida de basuras, algo también sorprendente para un español, donde la organización de este servicio es de competencia municipal.

La familia la componen junto con los cuatro niños: Eduardo, el mayor, Jimena, la princesa de la casa, Samuel y el pequeño Oscar Santiago. Convivían esos días con ellos la abuela paterna, doña Lola.

En su bonita y cómoda casa nos dieron alojamiento durante las tres siguientes noches de nuestra estancia en Guatemala, en un ambiente familiar cargado de valores, respeto, buen humor y educación. En este país las costumbres diarias las encuentro más en consonancia con los ciclos vitales que en nuestra sociedad: Levantarse bien temprano, desayuno abundante a base de frijoles, el alimento esencial de la dieta guatemalteca junto con las tortitas de maíz, huevos, bien a la plancha o revueltos, plátano frito, fruta del tiempo, y todo ello acompañado con café, licuados o infusiones varias. Almuerzo y cenas suaves y a las 9 o 10 de la noche como muy tarde ya durmiendo.

El sábado 2 de septiembre recibían el sacramento de la Confirmación los tres hijos mayores, y aprovechando que estábamos en su casa quisieron que mi tío Fernando fuese el padrino de Confirmación de los tres; de Jimena lo es también de bautizo. La ceremonia religiosa, en la que se confirmaron unos 80 jóvenes, fue en la iglesia de San Antonio María Claret, en el municipio de Mixco, una de las tantas localidades que forman los suburbios de la ciudad de Guatemala. Tras el acto religioso fuimos con toda la familia a tomarnos unas ricas cervezas Gallo (marca de cerveza guatemalteca) en un local de las proximidades, donde las servían de manera muy original en bacinillas (orinales); ¡espero que no hubiesen sido usados con anterioridad para la función que fueron diseñados!

Fue una velada muy amena cargada de risas y en un ambiente muy bueno que hacía que me sintiera como uno más de esa maravillosa familia.

Tras la pequeña celebración fui con Oscar a dejar al hermano de Lili en uno de los distritos de la ciudad donde vive, y al regreso me mostró algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad, como son la Catedral Metropolitana, construida entre 1782 y 1815, siendo terminadas las torres en el año 1867; tiene elementos propios del neoclásico y ha resistido, aunque con daños de consideración, los numerosos terremotos que sufre el país de vez en cuando, gracias al espesor de sus paredes y columnas de más de un metro de grosor.

El Palacio Nacional de la Cultura, antigua sede del gobierno guatemalteco, y que actualmente está dedicado para diversas actividades artísticas y exposiciones temporales, además de alojar colecciones de pintura y escultura. Su construcción se realizó entre enero de 1939 y noviembre de 1943. También vimos el exterior del Palacio Legislativo, actual sede del Congreso de la República de Guatemala.

EL CONTRASTE:

La ciudad de Guatemala tiene también varios distritos nuevos donde los edificios, avenidas, centros comerciales, clínicas privadas, universidades etc. nada tienen que envidiarle a la mejor ciudad europea, siendo mayoritariamente para la clase rica del país, turistas o extranjeros que aquí residen, como por ejemplo la Zona 10 de la ciudad.

Otra característica que hace que Guatemala sea un país de contrastes, es la amabilidad, acogida y bondad que hay en gran parte de los guatemaltecos, que contrasta con el clima de corrupción política y violencia que asola este bello país, más a causa de los grandes poderes económicos y del narcotráfico que de sus buenas gentes. En este país me he sentido muy bien acogido por sus gentes, he conocido a grandes amigos y he visto «in situ» la labor de grandes personas que dedican su vida a ayudar a los demás, y que narraré en próximos capítulos de este apasionante viaje por Guatemala.