Escribo porque quiero

Un lugar donde escribo lo que pienso, sin pensar lo que escribo.

Mes: julio 2017

25 de Julio, festividad de Santiago Apóstol, Patrón de España

Hoy 25 de Julio se celebra la fiesta de Santiago Apóstol. En nuestro país tiene especial importancia porque Santiago es patrono de España, aunque no sea fiesta laboral en todo el territorio nacional.

Es indudable que, en la realidad de la España actual y ya desde hace muchos siglos, la fe cristiana ha tenido y sigue teniendo una gran relevancia hasta configurar en buena parte la manera de ser, de vivir y de comportarse de los españoles, tanto individual como colectivamente. La fe cristiana se ha convertido en cultura. No hay más que observar el lenguaje, las costumbres, las fiestas, los nombres de los lugares, los edificios que marcan las rutas importantes desde la época romana y desde la Edad Media.

Un factor importantísimo en nuestras raíces cristianas es el Apóstol Santiago. Según una antigua tradición, con escaso fundamento por cierto, estuvo en Hispania predicando aún en vida y que a su muerte en Jerusalén sus discípulos trasladaron su cuerpo a Galicia para darle sepultura. Pero lo que ya no es sólo tradición, sino historia, desde el descubrimiento del que se supone su sepulcro, hacia el año 813, es que Santiago ha marcado la religiosidad y la cultura de Europa, y muy especialmente de España. El Camino de Santiago, la ruta religiosa y cultural más importante de España y de Europa, con los monumentos levantados en el camino (iglesias, catedrales, hospitales, puentes, cementerios) y los documentos literarios y musicales que nacieron en este camino y en su meta, Santiago de Compostela, son clara prueba de las raíces de la España actual. El Camino de Santiago es todo un monumento lineal y ha sido declarado Primer Itinerario Cultural Europeo  por el Consejo de Europa (1987), y Patrimonio de la Humanidad  por la Unesco (1993). Es por tanto la Historia viva de Europa forjada a base de fe y sentimientos.

No se trata de volver a determinadas formas de la Edad Media, ni darle a la Iglesia Católica la importancia y el poder que tuvo en tiempos pasados, ni mucho menos, pero tampoco es bueno para las sociedades prescindir de sus raíces y olvidar su Historia.

 

Inicio del Camino en Roncesvalles, Julio 2006

 

Camino de Santiago por los campos de Castilla (Burgos)

 

Lo que lleva andado el peregrino y lo que falta hasta la meta

 

Entrando a Santiago de Compostela Mari Luz y un servidor, julio de 2.006

 

Por las calles de Santiago de Compostela caminando hacia la Catedral

 

El «coscorrón» en el Pórtico de la Gloria, Catedral de Santiago de Compostela. Julio 2006

20 años no es nada…

Quiere el azar (o mejor dicho, varias noches durmiéndome a las tantas) que coincida el 20 aniversario del cobarde asesinato del concejal del Partido Popular de Ermua, Miguel Ángel Blanco, con el final de la lectura del libro que tenía ya un par de meses en la mesita de noche, “Patria”, de Fernando Aramburu.

Creo que esta novela deberían de leerla todos los españoles, dentro y fuera del País Vasco, para conocer el peligro de los nacionalismos en el día a día, de la cotidianidad de una población que se acostumbra a vivir mirando hacia otro lado, de sumisión, de los que callan, de una sociedad enferma incapaz de análisis, que se deja llevar envenenada por la propaganda y por dogmas ideológicos de superioridad racial.

Patria” sirve para comprender y hacer comprender 30 años de convivencia adulterada por el terror y el radicalismo. Es un antídoto ante esa amnesia que ahora pretende blanquear el daño terrorista, haciéndonos ver que han habido víctimas en las dos partes del malamente llamado “conflicto vasco”. Víctimas fueron los asesinados y sus familias, mientras en el otro “bando” estaban los que apretaban el gatillo, los que les daban cobertura, los que miraban para otro lado y hacían el vacío a los señalados por los terroristas, aunque fuesen vecinos de toda la vida. Y no es una historia con dos lecturas, en la que todavía algunos piensen que los etarras eran héroes, es una historia con asesinos y con víctimas, y éstas se merecen que la izquierda abertzale reconozca que lo hicieron mal, y que pidan perdón por ello, hecho en que gira gran parte de la novela de Fernando Aramburu. (Un inciso: Quien no la haya leído que no siga leyendo esto, pues voy a desvelar parte del final). El ansiado perdón que pide una esposa a la que han asesinado a su marido (padre de familia, buena persona, vasco de nacimiento, empresario en un pequeño pueblo y que daba trabajo a varios de los vecinos que después le dan la espalda cuando es objetivo de los terroristas por no pagar el “impuesto revolucionario”) llega, y con él el párrafo que resume lo que vivían y viven cientos de jóvenes, aunque no hayan apretado un gatillo:

“¿Y cuál era esa verdad? Cuál va a ser. Pues que había hecho daño y había matado. ¿Para qué? Y la respuesta le llenaba de amargura: para nada. Después de tanta sangre, ni socialismo ni pollas en vinagre. Abrigaba la firme convicción de haber sido víctima de una estafa” (…) “Constató: pedir perdón exige más valentía que dispara un arma, que accionar una bomba. Eso lo hace cualquiera. Basta con ser joven, crédulo y tener la sangre caliente”.

Con la muerte de Miguel Ángel, que hoy hace 20 años, se perdió ese miedo, ese mirar hacia otro lado; la gente se atrevió a llamarles lo que son, asesinos, y lo hacían a la cara de los que antes temían. El hartazgo llegó a su límite y la gente se echó a la calle. En esos días pudimos ver lo mejor, y también lo peor de los seres humanos; lo mejor también de la política, de la unión de todos los partidos democráticos como uno solo ante el terrorismo, manifestándose juntos, pero también de lo peor, de partidos como HB que aún seguían justificando, sin condenar.

El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue la forma que tuvo ETA de vengarse de la liberación de Ortega Lara, que la Guardia Civil había localizado nueve días antes en un zulo de Mondragón. Fue la crónica de un asesinato anunciado, y buscaron a un concejal del mismo partido político del que estaba en el Gobierno de la Nación, del mismo que les desbarató el secuestro más largo. Quienes conocían a Miguel Ángel decían que era un chaval simpático, lleno de vida y de proyectos. Seguro que alguno se encogería de hombros y diría que por qué se metería en problemas ese chaval, a ver para qué cojones se metería en el Partido Popular, que él se lo buscó. Hay que tener presente que a él y a otros muchos concejales no se les asesinó porque fuesen altos o bajos, guapos o feos…, se les asesinó por ser del PP o del PSE, por creer en un País Vasco dentro de España.

Todo lo que pasó en aquellos días supuso el final de ETA como organización terrorista, pero no de su derrota. ETA representa un proyecto político que hoy no está derrotado. Sigue vivo en Cataluña, en Navarra, continúa vivo en el País Vasco, en los homenajes que siguen haciendo a los presos. Nacieron para romper España y no desaparecerán hasta que acaricien ese objetivo, infectando las mentes desde la infancia, como queda reflejado en uno de los capítulos de la novela, cuando un escritor está presentado un libro sobre las víctimas de ETA y afirma: “A fin de cuentas yo también fui un adolescente vasco y estuve expuesto como tantos otros chavales de mi época a la propaganda favorecedora del terrorismo y la doctrina en que se fundamenta.”

García Gaztelu, “Txapote” fue el autor material de los dos disparos en la nuca que acabaron con la vida de Miguel Ángel Blanco. Él decía que “hay que golpear al Estado hasta que se ponga de rodillas”, algo que habría quedado grabado a fuego en su memoria desde bien niño. Su pareja, “Amaia”, madre de un hijo que tienen en común, y cómplice en el secuestro, es sobrina de Iker Gallastegi, el cual afirmó en un documental en 2006 “En ETA no hay gente de esa a la que le gusta matar. Matan porque es un deber patriótico. No tienen que pedir perdón por nada”.

Y el germen del odio aún sigue vivo. Muestra de ello es que los restos de Miguel Ángel Blanco en un principio fueron depositados en el cementerio de Ermua, el pueblo donde nació, se crió, donde tocaba la batería en el grupo Póker. Un nicho sencillo en que sus padres, de origen gallego, acudían a colocar flores para recordar a su hijo. Pero el odio no tiene límites; desconocidos (o conocidos del pueblo, quien sabe) rompieron el cristal de la lápida en varias ocasiones, arrojaban las flores al suelo, por lo que los padres abandonaron el pueblo y se llevaron los restos de su hijo al cementerio de Faramontaos (A Merca), un pueblo de Ourense, lejos de los “monstruos”. Al menos allí descansa en paz, en el pueblo de su madre. Por ello creo que la única manera que se les puede combatir es educando en el respeto a los demás aunque no piensen como tú, en la tolerancia, educando desde bien niño en lo que nos une, no en lo que hace a unos distintos de otros, enterrando los odios, y sobre todo, conociendo la historia y aprendiendo de ella. Hasta que esos días no lleguen no se habrá vencido a ETA.

En estos días no solo se rinde homenaje a la figura de Miguel Ángel BlancoMiguel Ángel fue un simple concejal de pueblo (con todos los respetos a los concejales de pueblo, yo también soy uno de ellos). Se hace un homenaje a los miles de personas que salieron a la calle; a los ertzainas que se quitaron los cascos y los verduguillos fundiéndose en abrazos con la población que se manifestaba pidiendo su liberación; a los que ponían velas y se pintaron las manos de blanco al grito de «ETA, aquí tienes mi nuca», «Vascos sí, ETA no»; a los políticos que se unieron con un mismo fin, el final de la sinrazón; y sobre todo, a las 829 personas asesinadas por la banda terrorista en 43 años de terrorismo. La figura de Miguel Ángel fue la que unió a todos ellos para pedir el fin del terror, por ello es triste ver como algunos políticos, más cercanos a los abertzales que al espíritu que nació en Ermua, aún hoy, 20 años después, hacen separaciones entre unos y otros y no se suman a este homenaje.

Yo no lo olvido, y por todos ellos este es mi pequeño homenaje a Miguel Ángel Blanco, porque como cantaba Carlos Gardel, «Que veinte años no es nada». No es nada para olvidar, añado yo.

 

 

Sobre los incendios forestales

Cuando llegan los calores estivales muchas personas comienzan su esperado tiempo de vacaciones, pero también es el comienzo de la temporada de incendios forestales, esos desastres fruto de acciones provocadas o irresponsabilidades que asolan todos los años parte de nuestro patrimonio natural, convirtiendo a cenizas en pocas horas décadas de trabajo de la Naturaleza, así como numerosas vidas de animales que viven en esos montes. Y en algunos casos, costando vidas humanas, bien de los medios de extinción o de la población de las zonas afectadas, como ha ocurrido hace unas semanas en el devastador incendio del centro de Portugal que dejó 64 muertos, la mayoría de ellos sorprendidos en el interior de sus vehículos cuando intentaban huir del fuego.

También con esos desastres naturales surgen todos los años los comentarios virales sobre si son provocados por mafias urbanísticas con el fin de recalificar los terrenos quemados, o de conspiraciones de grandes multinacionales para construir alguna megainfraestructura en terrenos protegidos, etc. Y otros comentarios que culpan de esos incendios a una mala conservación de los montes, como por ejemplo un vídeo que se está haciendo viral en estos días de un bombero sofocando un incendio forestal y  culpando en el mismo a los distintos “Gobiernos ecologistas” por no tener el monte limpio, y  por no poner a los parados a que lo limpien.

Yo no soy ni biólogo, ni ambientólogo (que más quisiera, pero quedó en otra de tantas metas inacabadas de mi vida) ni geógrafo… pero sí creo que tengo una amplia visión de la vida y de las reacciones y relaciones humanas con su entorno, por lo que me atrevo a dar mi opinión sobre este tema.

El personal habla mucho de limpiar los montes como si de un jardín se tratase, que vas con tu máquina cortacésped, unas tijeras de podar y un serrucho cortando ramitas y hierbas, haciendo montoncitos y poniéndolos junto a un camino para que pase el camión de la basura a llevárselos (es una comparación irónica y exagerada, ya sé que para los que trabajan en esos menesteres forestales es un trabajo duro y sacrificado). Lo que sí soy es senderista, y he caminado por muchos montes, unas veces por caminos y sendas, pero en otras ocasiones por monte a través, buscando pasos y en ocasiones dándote la vuelta porque la orografía del terreno te hace imposible el poder continuar por ahí. ¿Acaso se puede tener toda la superficie de los montes limpios, no habrán lugares de muy difícil acceso, mucho más con maquinaria a cuestas? ¿A un padre de familia que ha estado 30 años trabajando en una oficina de contable, por poner un ejemplo, y que por culpa de la crisis se ha quedado en el paro y sobrevive con el subsidio de desempleo creen factible y coherente “echarlo al monte” a limpiar ramas y zarzas?

Sí es cierto que una buena gestión creando cortafuegos y manteniéndolos en buen estado de desbroce es vital para que en caso de incendio poder aplacarlo con rapidez y que no se extienda sin control. Esto no es más que un comentario sobre las dificultades técnicas y humanas de la medida que muchos proponen como solución a los incendios forestales, pero el fondo de mi reflexión va mucho más allá:

Según los estudiosos la edad de la Tierra es de aproximadamente unos 4.600 millones de años; hace unos 3.500 millones de años surgieron los musgos, junto con las coníferas y las plantas con flores, fueron la primera población vegetal que abandonó el medio marino para conquistar la tierra, y digo yo que algún que otro rayo caería en esos años provocando algún incendio, y sin estar aún ahí la peña para sofocarlos, pero llegaron vivitos muchos arbolitos hasta nuestros días. Y voy un poco más cerca. Nosotros, los humanos, le estamos metiendo fuego a las cosas desde hace 400.000 años, por lo que si toda esta porrada de años los montes han sobrevivido sin que el Homo sapiens los limpie, no sé porqué habrá de ser ahora la solución al problema.

Sí es cierto que hay que prevenir los incendios forestales, pues la inmensa mayoría son provocados por la mano del hombre (imprudencias, descuidos, revanchismos, quemas de rastrojos, provocados conscientemente para tener más espacios de pastoreo y así incrementar la cabaña ganadera y convertir nuestros montes en una inmensa granja de vacas, o para comprar la madera más barata, o incluso acciones de pirómanos que actúan solo por «placer») y evitarlos en lo posible con una mayor concienciación de la población, así como una efectiva investigación policial cuando se produzcan para poner a los causantes en manos de la ley, con un endurecimiento de las leyes para que quien pretenda quemar un monte se lo piense dos veces. Y, evidentemente, los organismos oficiales han de disponer de los medios suficientes, tanto técnicos como humanos, para su rápida extinción cuando éstos se produzcan.

Y otro factor por el que considero que no se ha de limpiar los bosques es porque en esos matorrales viven, crían y dependen de ellos una infinidad de especies animales: Reptiles, mamíferos, aves, así como innumerables insectos que enriquecen esos ecosistemas. El matorral, que algunos despectivamente llaman “maleza”, realmente es un tesoro lleno de vida en nuestros montes con una amplia variedad de especies vegetales.

Quizás lo que sí que haya que plantearse es el recuperar los bosque autóctonos, con especies arbóreas que la sabia Naturaleza las ha preparado tras miles de años de evolución para que resistan a esos incendios y se regeneren eficazmente tras uno de ellos, y frenar la expansión de las grandes plantaciones de pino y eucalipto sobre las que se concentran la inmensa mayoría de los incendios forestales. Eso, o concienciarnos que si queremos seguir comprando muebles del Ikea (por nombrar una marca que trabaja la madera al por mayor) tendremos que seguir sufriendo cada verano innumerables incendios forestales.

 

Quinta da Fonte, el rincón entre olivos y robles que se salvó del incendio de Portugal.

Uno más de la familia

En numerosas ocasiones me he preguntado si los animales tienen alma, y si cuando mueren ésta va a algún tipo de limbo, algún lugar donde son eternamente felices.

Desde bien niño he vivido rodeado de animales. Recuerdo en casa de mis abuelos maternos, Fernando y Soledad, había una perra pequeña, de color canela y que llevaba esa característica por nombre, con la que jugaba y correteaba siendo yo un niño, así como también había algunos gatos que repelaban las sobras de comida; y pájaros, que cuidaba mi tío Jesús en un altillo de aquel fresco y coqueto patio lleno de geranios. También tenían, como en cualquier casa tradicional de huerta, pollos, conejos, gallos, y demás animales para el consumo de la familia, en una época en que el autoabastecimiento era la forma de vivir, una vida humilde, sin lujos, pero feliz.

En casa de mis padres, Juan Antonio y Ana, siempre recuerdo también el convivir con distintos perros (Amedia, Brummel, Cora, Pequi, Chispa, Luna, Chico) y algún que otro gato (Ágata, Merengue, Octava… y ahora Negrita), casi siempre fruto del amor, pasión o “capricho” de mi padre hacia los animales, y con las primeras reticencias de mi madre, pero que después de esas primeras objeciones eran queridos y mimados por ella como uno más de la familia. Y efectivamente, todos estos animales en un momento concreto de nuestras vidas han sido uno más de la familia; hemos jugado y reído con ellos, nos han acompañado en momentos difíciles; los hemos cuidado y mimado ante cualquier accidente doméstico o enfermedad y cuando se han marchado de nuestro lado hemos sufrido y llorado por ellos, pues cada uno de estos animales ha dejado una parte de su ser en nuestros corazones.

Conocí a Mari Luz hace ya 19 años, y a los dos años de estar como novios un pequeño cachorro, mezcla de bichón maltés con mestizo, llegó a nuestras vidas. Una pequeña bola de pelo blanca, juguetona y poco obediente, rasgo característico que ha marcado su carácter toda su vida. Lo vimos crecer desde sus pocos meses de edad, y nosotros también fuimos creciendo con él, y junto a él la familia fue haciéndose más grande con nuevos sobrinos que iban llegando a nuestras vidas, y que decían que Paco era su primo peludo. Mi suegra, Anita, lo crió desde bien pequeño como un “hijo”, quedándose en su casa cuando nos íbamos a trabajar (su nieto peludo) y dejándole marcadas, con sus juegos propios de la niñez perruna y esa típica desazón en el periodo de dentición, numerosas patas de sillas y mesas, recuerdos que aún perviven en su casa.

Hoy ha sido un día muy duro. Después de diecisiete años con nosotros, compartiendo muy buenos momentos, y acompañándonos, sobre todo a Mari Luz, en otros no tan buenos, nos hemos tenido que despedir de él. Llega un momento en que, por esa ley de la vida, los hombres sobrevivimos a numerosos animales, entre ellos los perros, y nuestro Paco con sus 17 años ya era un anciano con múltiples achaques y algunas limitaciones.

Nos queda la satisfacción que ha tenido una vida plena, cargada de amor, y ha vivido como uno más de la familia. También nos queda el consuelo que ha tenido una muerte digna, sin sufrimiento, y estaremos eternamente agradecidos a Bárbara y Carmen, de Clínica Veterinaria Doctor Bernal, por su gran humanidad, cariño y buen hacer en estos momentos difíciles para nosotros; Bárbara, ese ángel que irradia cariño, bondad y humanidad, que conoció a Paco con pocos meses de vida y desde entonces lo ha visto crecer, y que era la que mejor lo entendía cuando lo llevábamos a pelar, pues su carácter hacía que fuese una tarea un tanto complicada: “Los amores de Paco me vuelven loca, yo me muero por Paco y… Paco por otra” le recitaba cuando lo peinaba.

Ahora ya descansa bajo una morera en la huerta, su nuevo hogar, y seguro que esa morera crecerá aún más espléndida gracias a su cuerpo, a su ser, fusionando en ella la energía cósmica que mueve el Universo y que se transforma dando vida de un lugar a otro, de un ser vivo pasando a otro. Allí está junto a su “hermana” Plata, la gata que era de mi suegra Anita, que se criaron juntos desde niños en esa relación de amor-desamor entre dos animales de especies tan distintas y que nos dejó también hace un par de años.

Después de una mañana cargada de emociones y sentimientos tras la comida he dado una cabezada, fruto del cansancio y algunas noches de descanso interrumpido. Y he tenido un sueño, algo extraño en mí en esos cortos ratos de siesta. He soñado que Mari Luz y yo estábamos en un hotel de playa, un alto edificio con un restaurante acristalado en el último piso. Estaba anocheciendo y entrábamos en ese recinto, yendo directamente hacia uno de los ventanales que daban a la playa. Allí de pie, mirando hacia abajo veíamos a nuestro perro Paco jugando con las olas en la orilla, corriendo felizmente… y me he despertado.

Decía al principio que no sabía si los perros tenían alma; ahora estoy convencido que sí la tienen, y ese sueño ha sido inspirado por la de nuestro querido perro Paco que ha venido a despedirse, a decirnos que no nos preocupemos ni lloremos por él, que está feliz en algún lugar con un mar azul y de fina arena correteando y jugando con las olas, esperando que algún día nos volvamos a encontrar y volver a estar juntos los tres.

Hasta siempre, Paco.